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El ladrón de historias

Este es el relato del plagio más evidente de la historia y de la incomprensible incapacidad para detectar el robo

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28 de mayo de 2013 a las 00:00

Metió la mano en el viejo baúl y sacó el primer libro que se le acomodó en la mano. Se trataba de La eternidad más uno, una novela de John Mit que lo había fascinado en su adolescencia y que, hora, tenía la mayor parte de sus páginas ajadas aunque no ilegibles.

Joaquín decidió comprar un ejemplar nuevo del libro, un poco para librarse del polvo de las viejas páginas y otro poco para reivindicar esa obra a la que tanto le debía como lector. Pero el viejo librero del barrio no sólo no tenía la novela en su vasto catálogo sino que, extrañamente, también desconocía su existencia y su autor.

A Joaquín le pareció rara tremenda laguna en un hombre que, en otras ocasiones, había demostrado que muy pocos escritores se escapaban a su memoria. Entonces encaminó sus pasos hacia las grandes librerías del shoping. En ninguna de ellas conocían a Mit. Extrañado, Joaquín volvió a su casa y googleó el nombre del escritor. Nada. Mit no existía.

La decisión que Joaquín tomó luego le llevó varios días y varias búsquedas infructuosas en internet y en otros lugares menos transitados. El nombre del escritor inglés no había quedado catalogado en ningún recuerdo humano ni en ninguna memoria electrónica.

Entonces, llamó por teléfono a un amigo que trabajaba en una editorial y le dijo que estaba escribiendo un libro que le podía interesar. Con la sensación de estar estafando a un ser querido, Joaquín abrió La eternidad más uno en su primera página y empezó a copiar en su computadora: “La eternidad es un fantasma al que le falta la sábana….”. Seis meses después el libro se había convertido en un modesto éxito de ventas.

Durante todo ese tiempo Joaquín vivió con el miedo de que alguien descubriera el robo. Pero nadie reclamó nada. Nadie pidió por Mit ni por su obra.

Joaquín no podía explicarse cómo un autor que consideraba bastante conocido había desaparecido sin dejar rastros en todos los registros a los que había recurrido. Ensayó mil explicaciones pero ninguna lo conformó. Además no podía consultar sus dudas con nadie, salvo que quisiera revelar su robo. ¿Le había robado a Mit? ¿o su plagio había rescatado un libro del inexplicable olvido?.

Ahora en el mundo había cinco mil ejemplares de La eternidad más uno firmados con su nombre y una rareza firmada por Mit que, al parecer, era única y estaba en su poder.
Como sea, la brevísima y falaz carrera literaria de Joaquín parecía haber llegado al final pese a que en la editorial le ofrecieron para que escribiera otro libro. Otro libro que nunca podría escribir porque, lo sabía, no tenía las cualidades ni para redactar un artículo de revista.

Joquín resolvió volver a la lectura de libros ajenos porque era ahí en donde se sentía bueno y eficaz. Volvió a meter la mano en el baúl de los libros viejos y esta vez se encontró con un entrañable ejemplar de tapas azules que había leído cuando tenía 19 años.

Como en un deja vú, decidió entonces comprar una copia nueva de esa obra y se dirigió a la casa del viejo librero. Le dijo el nombre del libro y esperó que el hombre le ofreciera varias ediciones para elegir. Pero el viejo solo se quedó pensando. Y después del silencio le respondió que nunca había escuchado hablar del libro ni de su autor.

Y no era broma. Era evidente que al viejo librero ya lo había alcanzado un avanzado Alzeimer. Joaquín no quiso importunar más al pobre hombre y se fue protestando por lo bajo contra el paso del tiempo.

Encaminó sus pasos hacia las grandes librerías del shoping y le pidió el libro al joven empleado. Ëste le preguntó si le podía decir quién era el autor de la obra para buscarlo en la computadora. Luego de repetir para sus adentros varias veces la palabra “burro”, Joaquín le dio la información esperada. El empleado metió los datos en el ordenador y, como en un sueño estúpido, le informó que, al menos en todas las sucursales de esa enorme cadena de librerías, la obra y el nombre del autor no existían en lo absoluto.

Joaquín no insistió. Se fue flotando hasta su casa, abrió la computadora y metió en Google el nombre del autor y el de la obra. No había ningún dato. Buscó en otros sitios de internet y no encontró nada. Llamó a un amigo que –y esto terminó de convencerlo- tampoco tenía idea de qué le estaba hablando.

Entonces, como si fuera la cosa más normal, Joaquín llamó a la editorial y avisó que lo esperaran porque estaba escribiendo una nueva novela. Sopesó en su mano el viejo ejemplar de tapas azules que había sacado del baúl y, ya sabiendo que el mundo se había convertido en otra cosa, lo abrió en la primera página. Despacio, empezó a copiar la primera línea: “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”

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