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El bienvenido regreso del olivo

Por suerte, el olivo está volviendo con fuerza al Uruguay. La historia de esta planta está vinculada a la de las grandes civilizaciones mediterráneas.

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12 de octubre de 2012 a las 00:00

Además, el aceite que se produce con el fruto de los olivos es la base de la dieta que los especialistas consideran la más sana y recomendable. Su aroma y sabor, así como su mucho mejor rendimiento que otros aceites de semillas varias en las frituras y el uso en crudo hacen del de oliva el rey de los aceites comestibles.

El olivo era considerado un don de los dioses por los antiguos pueblos del Cercano Oriente y del Mediterráneo. El sagrado árbol del olivo, sus frutos y el aceite producido con ellos eran ya conocidos y objeto de comercio en la Mesopotamia, concretamente en Babilonia, hace casi 4.000 años, según surge del código de Hammurabi. Los egipcios atribuían a la diosa Isis la invención de la oleicultura. Asimismo, el olivo, a menudo mencionado en la Biblia, ocupó un lugar preferente en las tradiciones hebrea y cristiana.

Los griegos difundieron la planta de olivo por toda el área mediterránea, perfeccionaron su cultivo y extendieron su utilización. Italia y España se convirtieron, junto con Grecia, en los principales productores en Europa.En la Edad Media el cultivo del olivo se concentró sobre todo en las tierras conventuales, en particular en las de los benedictinos, y en el Renacimiento no sólo florecieron las artes y las ciencias sino también la agricultura y dentro de ella la oleicultura.

En el sur de España, sobre todo en Andalucía, en Portugal y en Toscana y otras regiones de Italia central y sur, así como en Liguria, el centro y sur de Francia, además de Grecia y el norte de África, se dieron las condiciones para una gran expansión del cultivo del olivo y del consumo del aceite extraído de sus bayas.

Las primeras plantas de olivo fueron traídas a la muy joven Montevideo por los españoles en 1780 y otras más llegaron en 1810. Crecieron en las quintas a orillas del Miguelete y produjeron pequeñas cantidades de aceite y de aceitunas. Pero el aceite de oliva que se consumía –en particular la población urbana y de mejor condición económica- tanto la época colonial y en la Patria Vieja como después de 1830 era en su enorme mayoría importado.

Desde fines del siglo XIX hasta que comenzaron la Guerra Civil Española (1936) y la Segunda Guerra Mundial (1939) la utilización del aceite de oliva se había extendido a varios sectores de la población uruguaya. Al interrumpirse, debido a la guerra, la importación del aceite de oliva desde España e Italia, empezó a difundirse el cultivo de otras plantas para la producción de aceites comestibles de menor precio, sobre todo los de girasol y maní, y su uso masivo. El cultivo del olivo y el uso del aceite producido con sus bayas casi desaparecieron en ese período, aunque aproximadamente por los años 50/60 comenzaron, un poco tímidamente, a aparecer de nuevo los olivares, sobre todo en Río Negro y Paysandú. Y desde hace más de una decena de años los olivos empezaron a ganar más terreno en nuestra agricultura.

Uruguay se está convirtiendo en un productor emergente y ahora son más de 8.500 las hectáreas plantadas –la mitad con la variedad española Arbequina y el resto con otras variedades de España e Italia- en más de una docena de departamentos y se prevé un futuro aumento en las superficies plantadas de mil hectáreas por año. Los productores son cerca de 150 y las plantas procesadoras más de 15. El consumo anual de aceite de oliva, que era en promedio de 200 gramos por persona en 2007 ahora es de más de un litro. Aunque esta cifra es muy baja, el constante aumento es alentador. Por supuesto que todavía la incipiente producción uruguaya –que es exportada en cantidades pequeñas- cubre sólo algo más del 2% del consumo total del mercado local, estimado en unas 700 toneladas anuales, en buena parte importadas de Argentina y en menor medida de España e Italia. Lo interesante es la óptima calidad del aceite de oliva extra virgen uruguayo, certificada por expertos catadores españoles, por exigentes controles locales y por su aceptación en el extranjero. Si aumentaran la producción y el consumo interno y si los precios fueran más accesibles, sería excelente para la salud de los uruguayos.

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