13 de marzo de 2021 5:00 hs

De todos los lugares comunes que se usan al hablar de deporte, mi preferido es: “Ni éramos los mejores del mundo cuando ganamos ni los peores cuando perdemos”. Es divertidamente obvio, pero grafica los subibaja anímicos de los hinchas de cualquier deporte.

Este año de covid nos ubicó por momentos en una completa, apasionada y extrema mentalidad futbolera, similares a aquellas olas de optimismo celeste en épocas mundialistas. El elogio a la responsabilidad colectiva, el orgullo por los resultados logrados, la excepcionalidad uruguaya que lograba lo imposible. Los uruguayos éramos un ejemplo a ser mirado por todo el mundo, y trazábamos las hipótesis más variadas para explicar el éxito: desde las lógicas como la baja densidad de población, la rápida acción del gobierno para decretar medidas antes que el virus se expandiera en el país, el acatamiento de esas medidas por parte de la gente, la baja conectividad con el mundo, hasta las más estrafalarias, como que el mate fuera una especie de inmunizador. No es extraño: los cientistas políticos lo llaman rally around the flag, o correr alrededor de la bandera, y significa una unidad nacional excepcional en momentos de amenaza exterior. Pasó con Botnia: las preocupaciones ambientales quedaron en un último plano ante lo que se entendió como una agresión argentina.

Pero esa narrativa de la responsabilidad uruguaya empezó a flaquear con el correr del año, a medida que los casos de covid empezaban a aumentar, paralelamente con las fiestas clandestinas, con las personas que no aceptaban usar tapabocas, con las marchas masivas. Comenzó la discusión en términos dramáticos: ¿los jóvenes son asesinos en potencia a los que no les importa la vida de sus abuelos? ¿Los sindicalistas son sádicos que quieren que aumenten los casos para exigir una cuarentena obligatoria? ¿Los que caminan por la rambla sin tapaboca son soberbios o imbéciles?

El miedo

En definitiva: ¿éramos todos los uruguayos responsables en marzo y abril, y una parte lo dejó de ser a fin de año? Ni calvo ni con dos pelucas, diría mi abuela. A un año, y mirando a la distancia, hay unas cuantas señales de que el éxito de quedarse en casa no fue tanto responsabilidad, sino miedo. Miedo a lo desconocido, miedo a un virus que nos llegaba por imágenes de los medios desde el exterior, de muertos apilados en bolsas de basura, de cadáveres en las calles, de cementerios colapsados. Un virus que tomó a muchos países por sorpresa y que en algunos lugares colapsó los sistemas sanitarios, lo que nos llevó a pensar que el colapso sería inexorable en todo el planeta. Y a la famosa frase tan temida: “los médicos tendrán que elegir quién muere y quién se salva”.

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Una de las primeras imágenes que impactó al mundo: una persona tendida en las calles vacías de Wuhan

Ese colapso, en Uruguay y en la mayoría de los países, nunca llegó. Y pasó un mes, pasaron dos, y de a poco empezamos a salir. Y nos dimos cuenta, bastante antes que otros países que sufrieron cuarentenas eternas, que era posible convivir con el virus. No solo eso: era la única manera de proseguir con una vida sana, física y emocionalmente

Aprendimos que la gestión del riesgo dependía de cada uno, en sus decisiones diarias y de acuerdo a su contexto y prioridades. No de lo que nos dijera el gobierno.

¿Acaso no se trata de eso la libertad de la que tanto sacamos pecho? ¿O la libertad sólo vale cuando se traduce en conductas con las que estamos de acuerdo?

Responsable… por un rato

Un año después, otro aspecto permite derribar un poco el mito de la responsabilidad colectiva. Y es que en marzo, la mayoría de la gente pensó que los cuidados del covid serían una cuestión de meses, si no de semanas. Era fácil, y en algunos casos hasta cool, el experimento de encerrarse por unos días. “Una cosa que ayudó a que la gente acatara tanto el encierro fue que había una percepción de que se acababa rápido”, afirma Mariana Pomies, directora de la empresa Cifra, que salió a recoger la opinión de los uruguayos por esos días. “El 22 de marzo preguntamos cuánto tiempo pensaba la gente que iba a durar la pandemia. El 36% nos dijo dos semanas, el 37% que iría hasta abril, el 20% entre mayo y junio y solo un 7% decía julio o más allá”, agrega la especialista en opinión pública.

Aprendimos que la gestión del riesgo dependía de cada uno, en sus decisiones diarias y de acuerdo a su contexto y prioridades.
¿Acaso no se trata de eso la libertad de la que tanto sacamos pecho? ¿O la libertad sólo vale cuando se traduce en conductas con las que estamos de acuerdo?

“Creo que la gente tenía miedo pero era a corto plazo. La comunicación del propio gobierno también fue por ahí: nos decían que era un tiempito y que así íbamos a hacer que el virus se fuera. A medida que se extiende, empieza el razonamiento de ‘¿hasta cuando voy a hacer el esfuerzo de estar encerrado?’. No se puede vivir indefinidamente con miedo a negociar los riesgos”, asegura, y va más allá: “La gente empezó a aflojar, y es humano. Pasa en lugares que viven bajo peligro permanente, o guerra: no dejan de salir, hacen una vida normal. Cuando aceptás que el miedo no te va a acosar, asumís los riesgos. Voy al cumpleaños. Quiero ver a mi familia. Los abuelos, que sienten que perdieron un año de contacto con sus nietos”.

El encierro era insostenible en un contexto de libertad. Y de la mano de esa libertad de elegir, el miedo se empezó a ir de a poco, y la vida empezó a prevalecer. Y quedó cada vez más claro que las maneras de percibir el riesgo varían de persona a persona, y con ellos, las decisiones posteriores, que en definitiva es lo que genera las ásperas discusiones sobre cómo vivir esta época de pandemia. Hay tantas maneras de enfrentar la pandemia como habitantes de un país.

La discusión sobre el miedo y la percepción de riesgo no es baladí, porque revive en estos días con la vacunación: en definitiva, es la razón de fondo de que en la primera semana se inoculara a la mitad del ritmo esperado. ¿Los “irresponsables” que decidieron no vacunarse, eran parte del equipo de héroes hace un año? ¿Con qué derecho juzgamos al que libre e informadamente (no incluyo a los mentecatos que validos de una cuenta de Twitter mienten, mal informan y argumentan complots internacionales) decide no aplicarse una vacuna? Más allá de la cuestión filosófica, la discusión genera repercusiones en decisiones de política pública: tras un par de críticas por la “irresponsabilidad”, el gobierno varió el rumbo y accionó en factores en los que sí puede incidir: una agenda que facilite el flujo de vacunados, habilitando a aquellos que tienen una percepción del riesgo mayor. Quizás también le falta testimonios que le saquen miedo a la vacuna, para lo cual ya hay más de 130 mil posibles voluntarios.

El encierro era insostenible en un contexto de libertad. Y de la mano de esa libertad de elegir, el miedo se empezó a ir de a poco, y la vida empezó a prevalecer

Llegamos al año en el peor momento del covid en Uruguay, al menos si nos guiamos por la cantidad de casos detectados. Y el gobierno está decidido a no tomar ninguna  restricción adicional , aferrado a la idea de que las camas de CTI no se agotarán, y coherente con la filosofía que lo movió hasta ahora: la libertad responsable. Y en definitiva, algo de razón tiene: la responsabilidad colectiva es un concepto demasiado abstracto como para transformarlo en política pública concreta. Al final, pasada una ventana de oportunidad bien corta, la cuestión es elegir entre el peso del Estado para forzar las conductas, o la gestión de los riesgos de acuerdo a la percepción individual, y al miedo de que nos toque o que le toque a un ser querido. Si me preguntan a mí, prefiero lo segundo.  

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