Metió la mano en el viejo baúl y sacó el primer libro que se le acomodó en la mano. Se trataba de La eternidad más uno, una novela de John Mit que lo había fascinado en su adolescencia y que, hora, tenía la mayor parte de sus páginas ajadas aunque no ilegibles.
El ladrón de historias
Este es el relato del plagio más evidente de la historia y de la incomprensible incapacidad para detectar el robo
