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El cómplice del tiempo

Dardo Sánchez es el responsable de dar cuerda y mantener el reloj del Mercado del Puerto y el de la Catedral de Montevideo

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26 de agosto de 2017 a las 05:00

Por Antonella Bacelo

Tengo todo el tiempo del mundo", dijo sin notar la particularidad que la frase adquiere cuando proviene de la boca de un relojero. Es Dardo Sánchez, de 74 años, responsable de que grandes relojes, como el de la Catedral de Montevideo y del Mercado del Puerto, den la hora exacta. "No bajan de los 150 años. Es algo muy importante para mí porque dan la hora a uruguayos y turistas las 24 horas, los 365 días del año".

Todos los lunes, bien temprano de mañana, Sánchez hace su recorrida por el reloj del Banco Hipotecario, el de la Iglesia Matriz y el del Mercado del Puerto para darles cuerda. Todos ellos tienen un sistema de pesas que cuelgan dentro de las torres, que le dan la marcha al reloj. Si pasan más de una semana sin atención se paran. "Cuando me voy de vacaciones más de siete días tengo que venir a Montevideo para darles cuerda y después me vuelvo", contó.

También se encarga de los relojes en las iglesias de Flores, Florida y Melo, y el de la exembajada argentina. Antes tenía el de Convención y la Rambla, pero "ahora está parado y abandonado".

Una vida detrás de las agujas

Sánchez tiene un taller en su casa en el Cerro, donde vive con su mujer y el menor de sus cuatro hijos. Es un lugar pequeño donde no paran de sonar y moverse los segunderos tanto de aguja como de péndulo. Cada tanto alguno suena al marcar la hora en punto, pero son sonidos que parece ya tener incorporados. A pesar de esa mezcla de sonidos, se respira armonía en el lugar. Relojes enteros, armados por la mitad o totalmente desarmados, propios o de clientes se ven en las paredes, arriba de su mesa de trabajo y en los estantes.

"Este oficio desde el principio me encantó; trabajé y viví toda mi vida de esto", dijo mientras apretaba el pedal del torno que tiene desde los 13 años, edad en la que comenzó a estudiar relojería.

De niño su deseo era ser mecánico, pero no había un curso al que pudiera asistir, por lo que tuvo que optar entre carpintería y relojería. Así fue que comenzó a estudiar en la Escuela Industrial, aunque aseguró que aprendió el oficio cuando comenzó a trabajar con expertos en relojes antiguos. "Tuve la suerte de que el relojero que más sabía necesitaba un ayudante, entonces fui a hablar con él y al otro día me llamó para empezar".

Siempre quiso hacer lo que no hiciera nadie, por lo que se puso como meta ser reparador de relojes grandes y lo logró. "Me encantan este tipo de relojes porque uno puede meterse adentro", contó con un entusiasmo que se reflejaba en su cara, y agregó que ha estado entre ocho y diez horas dentro de uno esperando que surgiera el defecto para arreglarlo. Los relojes chicos, en cambio, no le gustan. "No los reparo y no tengo manualidad para eso", sentenció.

Los relojes de los turistas

Era el año 1994 y el reloj del Mercado del Puerto tenía sus agujas paradas desde hacía largo tiempo. Los encargados del lugar quisieron ponerlo en marcha nuevamente y llamaron a Sánchez, que para ese entonces ya hacía más de 20 años que se encargaba del reloj de la Catedral de Montevideo. "Tuve que sacarlo de la torre, llevarlo a mi taller, y armar una torre de hierro en el fondo de mi casa que simulara la original para que las pesas colgaran" porque era la única forma de saber si los arreglos funcionaban.
Este, al igual que el de la iglesia de Florida, es un reloj que repite la hora, "toca en punto y dos minutos después vuelve a tocar". En cambio, el de la Catedral toca la hora y los cuartos. "Al que vive cerca no le queda otra que acostumbrarse al sonido de las campanas", bromeó.

El fin de los tiempos

Aunque Sánchez tuvo varios ayudantes e intentó enseñarles la profesión, nadie le demostró real interés para seguir su legado. Tampoco ningún integrante de su familia decidió seguir este camino. Asegura que no hace futuro ni piensa en qué va a pasar con su relojería cuando él se canse o no esté más, pero se muestra optimista al pensar "que alguien va a haber que se comunique con estos relojes".
"No quisiera abandonarlos nunca", dijo emocionado, y agregó: "Se van a detener los relojes que tengo cuando me detenga yo".
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