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El miedo a los soviéticos y un mensaje para Stalin

Los 75 años de la bomba atómica, una de las aventuras científicas e industriales más grandes de la historia (VI)

"Alzando la bandera en Iwo Jima", la icónica fotografía de Joe Rosenthal, de Associated Press, de febrero de 1945, en el monte Suribachi. Los marines pagaron un alto precio por cada metro ganado a los japoneses

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28 de julio de 2020 a las 22:19

La Alemania nazi se rindió en mayo de 1945: ante los soviéticos en el Este, y ante los angloestadounidenses (y también los franceses) en el Oeste. Los militares de Estados Unidos, comprometidos en una guerra a escala global, calculaban que se necesitarían al menos otros seis meses para destruir a Japón desde el aire y por bloqueo naval, antes de intentar una invasión y plantar bandera en Tokio. 

Los estadounidenses planeaban un gigantesco desembarco anfibio en la isla de Kyushu, en territorio metropolitano japonés, para noviembre de 1945, y un asalto directo a Tokio en marzo de 1946, como temprano. Los japoneses preparaban una resistencia fanática y total. Sería sangriento.

Debate sobre el uso de la bomba

En una guerra que llevaba ya casi seis años y 50 millones de muertos, la utilidad de la bomba atómica era tan evidente que no fue una verdadera alternativa. 

La discusión de diversas alternativas fue menor. 

¿Por qué no se hizo una demostración ante los japoneses para darles la opción de rendirse? 

Lo cierto es que en los bombardeos incendiarios sobre Tokio a partir de marzo de 1945 habían muerto entre 100.000 y 200.000 personas (más de los que morirían en Hiroshima y Nagasaki juntas) y los japoneses seguían combatiendo. 

¿Los estadounidenses hubieran tirado la bomba atómica también sobre Alemania, de haber llegado a tiempo, o sólo sobre Japón por un desprecio racista?

Al fin, nadie en Washington se hubiera atrevido a decirle a los soldados estadounidenses en el Pacífico que se siguió arriesgando sus vidas, pese a contar con la chance de acabar la guerra de manera rotunda e inmediata.

Sólo el ataque de los marines a la minúscula isla de Iwo Jima, entre febrero y marzo de 1945, había provocado 45.000 bajas estadounidenses y japonesas, entre muertos y heridos. (En 2006 el actor y director Clint Eastwood presentó dos películas sobre la batalla de Iwo Jima: una, desde perspectiva estadounidense, se llamó “Banderas de nuestros padres”, o “La conquista del honor”; y otra, desde un punto de vista japonés, se conoció como “Cartas desde Iwo Jima”).

Sin embargo algunos líderes de Estados Unidos creían que, pese a su fanatismo, los militares japoneses terminarían rindiéndose por hambre e impotencia, sin necesidad de una invasión al archipiélago, ni de un ataque atómico. 

Uno de los valedores de esa posición, aunque no el único, fue el general Dwight “Ike” Eisenhower, jefe de la decisiva invasión angloestadounidense a Francia por Normandía en 1944, quien sería presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961. 

Eisenhower creía que un sector de líderes japoneses, opuestos a los fervientes militaristas, buscaban una forma honrosa de acabar con la guerra, manteniendo a su emperador Hirohito, por lo que sólo habría que apretarles más el cuello y dejar de exigir la rendición “incondicional”.

De hecho, cuando se celebraba la conferencia de Potsdam, en julio de 1945, los japoneses hicieron saber a los soviéticos que considerarían una rendición en términos “honrosos”.

“Sería un error creer que la bomba atómica fijó el destino del Japón”, escribió el líder británico Winston Churchill en sus memorias. “Su derrota era segura antes de caer la primera bomba y se produjo por el abrumador poderío marítimo” aliado, que acabó con la flota mercante japonesa y su Armada Imperial, y le fue arrebatando una posesión tras otras.

Mensaje para Stalin

Pero acabar con la resistencia japonesa, que costaba miles de vidas por cada paso estadounidense hacia territorio metropolitano, no fue la única razón de la Casa Blanca para lanzar bombas atómicas. 

El presidente Harry Truman, quien nuca tuvo mayores dudas, y ni siquiera consultó al jefe aliado en el teatro del Pacífico, el general Douglas MacArthur, trató de enviar un poderoso mensaje a los soviéticos y a Stalin: no podrían hacer lo que quisieran después de la guerra. Había “una perspectiva más dichosa en Europa”, según escribió Winston Churchill, quien fue primer ministro de Gran Bretaña entre 1940 y 1945, y de nuevo entre 1951 y 1955.

Hasta entonces muchos líderes temían que el continente europeo, pavorosamente pobre y destruido, sin la asistencia de Estados Unidos, sería presa fácil para el Ejército Rojo, asistido, cual caballo de Troya, por los partidos comunistas locales, incluso en Italia y Francia.

Los jefes aliados se habían distribuido las “zonas de influencia” en el mundo, y particularmente en Europa, en la conferencia de Yalta, en la URSS, en febrero de 1945.

Pero la ambición de Stalin parecía insaciable, ante la complacencia de un declinante Franklin D. Roosevelt.

Incluso en el verano de 1945 el embajador de Estados Unidos en Moscú, Averell Harriman, entonces muy pesimista, le dijo al secretario de la US Navy, James Forrestal: “La mitad de Europa, tal vez toda, podría ser comunista a finales del próximo invierno”.

Pero la Unión Soviética también había sido desangrada durante la guerra, con entre 20 y 27 millones de muertos, y su economía y su población estaban al límite. 

“Sólo Stalin conocía lo exiguo de las cartas con las que contaba”, escribió el historiador marxista Eric Hobsbawm. Tal vez por eso su política de posguerra fue, precisamente, la intransigencia. La Unión Soviética había hecho el mayor esfuerzo en tierra contra los alemanes y estaba dispuesta cobrárselo con creces.

Gran Bretaña también estaba en quiebra, pero su aliado Estados Unidos representaba entonces, por sí solo, la mitad del producto bruto (PBI) del mundo. Nunca en la historia un Estado había tenido por sí solo tanto predominio sobre el planeta.

Cuándo y dónde

Casi todos los líderes estadounidenses, civiles y militares, jamás tuvieron dudas sobre el empleo de la bomba. De hecho, ya habían demolido Alemania desde el aire, y estaban haciendo lo mismo con Japón. Como resumió el secretario de Guerra (ministro de defensa) de Estados Unidos, Henry Stimson: usar la bomba “salvaría con creces muchas más vidas que las que se perderían en el ataque, tanto estadounidenses como japonesas”. En todo caso los dilemas fueron: cuándo y dónde.

Un comité especial determinó que, pese a las dudas que albergaban algunos científicos, las bombas deberían utilizarse en una rápida doble dosis contra blancos particularmente vulnerables en Japón, de forma de provocar el mayor efecto sicológico y político posible.

Al resolver el lanzamiento de la bomba atómica, los líderes de Estados Unidos aceptaban también ocuparse de los asuntos del mundo después de la guerra, como contrapeso del expansionismo de los soviéticos. Fue el final definitivo del aislacionismo y el inicio de un imperio global.

Entonces, a las 2:45 de la madrugada del 6 de agosto de 1945, un enorme bombardero B-29 llamado “Enola Gay”, cargado con una bomba de uranio de más de cuatro toneladas, despegó desde la minúscula isla de Tinian, en las Marianas del Norte, para un viaje de más de 5.000 kilómetros ida y vuelta hasta Japón.


Próximo artículo: Los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki

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