El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
11 de noviembre 2023 - 8:36hs

En la India y algunos países del sudeste asiático, se encuentra arraigada una leyenda con profundas raíces en la mitología y la cultura popular que trata sobre un elefante blanco.

La historia varía en sus diferentes versiones, pero en general, la leyenda del elefante blanco gira en torno a un rey que recibe un elefante blanco como regalo de un tercero. Este majestuoso elefante es considerado un símbolo de pureza y poder, y se cree que otorga prosperidad y éxito a quien lo recibe.

El elefante blanco es percibido como un ser precioso y divino que, a primera vista, trae buena suerte y prosperidad a su poseedor. Uno se siente omnipotente, majestuoso y poderoso al tenerlo en propiedad.

La leyenda también enseña una lección sobre la importancia de cuidar y proteger las bendiciones que se reciben en la vida, así como la responsabilidad que conlleva poseer esta rara riqueza. Se espera que el rey que recibe el elefante blanco sea consciente de su buena fortuna y la comparta con los demás.

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No obstante, existe otra lectura, una mucho más perversa y maquiavélica. Regalar el elefante blanco a alguien que no tiene la capacidad de cuidarlo adecuadamente, que no puede satisfacer sus necesidades diarias o que no puede custodiar este enorme ser de cinco toneladas que se mueve a sus anchas, puede convertirse en una pesadilla que arruina la vida de quien lo recibe. En lugar de administrar los recursos sabiamente, la persona que recibe el elefante blanco comienza a gastar de manera excesiva en su cuidado y mantenimiento, lo que conduce a la ruina y lo aleja de las necesidades de su pueblo.

Esta interpretación crítica subraya la desunión entre los líderes y sus súbditos, ya que seducidos por la posesión del elefante blanco los gobernantes comienzan a priorizar la custodia del ejemplar y descuidan otras responsabilidades de la administración. El elefante blanco se convierte en un símbolo negativo, y todo lo que una vez brilló se oscurece.

Uruguay, un pequeño punto en el mapa del tráfico de drogas a nivel mundial, se enfrenta a una situación similar, aunque nadie nos regaló ningún elefante de color alguno, pero camina desde hace décadas entre nosotros. 

Aunque somos un mercado insignificante en términos mundiales, nuestra ubicación geográfica nos convierte en una vía de pasaje hacia mercados más ricos y poblados. Desde hace varios años ya, hemos sido testigos de la aparición sistemática de cargamentos de cocaína en diferentes puntos del país y de como la violencia ligada al narco comienza a copar los sectores marginales de la sociedad.

La fuga de líderes mafiosos como Rocco Morabito y otras tristes figuras del mundo del narcotráfico viene amenazando constantemente la probada institucionalidad de Uruguay, que pese a todo sigue siendo ejemplar en comparación con nuestros vecinos. La lucha contra el narcotráfico no puede llevarse a cabo con las mismas estructuras legales y de represión que se aplicaban en una época en la que el narcotráfico no era un problema para Uruguay. Nadie en su sano juicio puede ignorar lo que está sucediendo en nuestro país desde hace mucho tiempo.

Estos momentos de angustia y dolor debido a las consecuencias del caso Marset, ha llevado a que Uruguay muestre su peor cara, la sociedad se encuentra dividida y en conflicto. El comportamiento patotero de sectores de la oposición durante la inauguración del Hospital del Cerro es la demostración. 

Sin embargo, existe una luz en la oscuridad.

El Sindicato Único de la Construcción y Afines, la Cámara de la Construcción, la Asociación de Promotores Privados de la Construcción, la

Liga de la Construcción y la Coordinadora de la Industria de la Construcción del Este se han unido en una campaña de sensibilización sobre el consumo de drogas en el ámbito laboral.

Bajo el eslogan "Tengo un problema con las drogas", esta iniciativa de bien público se desarrolla a través de medios digitales, redes sociales, televisión, radio, cartelería en la calle y en los lugares de trabajo. Empresarios, patronos, constructores, obreros y sindicalistas han unido fuerzas para enviar un mensaje poderoso en la base del problema: el consumo.

"Las drogas afectan a mi familia, a mis vecinos, a mis compañeras, a mis compañeros, también directamente me afecta a mí. Entonces, yo tengo un problema con las drogas. Tenemos que empezar a asumir que tenemos un problema con las drogas, todos y todas, independientemente de si somos consumidores o no somos consumidores. Ese es el objetivo que tiene en principio la campaña", explicó el presidente del SUNCA, Daniel Diveiro, junto al prestigioso empresario de la construcción, Alejandro Ruibal, otro de sus impulsores.

En tiempos de desafíos tan complejos como el que enfrentamos con el narcotráfico, es crucial que como país nos unamos con determinación y solidaridad. La iniciativa conjunta de actores tan diversos como el sindicato, la industria, los empresarios y los trabajadores muestra el camino. Lo han hecho. Hay que imitarlos a gran escala.

El gran país que tenemos bien merece bajar los decibeles de la manija perversa y rastrera, propia de miopes aldeanos. Hay que apoyar al presidente de la República que cortó la cabeza a sus principales hombres para demostrar inequívocamente de qué lado de la historia está. 
No hay ninguna democracia a defender. Es hora de armar entre todos una cortina de acero inexpugnable para que el narco no anide en este país y que se vaya para otro lado. Porque si alguien cree que esto lo puede arreglar solo no entiende lo que pasa en el mundo. La seguridad y combate al narco y la corrupción debe ser una política de Estado.

La lucha contra el narcotráfico no es tarea de unos pocos, ni siquiera solo de los gobernantes sino una responsabilidad compartida de los uruguayos. Solo unidos podremos proteger nuestro país, nuestras familias y nuestro futuro de la sombra del elefante blanco que amenaza con oscurecer nuestro horizonte luminoso para por fin entrar libre de cadenas en el siglo XXI.

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