En la capital francesa la prensa internacional estaba al acecho en el Instituto Pasteur por una euroconferencia en la que se expuso sobre un área del conocimiento que por esos días tres investigadores norteamericanos habían ganado un premio Nobel. En Las Piedras sus compañeros quedaron incrédulos de que uno de sus zagueros eligiera perderse parte de la cumbre científica.
“No le fallé a la barra de La Isla”, se ríe hoy Radi, el científico más encumbrado del país, un juicio unánime en la comunidad académica y de investigación nacional. Es el coordinador general de Grupo Asesor Científico Honorario conformado formalmente el 16 de abril para colaborar en forma estrecha con el gobierno en el combate a la pandemia del coronavirus, pero también es muchas otras cosas.
Radi es doctor en Medicina y en Ciencias Biológicas, es docente Grado 5 de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, es el primer científico uruguayo en integrar la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos –mérito otorgado en 2015 y que él considera el mayor momento de su carrera–, es el primer doctor en Ciencias Biológicas en Uruguay, es profesor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, y es director del Centro de Investigaciones Biomédicas.
“La gente no lo quiere decir porque hay muchos científicos en Uruguay, pero yo no tengo dudas de que es el más destacado”, dice el historiador Gerardo Caetano, amigo de Radi desde 2007 y luego compañero en la Academia Nacional de Ciencias y en la Comisión Honoraria del Sistema Nacional de Investigadores desde 2009 hasta este año, cuando el escritor se retiró.
Caetano recuerda que José Pedro Barrán, uno de los principales historiadores uruguayos, fallecido en 2009, “hablaba maravillas” de Radi sobre el final de su vida, porque encontraba en él, un científico duro, una “capacidad de comprensión sobre las particularidades de las ciencias sociales y la historia que cuesta encontrar incluso en colegas más cercanos”, como él también corroboró luego.
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Rafael Radi nació el 7 de mayo de 1963 en el barrio de Belvedere de Montevideo, en donde se crió jugando a la pelota en la calle Carlos de la Vega y se hizo hincha fanático de Liverpool.
Luego hizo el liceo en el colegio San Francisco de Asís –en donde llegó a ser campeón de ajedrez ante un rival que era el favorito por ganar casi siempre– y ya en esos años encontró en el estudio un “refugio” para resistir los embates de la vida, como la separación de sus padres. “De alguna forma me protege del medio exterior cuando no estoy en mi mejor momento. Ahí tengo un comodín que lo uso todos los días de mi vida”, dijo en el programa Abran cancha, de Del Sol.
Su foto de perfil en WhatsApp es un dibujo de un hombre sentado, inclinado en un escritorio, escribiendo con una pluma y sosteniéndose el mentón con la otra mano. En la cabeza del sujeto se abre un globo con signos típicos de las ciencias naturales: un dinosaurio, un pulpo, una estrella, un árbol, un microscopio.
“Es un dibujo muy lindo, una ilustración que extraje de un artículo científico. Es muy representativo del proceso creativo de la ciencia o de la tarea de creación del científico”, dice a El Observador.
El primer mojón académico importante en su trayectoria de una larga lista de méritos –que además incluye haber publicado trabajos científicos con Louis Ignarro, uno de los tres estadounidenses que ganaron el Nobel en 1998– fue la invitación que recibió del profesor Bruce Freeman a fines de los 80’ para ir a trabajar con él en la Universidad de Alabama, en el país norteamericano.
Camilo dos Santos
En esa experiencia, que duró tres años, conoció las serias limitaciones que tienen los científicos uruguayos para investigar por falta de recursos, tecnología e infraestructura, una brecha que en esa época era incluso mayor.
“Nos fuimos a Estados Unidos y ahí descubrí un montón de cosas, y me di cuenta que el único límite de lo que yo podía hacer era mi cabeza, no los materiales, porque ahí había todo para trabajar”, contó el 4 de julio en el programa radial.
“Y yo venía de una facultad pos dictadura, en donde casi no teníamos equipamiento, no teníamos reactivos, no teníamos proyectos financiados, cada cosa que conseguíamos era pidiendo a un amigo extranjero que te mandara 100 miligramos de tal cosa, tratando de recauchutar un aparato porque no funcionaba… Tampoco se habían instalado los programas de apoyo a la ciencia. Pasé a un lugar donde toda la infraestructura estaba a tu mano y lo único que importaba eran tus ideas. No había ningún límite a la creatividad más que la propia creatividad impusiera. Me explotó la cabeza”, reveló.
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Ahora Radi juega bien. Es un partido de 1993 contra el Mariscal Nasazzi. Roba una pelota en el fondo y hace un pase cruzado a Carlos Batthyány, hoy director del Instituto Pasteur uruguayo. Ese centro es responsable junto con la Universidad de la República de elaborar un kit de diagnóstico de coronavirus propio que permitió tiempo después aumentar en forma exponencial la capacidad de testeos del país.
Según registros disponibles en YouTube, Batthyány recibe el pase y corre con la pelota por la izquierda a gran velocidad y antes de que un rival llegue a marcarlo remata bajo y pone a su equipo en ventaja. En el segundo tiempo, Radi –un rústico defensa central– se sale de su rol y aprovecha una pelota que le llega cerca del área del Mariscal Nasazzi y remata fuerte contra un palo. El zaguero grita, corre y cae de rodillas con los brazos extendidos. Hay tres jugadores que lo abrazan. El tercero es Batthyány, recuerda Radi. El club La Isla ganó 3 a 1 ese partido.
El fútbol y Radi fueron siempre dos cosas inseparables. El 21 de mayo, cuando el país había superado los 12 días con menos de 10 casos activos con covid-19, el coordinador general del GACH utilizó en la primera conferencia de prensa del grupo de expertos una metáfora que quedó grabada en la memoria colectiva.
“Esto es como estar jugando un partido en la altura de La Paz a 4.000 metros de altura aguantando el 0 a 0. Estamos bastante contentos, pero nos pueden golear en tres minutos”, dijo ese día.
Dos meses después la situación sigue relativamente controlada aunque desde entonces hubo varios brotes, como en los residenciales, en los departamentos de Rivera y Treinta y Tres, y el último en la Médica Uruguaya de Montevideo. Los casos activos son cerca de 80, por eso Radi ahora repite que es como si el equipo rival hubiera logrado algunas “pelotas en los palos”.
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Un delantero en un partido cualquiera de hace 30 años logra irse a toda velocidad contra el arco de La Isla, y para detenerlo solo queda Radi. “Me acuerdo de más de una jugada así: veía la vehemencia con la que iba a matar al jugador y yo gritaba: ‘Nooo, Rafa, no por favor”, y justo cuando iba a barrerse contra el suelo escuchaba mi grito y aguantaba. Así evitamos más de un penal”, recuerda Ingold a las risas.
El temperamento de Radi en una cancha toma características similares en los laboratorios, aunque el científico reconoce que ha tenido pocas discusiones académicas subidas de tono. Pero hubo una, no hace tanto tiempo, que Caetano recuerda con detalles que la memoria del coordinador general del GACH corrige, aunque ambos prefieren no divulgar el nombre del interlocutor desafiante.
Fue en una reunión entre representantes del Poder Ejecutivo de 2015 y del Sistema Nacional de Investigadores. La discusión estaba centralizada en el presupuesto para las ciencias, y uno de los jerarcas del gobierno “se puso muy intenso y un poco violento”. “Se había empezado a dirigir en términos antipáticos hacia los científicos que estábamos”, cuenta Radi, y se ríe, porque la frase que disparó entonces quedó para el recuerdo de sus colegas.
Caetano se acuerda que antes de esa instancia, Radi le había dicho que tratara de mantener la calma, porque se preveía una reunión difícil. “‘Ojo, no te calentés’, me había dicho. Entonces yo fui con el freno mano”.
Y Radi también intentó mantener la compostura, pero no pudo. “El tipo seguía insistiendo, así que en un momento lo paré firme y le dije: ‘¡Escuchame, le estás errando al bizcochazo!’. Creo que lo sorprendí, porque me salió el barrio, y él bajó varios cambios, por lo que la conversación tomó un rumbo casi humano y menos prepotente”, rememora.
El historiador dice que esa anécdota, recordada como la noche del bizcochazo, “revela mucho sobre cómo es Rafa: un tipo tranquilo, con una gran apertura, pero muy firme en sus convicciones, y por ende muy apasionado”.
El padre del científico, Alberto Radi, recordó en la entrevista con Abran cancha que cuando su hijo jugaba en el baby fútbol tenía que mediar muchas veces con entrenadores o “dirigentes” porque el niño discutía como “un verdadero hombre”. “Me acuerdo que había un técnico, Tejera, amigo mío, que me decía: ‘Con tu hijo no se puede, vive discutiendo todo. Me parece que lo voy a sacar del equipo”.
La formación del GACH
Radi es bromista, y rara vez pierde el sentido del humor. Lleva siempre consigo un juego de tarjetas de árbitro de FIFA, que le regaló Ernesto Filippi, exreferí uruguayo que además fue adscripto suyo en el colegio San Francisco de Asís.
“Las usa cuando damos charlas, en seminarios o en lugares en donde se hacen exposiciones. Siempre hay un tiempo limitado, y hay gente que habla más de lo debido. Cuando están llegando a la hora, Rafael saca la amarilla, y cuando se pasan, la roja”, dice Natalia Ríos, química farmacéutica y asistente de la Facultad, que actualmente cursa su doctorado con Radi y la profesora Virgina López.
Hay, incluso, un sticker de WhatsApp con el científico mostrando una tarjeta.
Pero hay ocasiones en que Radi está serio. Una de las últimas veces fue el 16 de abril, cuando fue citado por el presidente de la República, Luis Lacalle Pou, para dar nacimiento oficial al GACH y al grupo Transición UY.
Para ese momento, Radi había tenido una serie de reuniones virtuales y llamados telefónicos con Hugo Odizzio, que en esos días era director ejecutivo de la Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento (Agesic). La propuesta original, que escuchó del ingeniero en un encuentro con varios investigadores vía Zoom el viernes 3 de abril, era que él se hiciera cargo de un equipo para organizar modelos de datos e información estadística aplicada en la gestión de la emergencia sanitaria.
Radi quedó sorprendido con el planteo –que no esperaba–, y pidió 48 horas para pensar. El domingo 5 de abril llamó a Odizzio y le hizo una contrapropuesta. “Tuvimos una charla de una hora y media en donde le propuse una estructura superadora, en la que se incluyera las áreas de salud y ciencia de datos, en diálogo con las áreas socioeducativa y económica. Él iba a elaborar un organigrama con mis ideas, y a mí me pidió elaborar un documento para presentarle al presidente”, cuenta.
Ese documento, titulado Bases para la Transición desde el Confinamiento Voluntario al Funcionamiento Normal de la Sociedad, lo entregó el 8 de abril, y planteó además otros requisitos formales, como notificar al rector de la Universidad de la República que se lo iba a requerir para esa tarea, y un encuentro personal con el presidente.
Cuando se reunió con el mandatario en la Torre Ejecutiva, ya tenía aprobado por el gobierno los nombres de Henry Cohen y Fernando Paganini –los coordinadores de los grupos de salud y ciencia de datos, respectivamente, que iban a acompañarlo–, y las condiciones que había puesto para asumir la responsabilidad.
“Recuerdo que fui en un momento muy difícil, y con una actitud muy seria. Yo me dirigía a Lacalle Pou como señor presidente, y en un momento me dijo: ‘No me digas señor presidente, llamame Luis'. Y fue una reunión muy importante porque quedó definido que el ámbito científico no iba a ser contaminado”.
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Es 1984. El partido no es en La Paz, pero las desventajas son parecida. El CALI es visitante: enfrenta a un equipo del liceo militar, y juega con menos de 11 jugadores porque, como es habitual, algunos faltaron.
Se las ingenian para hacer un gol, y luego se repliegan al fondo, resistiendo los pelotazos y el empuje de la hinchada rival. Faltando pocos minutos, el juez cobra un penal que no es, y todos los jugadores del CALI van a reclamar. Por el tono de los reclamos, algunos son echados, incluyendo al golero. Quien va a atajar es Gabriel González, que 36 años después, como grado 5 de neuropediratría, sería uno de los más de 50 expertos que trabajan con el GACH.
Radi, y el resto, le piden a González que se pare contra un palo y “entregue” el penal. El militar que fue a patear lo hace tan temeroso de errar, que dispara despacio y González alcanza a tirarse y despejar la pelota. “La Isla nomás”, gritan todos, porque el juez da por terminado el partido.