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Enemigos de la innovación

El eterno miedo a cambiar 

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20 de septiembre de 2018 a las 05:01

En la edición del pasado 15 de setiembre de este diario, el titular de un artículo decía: “Este es un gobierno que tiene poca vocación por innovar”. La frase provenía de una afirmación hecha por el economista  Gabriel Oddone. En verdad, dicha afirmación podría aplicarse a la historia de Uruguay, desde su independencia hasta el presente. Los innovadores, en el campo que sea, siempre han sido detestados, y muchas veces marginados, aborrecidos por sus contemporáneos. La palabra “innovación” está de moda en el vocabulario universal del presente y se aplica a todos los campos, de la medicina a la computación, de las artes a la industria farmacéutica, de cuyas innovaciones depende tanto la vida del ser humano de cara a los días futuros. Steve Jobs se ponía furioso y golpeaba la mesa cada vez que se reunía con sus empleados y estos llegaban a su oficina sin traer ideas innovadoras. Decía que les pagaba buenos salarios para que innovaran. Uruguay ha sido siempre un país muy enemigo de la innovación en todos los aspectos de la realidad nacional. Si se hiciera una historia de la innovación tendría pocas páginas, ocupadas todas por francotiradores que se animaron a ir contra la corriente y el comportamiento del rebaño para intentar producir algo nuevo.

En el campo de la literatura, que es junto con el del fútbol en donde mejor se defiende la imagen del país, quienes les han dado prestigio cultural a este país fuera de fronteras han sido unos cuantos locos que nada tenían que ver con un cierto sentir o forma de ser uruguayo. Fueron desclasados, raros, delirantes, marginales por decisión propia, porque era la única forma que pudieron soportar el peso ideológico de su época, que siempre ha querido igualar hacia abajo. Salvadas algunas honrosas excepciones que fueron parte de la misma, la llamada generación del 45, de la que tanto se ha hablado y aún se habla, fue de un conservadurismo estético abrumador, insoportable. Significó dar varios pasos atrás con respecto a lo que se estaba haciendo en literatura de vanguardia en otras partes, donde la modernidad iba por donde nadie había andado, por donde debía ir si quería ser innovadora.  El miedo a lo nuevo que tenían “los del 45” ha estado vigente en el país desde entonces y no sé si existe alguna terapia o práctica social capaz de ayudar a quitárselo de encima. Ya es hora de dejar atrás definitivamente ese legado. 
 

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