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Sólo Estados Unidos podía fabricar la superbomba

Los 75 años de la bomba atómica, una de las aventuras científicas e industriales más grandes de la historia (II)

The Gadget (El Artilugio): La primera bomba atómica lista para ser detonada en el desierto de Nueva México, en junio de 1945

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01 de julio de 2020 a las 05:03

En diciembre de 1938, en Berlín, el químico alemán Otto Hahn descubrió el proceso de reacción en cadena de átomos de uranio, con una liberación creciente e imparable de energía. Eso despabiló a muchos científicos del mundo: en teoría, aquello podría derivar en una fabulosa fuente de energía, y también en una bomba prodigiosa.

De inmediato en la vecina Dinamarca, la científica austríaca refugiada Lise Meitner, su sobrino Otto Frisch y el danés Niels Bohr desarrollaron y divulgaron el concepto de la “fisión nuclear” y sus enormes connotaciones: pacíficas o bélicas.

Desde Moscú a Washington, pasando por París y Londres, los científicos se pusieron sobre la pista. Una bomba atómica era posible, al menos en el plano teórico. Pero los desafíos prácticos eran enormes, sobre todo acerca de cómo producir uranio enriquecido, o cómo iniciar la reacción en cadena, y demasiado costosos. Nadie aún estaba en condiciones de crearla. 

Enrico Fermi, un italiano premio Nobel de Física 1938, recién exiliado en Estados Unidos, repitió los experimentos de Otto Hahn en la Universidad de Columbia, Nueva York. Luego se unió a los esfuerzos de Leó Szilárd y otros para convencer a Albert Einstein de que advirtiese al presidente Franklin Delano Roosevelt sobre el riesgo de que los alemanes obtuvieran una bomba atómica.

Entonces Europa se dirigía como un vagón sin frenos, cuesta abajo, hacia otra guerra mundial (ver el primer capítulo de esta serie). Pero los estadounidenses aún no habían desarrollado el “impulso por sobrevivir”, que sí tenían los británicos y franceses, situados en la primera línea del frente, amenazados directamente por los U-Boote, la Luftwaffe y la Wehrmacht. 

Una superbomba que rivaliza con el Sol

Fueron los británicos entonces, en colaboración con los franceses, quienes primero comenzaron a estudiar efectivamente la posibilidad de construir una bomba atómica, bajo la dirección del escéptico Henry Tizard, un químico inglés que ya había contribuido grandemente al desarrollo del radar.

En marzo de 1940, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, el gobierno francés fue informado por Frédéric Joliot-Curie, premio Nobel de química y yerno de Marie y Pierre Curie, de que existía la posibilidad real de construir un arma atómica.

También en marzo de 1940 el danés Niels Bohr, otro Nobel de Física, advirtió junto a otras personas por escrito al inglés Tizard que la “superbomba” no sería un fiasco. Es más: podía producir por un instante “una temperatura comparable a la existente en el interior del Sol”, y destruiría “cualquier rastro de vida en una vasta zona”, como el centro de una gran ciudad.

El físico danés Niels Bohr con Albert Einstein en 1925


Otro asunto asombroso era que, según sus cálculos, la “masa crítica” de uranio necesaria para detonar una bomba nuclear no se medía en toneladas sino apenas en kilogramos.

La reacción atómica controlada

Paralelamente, científicos franceses estudiaron un elemento que moderara la velocidad de la fisión nuclear y evitara el estallido atómico, para controlar y dar uso pacífico a la nueva energía. Ese “moderador” podría ser el “agua pesada”, capaz de reducir la velocidad de los neutrones y mantenerlos produciendo energía, en un circuito sin fin. 

Pero el elemento usado como moderador finalmente sería el grafito, según propuso y mostraría Enrico Fermi en Estados Unidos.

Ese fue el principio de la reacción atómica autosostenida y controlada, base de los futuros reactores para producir electricidad o mover portaaviones y submarinos.

Después que los alemanes conquistaran Francia, el esfuerzo atómico se concentró en las universidades de Gran Bretaña, liderado entre otros por Rudolf Peierls, Otto Frisch, Norman Haworth (premio Nobel de Química 1937) y los franceses naturalizados Hans Halban y Lew Kowarski. 

A los científicos del proyecto secreto británico “Tube Alloys” se agregaron empresas como Imperial Chemical Industries (ICI) y Vickers para comenzar a resolver algunos de la enorme cantidad de problemas prácticos.

Sólo Estados Unidos podía hacerlo

Después de la derrota de Francia y la batalla aérea sobre Inglaterra, a mediados de 1940, el gobierno de Estados Unidos comenzó a colaborar intensa aunque discretamente con el gobierno de Winston Churchill. Roosevelt sabía que tarde o temprano su país se involucraría en la guerra europea, como ya había ocurrido en 1917, aunque su población se mostraba mucho más remisa.

A mediados de 1942, con la guerra desatada en todo el mundo, desde las estepas rusas hasta el océano Pacífico, Roosevelt y Churchill se pusieron de acuerdo en que Estados Unidos era la única nación con la capacidad financiera e industrial suficiente para buscar la “superbomba”, al costo de unos 2.000 millones de dólares de entonces (unos 37.000.000.000 de hoy, las dos terceras partes del PBI de Uruguay de un año).

El “Proyecto Manhattan” fue colocado bajo el mando de Leslie Groves, un brillante general del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, habituado a trabajar bajo la presión de plazos y presupuestos, que ya había dirigido la construcción del Pentágono, la sede del Departamento de Defensa, cerca de Washington. 

El general Groves, de 46 años, no sabía nada de física, ni se llevaba del todo bien con los científicos excéntricos; pero era un hombre muy práctico y un guía completo.

General Leslie Groves (izquierda), líder militar del Proyecto Manhattan, con Robert Oppenheimer, líder científico


Como líder científico se designó al físico neoyorkino Julius Robert Oppenheimer, docente en Berkeley (Universidad de California), un hombre culto, tímido y de aspecto frágil de 38 años. 

Oppenheimer condujo a centenares de científicos, muchos de ellos extranjeros, y se llevó muy bien con Groves, una asociación clave para el éxito de un proyecto que involucró a muchos miles de personas.

El gobierno de Washington construyó para ellos instalaciones gigantescas y laboratorios magníficos. Comprometió a muchas universidades, y a grandes empresas como las químicas DuPont y Monsanto, o la muy diversificada General Electric. 

También concentró un pool de científicos de todas las áreas.

Muchos técnicos y científicos eran estadounidenses o británicos; otros habían escapado a la expansión alemana en Europa continental; y muchos eran judíos huidos de las leyes raciales de Adolf Hitler en Alemania y de Benito Mussolini en Italia, o de aliados del Eje, como el autócrata derechista húngaro Miklós Horthy.

Ya tenían uranio suficiente para empezar, enviado en 1940 por un científico y empresario belga desde el Congo. Luego el uranio, la sustancia más pesada que se encuentra en la superficie de la Tierra, sería provisto por Canadá, cuyo gobierno también participaba del proyecto junto a los angloestadounidenses.

Desde Chicago a Los Álamos

Había varios métodos posibles de producir una bomba atómica, aunque ninguno probado, y con grandes vacíos de conocimiento. En vez de ir solucionando un problema tras otro, la forma lógica aunque demorada, los anglo-estadounidenses probaron por todos los caminos a la vez, temerosos de perder la carrera con los alemanes. 

Así, entonces, mientras algunos científicos trabajaban en la forma de enriquecer el uranio, otros, como Enrico Fermi y Leó Szilárd, trataban de construir la primera “pila” o reactor atómico en la Universidad de Chicago, a donde debieron mudarse desde Nueva York. A la vez, muchos otros trabajaban en etapas teóricas posteriores, incluidos la forma de detonar la bomba, en instalaciones distribuidas por todo el enorme país.

El centro neurálgico era un gran laboratorio levantado desde la nada en Los Álamos, un sitio desértico y aislado en Nuevo México, en el centro-sur de Estados Unidos, que dirigía Oppenheimer. Él había pasado las vacaciones de su niñez y adolescencia en esa área, en la que básicamente se hablaba español, y convenció a Groves de enclaustrar allí a miles de investigadores.

J. Robert Oppenheimer en 1946


La comunidad científica de Los Álamos, formada por una legión de jóvenes que vivían en medio de la nada, rodeados de militares, fue una de los tantos aspectos excéntricos de un experimento extraordinario.

Allí convivieron centenares de futuras celebridades de la ciencia occidental: desde el físico judeo-alemán-estadounidense Hans Bethe, quien podía calcular casi cualquier cosa, hasta el matemático católico húngaro John von Neumann, el matemático judeo-polaco Stanisław Marcin Ulam, o físico estadounidense Richard Phillips Feynman.

El 2 de diciembre de 1942, Enrico Fermi y los suyos lograron una reacción en cadena controlada en una “piscina” atómica construida en una cancha de squash, bajo el campo de fútbol americano de la Universidad de Chicago. La fisión nuclear era posible, confirmando la teoría; y podía dar lugar no solo a una bomba, sino a un nuevo tipo de energía casi infinita. Se abrió una nueva era en la historia.

Para completar el magnífico equipo, Niels Bohr, el más insigne físico nuclear vivo, en setiembre de 1943 huyó en bote hacia Suecia de las redadas alemanas sobre los judíos de Dinamarca. De allí pasó a Gran Bretaña y en diciembre ya estaba en Estados Unidos, listo para colaborar en el “Proyecto Manhattan”, y resolver infinidad de problemas teóricos y prácticos.

Dos métodos de detonación

Un asunto decisivo a resolver era cómo reunir dos masas subcríticas de material fisible en pocas millonésimas de segundo, para dar paso a una masa suficiente (“crítica”) para provocar una explosión atómica, no apenas un fiasco: el temido “chasquido”. Y todo ese aparato, grande y pesado, debía poder lanzarse con precisión desde un avión.

La variopinta legión multinacional de científicos que trabajaba en Los Álamos en 1943 concibió dos formas básicas de detonar una bomba atómica. 

La primera consistía en una especie de cañón que lanzaba una masa de uranio enriquecido contra otra, a gran velocidad, para formar una masa crítica que explotaría. Fue la base de la bomba de uranio de forma alargada, que por eso se llamó “Little Boy” (niñito, o muchachito), que se lanzó el 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima, Japón.

La segunda forma concebida para explotar una bomba consistió en una serie de cargas fisibles, unidas a detonadores, distribuidas proporcionalmente dentro de una esfera. Los detonadores arrojarían las cargas al unísono hacia el centro de la esfera, para formar una masa crítica y una explosión atómica. 

Ese fue el concepto que se aplicó para el primer ensayo nuclear en el desierto de Nuevo México, el 16 de julio de 1945, con la bomba de plutonio “Trinity” o simplemente “Gadget” (“el artilugio”); y a otra gemela llamada “Fat Man” (hombre gordo), que se arrojó sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945 (y a la que, copiada por espionaje, dio lugar al primer ensayo nuclear de la Unión Soviética, el 22 de agosto de 1949, en Kazajistán).

Próximo artículo: La “Superfortaleza” B-29, el diseño del bombardero que incendiaría Japón
 

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