Opinión > ANÁLISIS / OSCAR A. BOTtINELLI

De profetas y de conductores

Conducir no es solo ser exponente político, sino quien tiene un rumbo

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05 de agosto de 2018 a las 05:00

La palabra líder se usa de manera harto confusa. En general se aplica más como sinónimo de referente, es decir, la persona que aparece para la opinión pública en el vértice de un grupo político y que, en general, es hacia quien se dirigen los votos o que refleja de manera personalizada los votos que recibe ese grupo político.

Un líder, como lo define con exactitud la Real Academia, es una "Persona que dirige o conduce un partido político, un grupo social u otra colectividad". La clave está en los conceptos de dirigir o de conducir.

Un referente puede ser el exponente de una organización política, pero no necesariamente es quien dirige por encima de los demás o quien conduce. Para ser exactamente un líder y no solo un exponente, debe necesariamente ser el principal conductor. Conducir quiere decir, primero que todo, tener una visión de país, de mundo, de sociedad, una escala de valores, una weltanshauung; y luego tener la capacidad didáctica de convencer a los suyos –dirigentes, militantes, seguidores- y al pueblo en general. Un conductor debe tener la capacidad necesaria para estar por delante de la sociedad, para poder exhibirle un proyecto de futuro y marcarle un rumbo, y a su vez lo suficientemente cerca de la gente como para no despegarse, ser entendido, y a partir de allí ser seguido.

Una deformación de la conducción o del liderazgo, es cuando ese líder o exponente tiene una clara weltanshauung, quizás no tiene demasiado claro el camino o no sabe trasmitirlo con nitidez, o esa visión de mundo está tan lejos de la gente que no es entendible, y por tanto, no es seguible. Es aquí donde se diferencia el conductor del profeta; este profeta probablemente tenga una visión correcta de a dónde va el mundo y el país, pero eso será comprendido mucho más tarde, no en su momento. El profeta es un conductor fallido, porque está demasiado adelante para ser seguido.

La otra deformación es la opuesta. La falta de un proyecto, de una visión clara del mundo, de la sociedad, del ser humano. El pretender construir un ideario a partir de lo que le dice la gente. Es decir, la búsqueda de la mayor proximidad posible de la gente y la búsqueda de entender a la gente, sin un proyeccto y un imaginario precio. Es más que un conductor, un auscultador.

El profeta muchas veces falla porque no llega a tener el poder, porque no logra los seguimientos necesarios por la distancia que tiene entre su visión y la de la gente; hay allí un gap insuperable. Otras veces falla porque cuando logra el número necesario de seguidores y llega al poder, se encuentra con que tiene más visión de cómo debe ser el mundo o la sociedad, que planes concretos o herramientas para caminar paso a paso hacia ese imaginario.

El auscultador tiene el problema que sin un rumbo fijo, sin un norte, sin un proyecto preelaborado, se encuentra con que la gente es cambiante, y al fijar sus prioridades en base a lo que ausculta cada día, puede terminar siendo el conductor conducido. El falso conductor que en realidad es conducido por el aplauso de la tribuna y cambia con el viento que cambia la misma.

Todos estos conceptos pueden parecer muy abstractos. No lo son. A poco que se piense, a cada modelo se le puede poner un nombre y un rostro, o de la comarca, o del vecindario, o del mundo. Y al mirar nombres y rostros de políticos, de gobernantes, se puede encontrar con cierta facilidad a los profetas, a los exponentes que no conducen, a los auscultadores que son exponentes pero tampoco conducen, y a los verdaderos conductores, algo proféticos, algo auscultadores, necesariamente exponentes. Las elecciones las puede ganar cualquiera de estos tipos ideales. Pero no es fácil gobernar para todos los tipos, especialmente para los profetas y para los auscultadores.

Ahora bien, contra lo que muchos creen, auscultar no es nada fácil. Por varias razones. Primero que todo, porque una cosa es escuchar y otra cosa es entender. Lo segundo y nada menor es la representatividad de a quienes se escucha y a quienes se consulta. Lo difícil para el hombre político es comprender que es más probable que quien se le acerque lo haga porque piensa igual a lo que dice ese político, con lo que se le hace difícil visualizar a los que piensan diferente: qué piensa, cuántos son, cómo son.Y aquí aparece un tema esencial.

Nadie nunca logra el convencimiento u obtiene el apoyo de toda una sociedad, porque cualquier sociedad, por homogénea que sea, implica diversidad. Y no se puede representar a tirios y a troyanos. Entonces, se debe elegir, tener muy claro cuál es el espacio propio que se quiere representar, que no puede ser otro que el que comulga con la propia visión de mundo y de sociedad, o que si todavía no comulga, está próximo a serlo en una acción de convencimiento. En términos de mercado se llama encontrar el propio nicho.

Hay quien cree que en el mundo los liderazgos propiamente dicho, vale decir, los conductores, son una especie en extinción o al menos en fuerte disminución. Así se dice que Angela Merkel no es Helmut Kohl, que Emmanuel Macron no es ni Jacques Chirac ni Françoise Mitterrand, que Pedro Sánchez no es Felipe González, que Theresa May no es Margaret Tatcher, que hay un Lula (si no le cierran el camino) pero no hay un Fernando Henrique Cardoso, que Nicolás Maduro no es Hugo Chávez. Quizás. Siempre queda la duda si cada uno fue lo que fue en su tiempo, y estos tiempos requieren otras cosas.

Lo que parece que cada vez más hay son auscultadores y eso es lo que pretenden que sean o que creen que deben ser los political consulting, es decir, el nuevo elemento de consultores políticos que ven en el marketing el principio y el final de todo el accionar político, de toda campaña electoral y de toda gestión de gobierno.



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