El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
12 de febrero 2021 - 5:03hs

Seguramente no veamos entre China y Estados Unidos la realización de la tan manida “trampa de Tucídides” que, en forma un tanto sensacionalista, agitan algunos analistas internacionales a la hora de hacer un vaticinio, y que sostiene que cuando una potencia emergente desafía a otra establecida, todo conduce inevitablemente a la guerra.

Tucídides escribía sobre la Guerra del Peloponeso, allá en el siglo V a.c. Hoy ha corrido algo de agua bajo el puente para saber que no siempre es así. Por decir uno nomás, la destrucción mutua asegurada ya es un viejo principio disuasivo, y la geopolítica de la actualidad tampoco es un juego de suma cero. Aunque, como veremos, los postulados de otros realistas de la política internacional –más cercanos en el tiempo que Tucídides- pueden ser sumamente útiles para ir orejeando un poco el mundo que se viene.

Lo que sí puede pasar, como ha pasado históricamente, es que un imperio sea conducido a la irrelevancia geopolítica en un período relativamente breve. En este caso en cambio lo más probable es que por un buen tiempo convivan ambas superpotencias en un mundo más o menos multipolar pero con un claro liderazgo de Beijing.

Ante este panorama, ¿podemos confiar en lo que durante años nos han dicho los líderes chinos, que el suyo sería un ascenso inofensivo, totalmente pacífico? Según nos han dicho todos estos años, al advenimiento de China no había que confundirlo con el de otros imperios del pasado: no será ni el colonialismo europeo, ni el imperialismo norteamericano, ni el expansionismo soviético. Lo de ellos sería algo así como un paseo en un parque de vacaciones (casi ni te das cuenta de lo que te está pasando); y todo dentro de un respeto mutuo y una situación de “ganar-ganar” dinero para todos

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Incluso, ya tras el encumbramiento de Xi Jinping en 2013, tampoco había que pensar en China como un estado totalitario, que hacía su irrupción en la escena internacional bajo el control absoluto del PCCH, sino, como ha dicho el propio Xi, como una cultura milenaria basada en las enseñanzas de Confucio y en las bondades de su meritocracia.    

Es posible por un instante “suspender el escepticismo” como en la ópera e imaginar algo tan bonito, benéfico y pacifista. Pero el realismo en la teoría de las Relaciones Internacionales nos indica que la voluntad de imponerse a otras naciones, eso que Hans Morgenthau llamó el animus dominandi, es universal y eterno.

Los imperios no se van a volver buenos por arte de magia. Si no, no serían imperios.

Basta ver nomás las atrocidades que comete el gobierno chino contra la población uigur en Xinjiang, incluso, la represión de las protestas en Hong Kong, para saber que eso de pacífico no tiene nada. O la manera abusiva en que operó a partir de 2017 para torcerle el brazo al gobierno de Seúl y volverlo, en términos geopolíticos, un satélite de Beijing.

No hay santos en esto. Tampoco lo ha sido, por cierto, el imperio americano, que con la anuencia de sus aliados de la OTAN, en los últimos 20 años ha propiciado la destrucción de tres países: Irak, Siria y Libia (Afganistán no se lo contamos), generando con ello la peor crisis de refugiados en la historia de la humanidad.

Y si hablamos de ejercer el animus dominandi con sus vecinos de la región, ¿qué tal la operación de las agencias de inteligencia estadounidense en suelo latinoamericano? ¿Y la lucha antidrogas, las extradiciones y el accionar ilegal de agencias como la DEA?

Puede que bajo un liderazgo mundial de China todo sea peor; o tal vez mejor, no lo sabemos. Lo que no podemos esperar es que su poderío sea totalmente inofensivo.    

Un observador realista de la política internacional esperaría, por ejemplo, que cobraran mayor relevancia en la esfera internacional los principios más dilectos del nuevo hegemón.

¿Cuáles serían esos principios?

Bueno, en el caso de Estados Unidos, lo vemos en el sistema interamericano: la Carta Democrática de la OEA, por ejemplo, ha colocado un principio que hasta entonces era sacrosanto, como el de no intervención en los asuntos internos, un pelín por debajo de la democracia y los derechos humanos. Después de la dictadura de Fujimori en Perú, prevalece el principio de que la democracia y los derechos humanos son primordiales en el sistema interamericano. Y yo creo que ha sido buena cosa.

China en cambio prioriza justamente el principio de no intervención y el crecimiento económico sobre los temas de democratización y derechos humanos. Es algo que se hace ostensible en el relacionamiento con sus vecinos de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), entre quienes en los últimos años Beijing ha logrado cambiar totalmente el relato hacia la no intervención y el crecimiento económico.   

Esto le crea ahora problemas tras el golpe militar en Myanmar, donde por la bandera tan fuertemente enarbolada de la no intervención, el gobierno chino se ha visto obligado a guardar silencio ante la pérdida de una importantísima aliada como la líder Aung San Suu Kyi y el ascenso de una cúpula Tatmadaw con la que siempre se han mirado mutuamente de reojo.

Washington por su parte, fiel a su narrativa de adalid de la democracia, ha condenado el golpe y ha anunciado sanciones contra el nuevo régimen militar de Naipyidó. 

Así, Myanmar podría convertirse en el laboratorio de una pugna geopolítica sorda, con varias capas y matices, que indefectiblemente habrá de librarse en otras partes del Asia y, seguramente del mundo, en los próximos años.

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