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El discurso del presidente: una cuenta corriente que se abre el 1° de marzo y nunca se cierra

Son palabras que marcan el tono, no tanto de la conversación como de la esperanza

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29 de febrero de 2020 a las 05:02

Los discursos de los nuevos presidentes en el día de toma de mando han evolucionado de tradición retórica a tradición práctica, cuyo contenido es mucho más que palabras bien hiladas y una oratoria acertada. Desde la vuelta a la democracia los discursos presidenciales fijan el tono de lo que se espera sea el gobierno que ese presidente intentará llevar adelante. Pronto la realidad -o la falta de planificación y eficacia, o los propios uruguayos- se encargan de tumbar buena parte de la prosa en general cuidada que construyen los mandatarios para inaugurar sus períodos frente a una audiencia gruesa: un país entero. Esa gente que los mira y escucha con atención, incluso si no los votaron, incluso si no les tienen ninguna simpatía e incluso si ya decidieron que no podrán conseguir ninguno de los objetivos delineados en esas palabras.

Pero los discursos de toma de mando son importantes porque marcan el tono. No tanto de la conversación sino de las expectativas y la esperanza. Leer o escuchar de nuevo lo que dijeron los mandatarios desde la primera presidencia de Julio Sanguinetti hasta la última de Tabaré Vázquez, provee de datos importantes para entender qué pasaba entonces y qué contexto histórico enfrentó cada uno. Y son un material invalorable para evaluar cómo gobernó cada uno.

Ahora ya no está solo el boca a boca, la tele, las radios y los diarios para difundir las palabras del nuevo presidente que automáticamente se transformarán en compromisos (casi promesas aunque no sean verbalizadas como tales). Ahora están las redes sociales y a ellas nada escapa, archivo imperfecto y frecuentemente deformado del mundo en el que vivimos.

Hace mucho tiempo, en una clase de facultad, le propuse a los alumnos construir “nubes de palabras” de cada uno de los discursos presidenciales desde la vuelta a la democracia hasta entonces 

(aquí pueden ver ese ejercicio).Era poco más que un juego para probar una herramienta multimedia que luego se hizo bastante corriente. No esperaba enfrentarme a un resultado tan contundente y claro, que me permitió entender con una sola mirada una cantidad de circunstancias y significados de lo que le tocó enfrentar a cada presidente.

No debería llamar la atención (pero le llamó la atención a los jóvenes alumnos) que en su primer discurso de toma de mando Sanguinetti haya hablado sobre todo de “democracia”, de las palabras más repetidas en su oratoria. Su papel en la historia implicó retomar esa senda luego de 12 años de dictadura e intentar comenzar a hilar una ciudadanía que venía divorciada a puro enfrentamiento, a pura guerrilla y cárcel y tortura y desaparecidos y pequeños dictadores agrandados. Tal vez por todas estas razones fue que otra de las palabra que repitió mucho fue “espíritu”.

Nube de palabras del discurso de Julio María Sanguinetti en 1985

En 1990 Luis Lacalle Herrera llegó a la presidencia después de casi 30 años sin nacionalistas en el gobierno. De corte liberal, la nube de palabras de su discurso deja claro que su objetivo era “modernizar al país” y por eso se repiten mucho las palabras “oportunidades” y “mundo”. Llamó a la unidad -el suyo, como ahora el de su hijo, empezó como un gobierno de coalición-, dijo muchas veces “compatriotas” y habló reiteradamente de “paz” (el tema de los desaparecidos y de lo poco que se había hecho por su búsqueda ya era una prioridad en la agenda nacional). En 1990 la palabra “educación” también sobresalió en el discurso presidencial. Estábamos en problemas como lo seguimos estando ahora.

Nube de palabras del discurso de Luis Alberto Lacalle en 1990

En 2005 el FA llegó por primera vez al poder y por eso tampoco sorprende que Vázquez se haya referido una y otra vez al “compromiso” y que ya entonces hiciera referencia a uno de sus sellos identificatorios: “uruguayos”.

Nube de palabras del discurso de Tabaré Vázquez en 2005

Por entonces el lenguaje inclusivo aún no había ingresado en la agenda de lo políticamente correcto y por eso no utilizó, como sí lo hizo después una y otra vez, el “uruguayos, uruguayas”.

Lo de compromiso tiene todo el sentido del mundo. Con ese término Vázquez hacía énfasis en el cambio histórico que supuso la llegada del FA al gobierno. Pero también recordó así una de las crisis más complejas que vivió este país, durante el gobierno de Jorge Battle y, de nuevo, el compromiso de su partido a defender los derechos humanos (sobre todo con términos tales como “pasado” y “derechos”).

Esto de las “nubes” no es solamente un ejercicio divertido de visualización multimedia. No hay casualidad en las palabras que más se repitieron. Esos términos fueron los pilares de la estructura mental o de los planes que cada presidente había pensado para su gobierno.

Los presidentes saben que esa media hora protocolar es mucho más que una colección de palabras. Sus discursos marcan hitos y énfasis y se convierten en cuentas corrientes que pronto comenzarán a llenarse de débitos y créditos.

El politólogo Diego Luján comparó en el programa Así nos Va de Carve, la extensión de los discursos de cinco presidentes al inaugurar siete períodos de gobierno frente a la Asamblea Legislativa. Mujica fue el más verborrágico, con 5.000 palabras, Sanguinetti no se quedó atrás en su primer período (usó 300 palabras menos) y Tabaré Vázquez logró resumir su sentir y objetivos en 2,800, la mitad que su compañero de partido.

Nube de palabras del discurso de José Mujica en 2010

Pero más allá de cuánto habló cada uno (un dato no menor porque traduce en buena parte la personalidad de cada mandatario), está el foco central de su discurso y lo que más quedó grabado en la opinión pública, dimensiones que no siempre coinciden. ¿Recuerdan el “Educación, educación, educación” de Mujica? ¿Qué más recuerdan de su discurso? Seguramente no mucho más, aunque dijo mucho más con términos profusamente repetidos como “vamos” o “queremos” y “gente”.

De nuevo, sus palabras no fueron casuales y marcaron, desde el primer día, la impronta que el segundo presidente frenteamplista le dio a su gobierno y a todas sus acciones, dirigidas a lo popular y a una agenda de derechos que son las credenciales más concretas de su gobierno que seguramente pasarán a los libros de historia.

Cinco años después el segundo discurso de Vázquez fue algo más lavado y poco concentrado en ninguna palabra. Su gobierno también lo fue (desconcentrado) y distó mucho de aquella ejecutividad del primer período. Como bien explica Gonzalo Charquero en esta nota

“Vázquez empezó su segundo gobierno con el mismo espíritu de marcar agenda y “buscar el bronce”. (...) Pero el paso del tiempo y la seguidilla de insucesos y cuestionadas decisiones empezaron a acorralarlo”. 

Luis Lacalle Pou retornará a la tradición de hablar solamente frente a la Asamblea General y no dará otro discurso en un estrado exterior como lo hicieron Vázquez y Mujica.

No sabemos qué dirá pero sí es seguro que algunas de sus palabras, conceptos y promesas, marcarán a fuego su gobierno, para bien y para mal.

Luego de todo este recorrido por discursos, cabe preguntarse qué atención le prestamos los uruguayos a esas palabras que aparentan ser solo protocolares pero que hacen al corazón mismo de lo que los ciudadanos esperamos y exigimos a nuestros gobernantes. A la luz de lo que pasó durante la campaña electoral y en los meses posteriores a la elección del nuevo presidente, es probable que Lacalle Pou vuelva a dar un mensaje conciliador y unificador como el que expresó en la postergada celebración de su triunfo (primero porque Daniel Martínez no concedió y luego por el clima).

Pero no debería bastar con eso para intentar estrenar con el pie derecho una administración que desde ya se puede prever tendrá muchos baches en el camino, y de los hondos. Será la vuelta de un partido fundacional luego de 15 años de gobiernos de izquierda.

 Y un regreso sin mayorías orgánicas sino artificialmente generadas, con una coalición multicolor cuyo futuro no está asegurado, como no lo están nunca el de las coaliciones de gobierno, pero con el condimento extra picante de que esta vez además no solo se trata de un acuerdo entre viejos conocidos (blancos y colorados).

Más que su programa de gobierno, sus discursos de campaña y su ley de urgente consideración, será lo que diga el domingo lo que marcará a fuego las expectativas para quienes apoyan a Lacalle Pou y le desean una buena gestión, pero también para quienes lo desprecian y le desean deseos varios, para qué abundar en eso. Será la hora en la que cada uruguayo calibrará su temple y depositará en él esperanzas o desconciertos. No debería ser solo un conjunto de palabras bien hiladas; debería ser el tejido conectivo para seguir fotaleciendo la democracia. 

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