2 de septiembre 2019 - 17:05hs

Mauricio Macri asumió su gobierno en 2015 con un discurso conciliador con los empresarios y los mercados de capitales. El diagnóstico era claro: Argentina había perdido la confianza de quienes tienen en su poder la decisión de invertir, tanto en el mercado de capitales como en la economía real. Levantar el cepo cambiario y sacar a Argentina de la cesación de pagos fueron dos señales claras que avalaban la intención del nuevo gobierno de marcar un antes y un después respecto al gobierno de Cristina Fernández. Atrás quedaba el manoseo populista y de corto plazo, y bienvenida era la nueva racionalidad económica con miras al desarrollo.

Sin embargo, cinco años después, las circunstancias económicas –pero sobre todo políticas– llevaron al gobierno de Mauricio Macri a realizar un default selectivo de la deuda y volver a restringir la compra, venta y posesión de dólares a las personas y a las empresas.

Cuando en 2015 el gobierno argentino actual anunció el levantamiento del cepo cambiario, los operadores turísticos uruguayos festejaron y los industriales se ilusionaron con un futuro próximo en el cual volviera a ser viable pensar en negocios con el vecino país. 

El último cepo, instalado por la presidenta Cristina Fernández al poco tiempo de asumir su segundo mandato (2011) había sido nefasto para los intereses uruguayos. Si bien en su formulación inicial no limitaba del todo la salida de divisas, poco a poco se fue haciendo más y más restrictivo.

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La imposibilidad de comprar dólares al tipo de cambio oficial llevó al desdoblamiento de la moneda. El Banco Central exhibía un tipo de cambio imposible en virtud de los fundamentos, mientras que los argentinos de a pie y los grandes inversores conseguían dólares a una cotización sensiblemente más cara, los primeros a través de la venta ambulante –los llamados arbolitos– y los segundos mediante operaciones financieras que involucraban la compra y venta de títulos en los mercados de capitales. 

El cepo cambiario era una más de las políticas que buscaba retener por la fuerza aquello que por las buenas le era imposible al gobierno argentino. Ante la negativa de los inversores y ahorristas a confiar en la moneda argentina, la respuesta fue restricción y más restricción.

Vacacionar en Uruguay se convirtió en un lujo para los argentinos que veían limitada su capacidad de compra de este lado del río por una cotización sensiblemente más alta de lo que reflejaban las pizarras. Mientras tanto, los uruguayos hacían rendir como nunca sus dólares en el vecino país tanto en sus vacaciones como en escapadas fugaces de turismo de compras.   

Hoy el gobierno argentino replica exactamente la misma fórmula que venía a combatir. Y esa es la mayor de las derrotas del gobierno de Macri. Demostró que ante las condiciones más adversas está dispuesto a valerse de cualquier instrumento para seguir postergando los ajustes necesarios, pasando a otras manos la responsabilidad de atacar los problemas estructurales.

¿Qué puede esperar Uruguay de todo esto? Más de lo mismo. Pero esta vez en condiciones peores. En el período 2011 a 2015, Uruguay logró compensar los problemas ocasionados por el cepo cambiario y las restricciones argentinas con el boom de precios internacionales, abundancia de capitales y el dinamismo del resto de los países emergentes.

Hoy el panorama es otro. De concretarse las expectativas de los analistas sobre el tipo de cambio en Argentina, una mala temporada turística en el arranque de este año le seguirá una peor en 2019-2020. Al mismo tiempo, la industria uruguaya competitiva con Argentina se verá afectada por un difícil panorama cambiario. 

La discusión entre los expertos está en el grado de permanencia de este nuevo escenario. Las restricciones del gobierno a la suba del dólar en el mercado local, en particular del Banco Central, dan a entender que se asume un carácter pasajero de la crisis argentina. Sin embargo, analistas como Gabriel Oddone, Aldo Lema y Javier de Haedo –entre otros expertos– llaman la atención sobre el impacto más permanente de estos cambios.

Es claro que Uruguay no debe acompañar a Argentina –un país en crisis– en su depreciación, pero sí debe incorporar este nuevo escenario en la justa medida en que Argentina pesa en los fundamentos locales. No hacerlo condiciona aun más el débil panorama local en materia de competitividad y empleo. A no ser, claro está, que se busque seguir los pasos de Mauricio Macri y Cristina Fernández, de empujar hacia adelante los problemas y que el costo del ajuste lo termine pagando el que venga.

 

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