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Ennio Morricone, el maestro que llenó de arena e imágenes a la música de las películas

Con su llegada al cine, la música se metió en la materia viva de las películas y fermentó algunas de las imágenes más poderosas de su historia

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10 de julio de 2020 a las 05:00

En ocasiones, la música se convierte en una experiencia tangible. Se siente en la punta de los dedos, entre los nudillos, se desborda del cauce de las palmas. No se trata simplemente de un estremecimiento de placer que recorre el cuerpo; se trata, en efecto, de sentir cabalmente cómo la música raspa, cómo cicatriza, cómo pesa en los hombros, cómo congela y abrasa.

La música de Morricone, que murió el pasado lunes a los 91 años y que no se bajó del escenario hasta el final, es así. Se puede tocar. Se siente en la piel. Es de las que se “ven” mientras suenan. Se materializa en el aire. 

Tomemos cualquiera de las partituras que el compositor ideó para las películas en las que trabajó y comprobémoslo. Su obra, siempre, termina por transformarse en una experiencia real. En los oídos encuentra el pico emocional, la cúspide, pero consigue textura y forma frente a los ojos. Basta con escuchar el silbido de El bueno, el malo y el feo para que la arena del Viejo Oeste nos golpee el rostro y escuchemos, a lo lejos, los coyotes; con los primeros compases de The Ecstasy of Gold, el calor del cementerio de Sad Hill nos quema; el llanto del piano de Nuovo Cinema Paradiso nos coloca enseguida en las butacas desvencijadas de ese establecimiento, y vemos, de boca abierta y con el corazón en el puño, todos los besos liberados; la armónica de Hasta que llegó su hora se raja en el aire y se nos aparece Charles Bronson; la flauta dulce de Érase una vez en América nos trae los humos del Brooklyn de 1920 y nos hipnotiza.

Por estas imágenes, indivisibles de la música que creó, es que Il Maestro italiano fue tan importante para las películas. Su nombre quedará marcado para siempre entre los gigantes de la pantalla y lo recordaremos como la prueba más contundente de que la banda sonora resulta una pieza fundamental, insustituible, de la obra cinematográfica. Porque el trabajo de Morricone ayudó a construir la leyenda de muchas de las grandes obras del siglo XX y XXI, pero también la de algunos cineastas, entre ellos Sergio Leone, su gran socio, amigo y el hombre que encontró en él los épicos sonidos que necesitaba para tocar la gloria y grabar su nombre en mármol. 

No es raro, entonces, que inmediatamente a la noticia de su muerte decenas de cineastas –colaboradores y aficionados a su obra– lamentaran la pérdida con pesar. Detrás de esos mensajes de duelo, que cruzaron a lo largo y ancho de los continentes y que se hicieron sentir durante toda la semana, se encuentra la pena, el respeto y la admiración de dos ecosistemas artísticos –el cine y la música– que lloran a uno de los responsables más directos de que ambos hayan transitado juntos algunos de los momentos más memorables de su historia.

El hombre y la música

“Yo, Ennio Morricone, he muerto”. Así se despidió el maestro nacido en Roma en 1928 de sus seres queridos: en una carta de puño y letra en la que su mayor preocupación es “no molestar” con un funeral demasiado pomposo. Y es curioso que este haya sido su último deseo, porque desde sus inicios en la música para el cine, siempre se abrazó del quiebre, de la innovación y, por ende, siempre quiso ser una piedra en el zapato para aquellos que le pedían que se quedara en el molde y siguiera con las fórmulas de éxito probado. En su trabajo, Morricone incluía instrumentos ajenos a la música clásica, utilizaba golpes, chiflidos, armónicas, múltiples cuerdas, silbatos, alaridos, su colección de sonidos iba siempre in paso más allá. Cambió, en definitiva, lo que se entendía por banda sonora. La hizo tangible. Parte de la historia, la narrativa y la psicología de los personajes.

“No era tan difícil convencer a los directores. Sabían que no me interesaba crear composiciones tradicionales, por eso me venían a ver. Me complacía trabajar el sonido de la realidad, lo que escuchamos cada día. Estos ruidos que nos rodean tienen su propia música y podían componer otra conmigo”, le decía, hace poco tiempo atrás, a la AFP.

El primer instrumento que tocó fue la trompeta. Su primera composición la escribió a los seis años. A los doce entró al conservatorio y a los seis meses había terminado un curso de armonía que se planificaba para cuatro años. 

A los 25 empezó a escribir composiciones para películas y programas de televisión italianos, que no firmaba y que se atribuían a compositores de más prestigio. Su firma debutó en la película El federal (Il federale, 1961), de Luciano Salce. Pasaron trece películas y tres años, y un día le golpeó la puerta Sergio Leone. Ennio no se acordaba, pero habían sido compañeros de escuela en Roma. Sergio le dijo que tenía en mente un spaghetti western –las películas de cowboys que se filmaban en Italia y España– y que quería su música en él. Se titulaba Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964) y la protagonizaba un tal Clint Eastwood. Ennio le dijo que sí. 

Juntos, definieron al género. Leone y Morricone generaron algunas de las obras más notables del western –La trilogía del dólar y Hasta que llegó su hora, por ejemplo– y sentaron bases y formatos que luego se repetirían hasta el cansancio. No es menor el dato que en ocasiones, el director moldeaba las escenas en base a las partituras de su compositor. Tampoco que, con Leone, Morricone colaboró en una de las mejores y más preciosas películas de gánsteres de la historia, la crepuscular Érase una vez en América. No todo fue western en esa sociedad, pero todo fue enorme, épico e inolvidable.

Pero aunque fuerte, esa relación con el cineasta italiano no definió su carrera. Tampoco el western. Su música está presente en más de 500 producciones de los últimos sesenta años, y su marca aparece en los albores de los 60, en los recovecos de los 80 y hasta en las grandes obras de este siglo. Su nombre está atado, también, a otras películas legendarias, como Cinema Paradiso (1988) de su también gran colaborador Giuseppe Tornatore, a La misión (The Mission, 1986)–con El oboe de Gabriel a la cabeza–, a Novecento (1976) de Bertolucci, a Los Intocables (The Untouchables, 1987) de Brian de Palma, al último Quentin Tarantino, a la ominosidad de El enigma de otro mundo (The Thing, 1982) de John Carpenter y hasta historias socialmente comprometidas como la italiana Sacco y Vanzetti (1971), en donde lo acompañó la voz de Joan Báez y que dejó esa elegía que bien podría estar sonando ahora para él: Here’s to you

Morricone apenas ganó dos Oscar en su vida. Uno en 2007 a la trayectoria, de esos que la Academia da cuando quiere saldar deudas que rompen los ojos, y otro por su trabajo en Los ocho más odiados, de Tarantino, en 2016. El último, a pesar de su enorme trabajo, casi que se sintió como una disculpa. 

Hace un mes, él y otro grande de la música cinematográfica, John Williams, fueron condecorados con el premio Princesa de Asturias. En un comunicado, Il Maestro dejó plasmado lo siguiente: “Tengo 91 años y veo que la Familia Real de España y la Fundación Princesa de Asturias quieren reconocerme con este prestigioso premio. Hoy es un día para reflexionar y pensar en el camino recorrido, sentir con humildad y gratitud que, quizás durante mi trabajo, he sido capaz de llegar a las personas y compartir con ellas la experiencia única que es la música”. Señor Morricone, ese “quizás” está de más. Lo logró y sin matices. Porque ¿cómo se explica que ahora, mientras suena Man With a Harmonica, los labios se agrieten, el calor suba hasta la nuca y la arena se cuele entre los dedos de los pies? Ahí no hay claroscuros. No hay dudas. Esa la fuerza de su legado. El poder tangible de su música. 

 

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