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Cómo se gestó un arma sobrenatural capaz de destruir el mundo

Los 75 años de la bomba atómica, una de las aventuras científicas e industriales más grandes de la historia (I)

Explosión de la bomba Trinidad, en Alamogordo, Nuevo México, el 16 de julio de 1945

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21 de junio de 2020 a las 18:10

El demócrata Harry S. Truman, un antiguo granjero de Missouri, llevaba apenas 24 horas como presidente de Estados Unidos cuando el secretario de Estado, James Byrnes, le dijo con gran solemnidad:

—Señor presidente, estamos perfeccionando un explosivo lo suficientemente poderoso como para poder destruir el mundo entero.

Truman quedó mudo. Franklin Delano Roosevelt había muerto el día anterior, el 12 de abril de 1945, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, después de gobernar durante más de 12 años. Y ahora esto.

Para colmo de ansiedad, un mes antes, el almirante William D. Leahy, el más alto jefe militar estadounidense, había afirmado (y continuaba afirmado):

—La bomba atómica jamás explotará, y hablo como experto en explosivos.

Pero la superbomba sí funcionaría muy poco tiempo después, acabaría una guerra y cambiaría el curso de la historia militar, y de las formas de producir energía y hacer política en el mundo.

¿De dónde venía semejante enredo?

La carta de Einstein

El 2 de agosto de 1939, un mes antes de que Alemania invadiera Polonia y desencadenara la Segunda Guerra Mundial, el físico Albert Einstein envió una carta de 45 líneas al presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt.

Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt en el crucero USS Augusta, el 9 de agosto de 1941, frente a Terranova, Canadá. La superbomba ocupó parte de las conversaciones

Einstein contaba que el uranio sería una enorme fuente de energía en el futuro inmediato, e incluso, aunque no estaba muy seguro, que con él podrían construirse “bombas extremadamente potentes”.

“Una sola bomba de este tipo, transportada por barco y detonada en un puerto, podría muy bien destruir todo el puerto junto con parte del territorio circundante”, ilustró Einstein. Y remató su carta advirtiendo al presidente de Estados Unidos que era posible que los científicos alemanes estuvieran tratando de obtener la misma bomba.

Einstein, un hombre excéntrico que entonces tenía 60 años y ya había ganado en 1921 el Premio Nobel de Física, era el científico más famoso del mundo. Había emigrado de Alemania a fines de 1932, en vísperas de la asunción de Adolf Hitler al poder, y enseñaba en la Universidad de Princeton, a unos 70 kilómetros al sur de Nueva York.

Einstein temía a los nazis, naturalmente, porque era judío. Él vivió entre 1879 y 1955, en Alemania, Suiza y Estados Unidos, durante una era de grandes terremotos políticos. Ya en 1919 había escrito desde Berlín a un amigo: “El antisemitismo es aquí muy fuerte. ¿A dónde se supone que llevará esto?”.

Einstein también trataba de favorecer el trabajo de sus colegas científicos, que muchas veces estaban subempleados.

Un poco de cognac y una orden

El demócrata Franklin Delano Roosevelt, un oligarca adinerado de la costa Este, había llegado a la Casa Blanca en marzo de 1933, en medio de la “Gran Depresión” que provocó el crack de Wall Street en octubre de 1929. Ya era el presidente estadounidense más popular de la historia, tanto que moriría en el gobierno en 1945, después de cuatro elecciones sucesivas. La 22ª enmienda constitucional, que prohíbe más de una relección, fue creada después de él.

La carta, en realidad, no había sido escrita sólo por Einstein, aunque él la firmaba. Fue el resultado de un borrador que preparó con su viejo amigo Leó Szilárd, un físico húngaro refugiado, quien le explicó la potencialidad de una reacción en cadena de una masa de uranio. También colaboró Edward Teller, otro físico judeo-húngaro refugiado en Estados Unidos, que tendría un papel decisivo en la construcción de la “bomba de hidrógeno”, muchísimo más potente que la atómica, probada en 1952.

Albert Einstein y Leó Szilárd

La famosa misiva no llegó a Roosevelt sino hasta el 11 de octubre de 1939, cuando el emisario elegido, el economista y banquero Alexander Sachs, recién tuvo el valor y la oportunidad de presentársela. 

Sachs quería asegurarse de que el presidente comprendiera el significado completo del asunto, y no se limitara a una mera lectura superficial, como otro de los tantos papeles que le llegaban cada día. Al fin de cuentas, en Berlín ya experimentaban con el uranio y estaban sobre la pista. 

Para atraer al presidente, el economista le narró cómo Napoleón Bonaparte presuntamente había descartado la idea que le presentó Robert Fulton de construir barcos a vapor, en vez de velas. Con ello se privó tal vez de su única oportunidad de invadir Inglaterra para asegurar su dominio europeo.

Roosevelt, quien entonces tenía 57 años y se movía en silla de ruedas debido a una poliomielitis, pensó largamente, repreguntó, hizo traer una botella de cognac Napoleón y bebió con Sachs. Finalmente pasó la carta de Einstein y un memorando de Szilárd a su agregado militar, y le ordenó: “Esto requiere acción”.

Poco después se creó una comisión oficial, aunque modesta, con un pequeño presupuesto, destinada a estudiar el tema. Pero no fue hasta octubre de 1941, después que fueron advertidos de los avances británicos, que los estadounidenses por fin apretaran el acelerador. “Fue la primera vez que se utilizó dinero federal para el trabajo científico”, sostuvo el historiador Paul Johnson.

Albert Einstein y su hijastra Margot juran como ciudadanos de Estados Unidos en octubre de 1940

Después del ataque aeronaval de Japón a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hawai, el 7 de diciembre de 1941, Roosevelt encomendó la construcción de la bomba atómica a un equipo liderado entre otros por el jefe del Estado Mayor del Ejército, George Marshall, y dio cuenta de su conformidad al primer ministro británico Winston Churchill.

El “Proyecto Manhattan”

Estados Unidos reunió al mayor pool de cerebros de muy diversas nacionalidades, grandes empresas y protección militar, y les dio el financiamiento y las instalaciones adecuadas para el “Proyecto Manhattan”. Fue la más drástica revolución científica destinada a la guerra.

Einstein no participó en absoluto en la confección de la bomba atómica, como sí harían sus amigos, más modernos y realistas. Ya en 1944 Einstein temía lo que pudieran hacer los políticos con un arma así a su alcance, y no sólo en Estados Unidos, su patria de adopción, sino en una carrera internacional. Pero, en el imaginario colectivo, él fue “el hombre que lo empezó todo”, como un día tituló la revista Newsweek.

Después de una angustiosa carrera contra el tiempo, la primera bomba atómica de la historia sería efectivamente probada con éxito el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México, Estados Unidos. Luego, el 6 de agosto, se lanzó una bomba de uranio enriquecido sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, y el 9 de agosto otra de plutonio, con detonadores circulares (“Fat Man”), sobre Nagasaki. 

Las dos explosiones provocaron más de 100.000 muertos, de manera directa y en las semanas siguientes. Esos ataques devastadores, junto a la invasión de la Unión Soviética el 8 de agosto a Manchuria, China, entonces bajo control japonés, provocaron por fin la rendición del Imperio del Sol Naciente. 

Fue el fin de la Segunda Guerra Mundial, seis años y 50 millones de muertos después. 

La producción de la bomba atómica por los Estados Unidos, el “Proyecto Manhattan”, y el desarrollo y producción del avión que las lanzó, la “Superfortaleza” B-29, fueron por lejos los proyectos militares más caros de la Segunda Guerra Mundial. Costaron unos 75.000 millones de dólares de hoy, bastante más que el producto bruto de Uruguay en un año.

Transporte de la bomba Trinidad y su contenedor hacia el sitio de la primera prueba, en el polígono de Alamogordo, Nuevo México, julio de 1945

Como ocurrió con el viaje alrededor del mundo de Magallanes y Elcano, entre 1519 y 1522, los líderes del proyecto sabían lo que querían, pero no muy bien cómo hacerlo; o al menos había enormes y pavorosos vacíos.

Con independencia del juicio moral que merezca, el diseño y la construcción de la bomba atómica fue una de las aventuras científicas e industriales más grandes de la historia. Y, por sus consecuencias, cambió las formas de producir energía eléctrica y de la propulsión naval, de las maneras de hacer la guerra y de la competencia geopolítica.

Próximo artículo: Décadas de aproximaciones hacia la energía atómica. La bomba: un proyecto que sólo Estados Unidos podía realizar

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