El Observador | Leonardo Pereyra

Por  Leonardo Pereyra

Columnista político
5 de noviembre 2021 - 15:10hs

Seguir la trazabilidad de las mentiras en política no requiere de demasiado esmero ni de especiales condiciones detectivescas. Las verdades suelen escasear en una actividad que, entre otras cosas y particularmente en Uruguay, implica la ardua tarea de seducir a los votantes con el escasísimo margen de maniobra que supone gobernar un país con pocos recursos económicos, con una tasa de natalidad irrisoria y altamente dependiente de lo que decidan las naciones más poderosas.

Entonces, para pedir el voto, muchas veces se echa mano a propuestas y sugerencias que se pintan con colores luminosos para ocultar el pobre gris que, de otra manera, lastimaría los ojos del comprador.

Eso es lo que está sucediendo con la Ley de Urgente Consideración (LUC), una iniciativa sin demasiadas aspiraciones que, sin embargo, se convirtió en el principal ariete del gobierno y en el objetivo primario de la oposición frenteamplista que logró juntar las firmas necesarias para someterla a referéndum el próximo año. A través de spots y declaraciones grandilocuentes, las partes en pugna intentan transmitir la idea de que se están jugando grandes cosas en la partida cuando en realidad la importancia de la LUC es por lo menos discutible. Y tratando de darle volumen a lo chato se cae, queriendo o sin querer, en la mentira.

En el spot creado por la comisión proreferéndum, integrada  principalmente por el Frente Amplio y el PIT-CNT, una voz da por sobreentendidas cosas que nada tienen que ver con el contenido de la LUC ni de lejos. La dramática letanía advierte, entre otras cosas, los siguientes peligros que, supone, se esconden en la ley de urgencia: “La LUC que proponés nos retrotrae a los años 90’”, “no voy a permitir que esto se convierta en la ley de la selva a donde todos tengamos que salir a comprar armas para actuar en defensa propia ni que en esa oscuridad también metas a los derechos humanos (sic)”; “no voy a dejar que las encuestas reemplacen a la democracia real ni que el marketing le gane al debate político (sic)”; “no voy a resignarme a que mis nietos y mis nietas crezcan creyendo que todo lo privado es mejor; no voy a dejar que mi abuela y mi abuelo mueran sintiendo que yo perdí todos los derechos por los que lucharon (?)”; “no voy a dejar que privatices la escuela pública a la que van mis hijos”… y la cosa sigue hasta que casi al final lanza una advertencia que parece una broma después de todos los cucos desatados: “no voy a intentar contagiarte miedo sino esperanza”.

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En fin. El Frente Amplio está diciendo, entre otras lindezas, que la leve LUC terminará con la escuela valeriana, nos meterá en la máquina del tiempo y sumirá a los abuelos en una triste muerte. Ni José Mujica se atrevió a tanto cuando dijo que la LUC desestabilizará la democracia.

Por el lado del oficialismo, los mensajes de defensa de la LUC  no caen mayormente en tamañas falsedades, pero se le da a la posible derogación de parte de su articulado una relevancia de la que carece.

Parecería que el oficialismo y la oposición se hubieran coaligado para lograr que el ya diluido contenido de la LUC se diluya aún más en una campaña en la cual las mentiras y las medias verdades terminan sobresaliendo sobre el contenido de lo juzgado.

 Los spots de la coalición gobernante destacan en grandes caracteres la palabra “Libertad” para exaltar la minucia de que los uruguayos pueden preservar su número de teléfono aunque cambien de compañía telefónica. O para celebrar porque existe un nuevo sistema en el que se puede alquilar sin necesidad de garantía pero con la contrapartida de que serán echados a la calle en 30 días los malos pagadores. Sistema que, dicho sea de paso, fue escasamente usado por los uruguayos. El “votá por vivienda” puede ser considerado una falsedad dado el escaso aporte de este sistema al drama que padecen miles de familias.

La publicidad oficialista también señala que la LUC cambió “la seguridad pública” debido a que impide reducir las penas a los que cometen hechos delictivos graves, y le da a la policía más herramientas para que en sus funcionarios no sean penalizados en caso de que maten a alguien en asuntos vinculados con la legítima defensa. No es posible saber cuánto influyó eso en la baja de los delitos constatados desde el inicio de este gobierno, aunque hay indicios de que la mejora se debió principalmente a la actitud que asumió el fallecido Jorge Larrañaga al frente del Ministerio del Interior.

El Frente Amplio está diciendo, entre otras lindezas, que la leve LUC terminará con la escuela valeriana, nos meterá en la máquina del tiempo y sumirá a los abuelos en una triste muerte. Ni José Mujica se atrevió a tanto cuando dijo que la LUC desestabilizará la democracia.

Pero por allí anda el senador nacionalista Sergio Botana para aclararnos las cosas al afirmar salvajemente que si se derogan los 135 artículos de la ley que se jugarán en el referéndum “no se podrá andar más por las calles, porque la inseguridad va a campear”.

Y el diputado colorado Gustavo Zubía intentó meter más miedo. “Si saliera la derogación habrá una gran desazón en la población y caos”, dijo al programa Buscadores.

El expresidente Julio Sanguinetti no dudó en comparar el próximo e inofensivo referéndum con el plebiscito que en 1980 empezó a tirar abajo a la dictadura militar.

Parecería que el oficialismo y la oposición se hubieran coaligado para lograr que el ya diluido contenido de la LUC se diluya aún más en una campaña en la cual las mentiras y las medias verdades terminan sobresaliendo sobre el contenido de lo juzgado.

Así, lo que se derogue o se deje de derogar importa menos que la escalada de argumentos lamentables que jamás debieron ser usados en una campaña que recién empieza y que ya  muestra lo peorcito de la política.

 

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