El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
11 de marzo 2022 - 5:04hs

El gobierno de Estados Unidos ha prohibido todas las importaciones de petróleo de Rusia, completando así su desacople de la economía rusa y desatando una guerra económico-financiera total que ha causado gran conmoción en los mercados.

Era algo que la administración Biden ya no podía seguir eludiendo. Después de sancionar hasta los gatos rusos (no es broma), aparecía como una gran hipocresía que, entre Estados Unidos y los países europeos, le estuvieran pagando a Rusia cerca 1.000 millones de dólares diarios por concepto de gas y petróleo. Sin embargo, Europa no ha cesado sus compras de gas ruso –lo que, según Bloomberg, le reporta a Vladimir Putin unos 700 millones de dólares por día–, ni cesarán. De modo que, por ahora, Rusia solo ha perdido esos casi 300 millones de dólares que le representaban las ventas a Estados Unidos.

Durante el fin de semana, el gobierno de Washington acordó en Caracas con el régimen de Nicolás Maduro (tampoco es broma) suplir ese faltante con crudo venezolano; lo cual ha sido una humillación para los aliados de Estados Unidos en la región, que todos estos años han apoyado las políticas de Washington contra el gobierno chavista. Imagínese usted cómo se sentirán ahora el colombiano Iván Duque, el chileno Sebastián Piñera y el peruano Pedro Pablo Kuczynski, a quienes Washington en su momento les pidió que absorbieran sin chistar las masivas oleadas de refugiados venezolanos para que estos no se le fueran a golpear la puerta al norte. “¿Cómo les quedó el ojo?”, les preguntó Maduro exultante en una reciente aparición pública. El dictador venezolano está que no entra en los kimonos esos tamaño carpa que se pone.

Imagínese cómo queda Juan Guaidó y la pléyade de países que, a instancias de Washington, lo reconocieron, y aún reconocen, como el presidente legítimo de Venezuela. Imagínese a Luis Almagro, y a todos los burócratas y académicos venezolanos exiliados vinculados al Departamento de Estado.

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Washington ha demostrado con esto no solo lo insignificante que América Latina es para los ‘policy makers’ y para los Estados Unidos en general, sino que todo su relato de la libertad y la democracia se ha desmoronado como un castillo de naipes.

Quién le crea a Washington eso de que solo persigue un sistema global basado en las normas y en la democracia lo hará a expensas de su propio desengaño, como estamos viendo ahora en Latinoamérica. Lo que persigue Washington son sus propios intereses, que nunca han sido ajenos a un imperialismo vestido de “líder del mundo libre”, de “policía bueno” dispuesto a hacer el trabajo sucio del que los malos del mundo no le dejan otra alternativa, y de superpotencia benefactora que entrega la franquicia “libertad y democracia” a todos aquellos regímenes, democráticos o no, dispuestos a servir a sus intereses.

Es así que este fin de semana, en su acuerdo con Maduro, el gobierno Biden se ha saltado a la garrocha los más caros principios del Sistema Interamericano, la Carta Democrática Interamericana, los Derechos Humanos, la Carta de la OEA, para pactar con el dictador el envío de petróleo.

Pero más triste aun tal vez sea la traición a los ya 6 millones de venezolanos que deambulan en un éxodo desesperado por los caminos del continente. Solo falta que le pongan a Maduro la chapa de demócrata, y cerrá y vamos.

Por lo demás, que nadie se llame a engaño, nada de esto va a detener las bombas de Putin en Ucrania. Ya quisiéramos. En algún momento lo tendrá que hacer porque, como hemos explicado, no puede mantener una ocupación en Ucrania indefinidamente. En algún momento, el autócrata ruso va a tener que dar por concluida esta aventura siniestra y mandar los tanques de regreso. Pero lamentablemente ese momento no parece estar cerca, y el cese de las importaciones de Estados Unidos tampoco lo va a precipitar.

Mientras Europa siga comprando el gas ruso, seguirá alimentando la maquinaria de guerra de Putin. Además, la carencia de liderazgos en Europa se ha hecho sentir en este trance más que nunca. Cabe preguntarse si todo esto hubiera pasado de seguir Angela Merkel al frente del Reichstag. Pero es que mira uno alrededor y no se ve absolutamente a nadie en Europa que pueda parar de alguna manera a Putin.

Para no hablar de los burócratas de Bruselas. Ayer, en un discurso que pretendió ser churchillesco ante la Eurocámara, el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, no tuvo mejor idea que pedirles a los europeos: “Corten el gas en sus casas”. Como si dejar de cocinar y bajar un poco la loza radiante en un apartamento de Berlín o Milán fuera a detener a Putin.

También ha quedado demostrado que todas las amenazas a Rusia, y todas las promesas al gobierno ucraniano y a la persona del presidente Volodimir Zelenski de que “nosotros te defenderemos”, que “we have your back” y que “no permitiremos que se violen la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”, eran puro farol. Y desgraciadamente pudieron haber conducido al presidente ucraniano a adoptar una posición más dura, en lugar de hacer ciertas concesiones que tal vez habrían podido evitar esta masacre.    

El miedo a la conflagración nuclear ha hecho el resto para un estado de cosas en que solo queda esperar a que Putin decida detener la agresión. Esperemos que sea pronto. Esta guerra no tiene manera de ganarla; todos los resultados posibles ahora, excepto el que él esperaba –que era una desbandada del ejército ucraniano y la huida de Zelenski al estilo del afgano Ashraf Ghani–, representarán una derrota para el ruso. Solo está tratando de salvar cara e irse con algo bajo el brazo para evitar la humillación. Cuánto tiempo le llevará eso, es la gran incógnita. Y el calvario de los ucranianos.

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