Los días están fríos. Helados, la verdad. Así que espero que estés pasando lo mejor posible, que tengas una buena manta para la noche y, si se puede, un libro que te entusiasme en la mano. Porque creo que cualquier momento del año es bueno para leer, pero el invierno le suma más capas de confort a ese estado. Yo, al menos, siempre relacioné el estar leyendo al lado de la estufa en junio, julio o agosto con el hogar. Es una imagen que no me gustaría olvidar y que guardo con ganas.
Ya sabés que me podés escribir a [email protected] y que te respondo. Ahora abrigate, servite una taza de té y pasá, que nos está esperando para conversar el señor Michael Cunningham. Tenés que conocer a Michael Cunningham
La primera vez que entré en contacto con Michael Cunningham fue a través de Virginia Woolf. O, en realidad, a través de la recreación que Nicole Kidman hace de la escritora en Las horas, una película estrenada en 2002 que le dio a la actriz australiana el primer y único Oscar de su carrera hasta ahora. En esa historia, que vincula tres temporalidades diferentes y a tres mujeres –incluida la Woolf– unidas a partir de la novela La señora Dalloway, uno de los nombres que aparece en los créditos de guion es el de Cunningham, algo a lo que no le presté atención hasta hace muy poco. Incluso fue después de descubrir que esta gran película de Stephen Daldry en la que Kidman, Julianne Moore y Ed Harris la rompen, está basada en el libro que hizo famoso al escritor.
Y que le dio un premio Pulitzer, claro. Nada menor.
Arriba: Nicole Kidman como Virginia Woolf en Las horas (2002) Cunningham nació en Cincinnati, Ohio, hace 69 años. Tiene, por el momento, siete novelas, varios libros de no ficción y ha trabajado como guionista en Hollywood en varias películas y series, incluida Masters of sex, de HBO, un pequeño éxito de su momento que retrataba las investigaciones en materia de sexualidad de la afamada clínica Masters & Johnson. ¿Y por qué le estoy dedicando una newsletter entera a este señor? Bueno, porque luego de la lectura de dos títulos que voy a recomendar a continuación, me he dado cuenta de que su nombre tiene mucha menos prensa que otros. Y me llama la atención: sus libros, al menos los que están disponibles en Uruguay y que han pasado por mis manos, son grandes obras que se meten en el corazón y anidan allí gracias a la fuerza de sus imágenes y la belleza de sus personajes.
Primero, vuelvo a Virginia Woolf. Ella fue la gran inspiradora para este hombre que la quiso tanto que le escribió un libro-homenaje y contribuyó a su adaptación. Me gustaba despedir esta presentación del bueno de Mike con este texto que escribió para The Guardian sobre la influencia de la autora de Un cuarto propio en su vida literaria. Porque siempre es bueno echar un vistazo al momento en que un escritor se convirtió en un lector:
«Leí a La señora Dalloway por primera vez cuando era estudiante de segundo año en la escuela secundaria. Era un poco holgazán, para nada el tipo de niño que leería un libro como ese por su cuenta (no era, te lo aseguro, parte del plan de estudios en mi escuela de holgazanes en Los Ángeles). Lo leí en un intento desesperado por impresionar a una chica que lo estaba leyendo en ese momento. Esperaba, con fines estrictamente amorosos, parecer más culto de lo que era. (...) A la edad de 15 años, no entendí nada de su mensaje. No podía entender a la señora Dalloway, y fracasé por completo en mis intentos de parecer inteligente. Pero pude ver, incluso siendo un niño ignorante y bastante perezoso, la densidad, la simetría y la musculatura de las oraciones de Woolf. Pensé “wow, ella está haciendo con el lenguaje algo parecido a lo que hace Jimi Hendrix con una guitarra”. Con lo cual quise decir que caminaba en una línea entre el caos y el orden, hacía riffs, y justo cuando parecía que una frase se estaba desviando hacia el azar, la recuperaba y la unía a la melodía.
Las frases de Woolf fueron reveladoras. Parecía posible que otros libros pudieran contener maravillas similares. Y, como descubrí, algunos de ellos lo hicieron. Leer La señora Dalloway me transformó, poco a poco, en un lector.»
Dos faros
Ya lo dije y lo repito: Cunningham no tiene la misma prensa que otros escritores de su calibre, por lo que conseguir sus títulos en español puede ser algo complejo. Recién hace un par de años la editorial argentina Fiordo editó en nuestro idioma una novela de 2005 titulada en inglés Specimen days. ¿En español? El libro de los días.
Y a pesar de que es su escritora favorita y la que lo metió de lleno en la literatura, Virginia Woolf no es la única que ha impulsado novelas dentro de la bibliografía de este escritor estadounidense. El libro de los días es, justamente, una novela que repite el mismo esquema de Las horas –tres historias en diferentes tiempos que se conectan a partir de un “hecho literario”–, pero esta vez la figura elegida sobre la que nuclear toda(s) la(s) trama(s) es el poeta Walt Whitman, creador de ese poema totémico que es Hojas de hierbas (y que creo que apareció por estos lares cuando hablamos de los naturalistas, allá por el comienzo del 2021).
En El libro de los días la cosa se pone más rara que en Las horas. En este caso, Cunningham es más experimental (en el buen sentido) y somete a examen sus capacidades para vincular registros bien disímiles: la novela romántica, el relato histórico, la poesía, el thriller psicológico y hasta la ciencia ficción. Así quedan enganchados los relatos de un muchacho que se enamora enloquecidamente de la novia de su hermano, que murió en el incendio de una fábrica a principios del siglo XX en Nueva York; el de una psicóloga forense que trabaja para anticiparse a los terroristas y que se obsesiona por un posible atacante; y la de un robot, que en medio de un futuro distópico comienza a tener sentimientos muy fuertes hacia una inmigrante extraterrestre. A todos ellos los une Walt Whitman, y si parece muy loco, la respuesta es que sí, que lo es. Pero también es una delicia, un caleidoscopio de personajes imposibles que resultan, al mismo tiempo, entrañables y melancólicos, complejos y atractivos.
El libro de los días es una hermosura. Recuerdo el impacto que me generó leerlo, hace ya algunos años. Es una apuesta a la imaginación, a la belleza de las palabras y a los pequeños detalles cotidianos que por momentos conmueve. Como evidencia, comparto un extracto de la segunda historia, que se titula La cruzada de los niños:
«Las mañanas eran buenas. Le gustaba saber que a esa hora y en toda la ciudad las personas se estaban bañando, tomando café y decidiendo qué ropa ponerse. Era lo más cercano a la inocencia colectiva, esa transición masiva del sueño (sin importar cuán perturbado) a la vigilia (sin importar cuán tormentosa). Prácticamente todas las personas, o por lo menos todas las que fueran mínimamente funcionales, tenían que levantarse y vestirse. Incluso aquellas que más tarde la llamarían para comentarle sus planes de dispararle, apuñalar o prender fuego a alguien, incluso aquellos decididos a amarrarse una bomba en el pecho y a volar en pedazos a un hombre de negocios en la calle. Aquí estamos, todos nosotros, llevando a cabo este renacimiento diario en miniatura, y haciéndolo juntos.»
El otro libro que traigo del amigo Cunningham es la última novela que publicó hasta el momento. Se llama La reina de las nieves, es de 2014 y recientemente me acompañó en un viaje largo, decisión más que acertada.
En este caso la historia de la que parte el autor es más lineal. En una noche del invierno de 2004, un hombre llamado Barret cruza el Central Park de Nueva York devastado por su enésima ruptura amorosa. A Barret no le va demasiado bien en el amor y todos los hombres con los que ha intentado emparejarse lo terminan desilusionando. O tal vez el problema sea él. En fin. Lo importante es que en esa noche gélida, al tipo se le cruza una luz blanca en el cielo. Es una cosa extraña, esférica, que se mueve de formas raras y que desaparece sin más. Ese será el punto de partida para otra historia coral –aunque estructuralmente menos compleja que Las horas y El libro de los días– en donde las vidas de Barret, su hermano mayor –un músico frustrado que quiere escribirle la canción de amor definitiva a su esposa, que está enferma de un cáncer furioso– y algunos de sus amigos se acumularán.
Libros de Michael Cunningham
La reina de las nieves también es una novela bellísima que discurre bajo el espíritu cabizbajo y extraviado de sus personajes, que afrontan situaciones complicadas pero que buscan la manera de seguir, como sea, a flote. Creo que lo mejor –y tiene varios hallazgos– es la manera en la que están delineados sus protagonistas, lobos solitarios en una Nueva York helada que sienten de una forma tan intensa que atraviesan las páginas, y que buscan cobijo bajo las frazadas que pueden. Hay, también, un retrato palpitante de la hermandad por debajo que me emocionó varias veces.
Es posible que La reina de las nieves sea una lectura que por momentos duele, una obra que golpea sin mala intención pero con una fuerza que se siente en las costillas. Está plagada, de todas formas, de momentos memorables y pasajes para subrayar. Es de mis lecturas favoritas del año.
Dejo a Cunningham ahora con dos extractos de este último libro y la esperanza de haber contagiado el entusiasmo que hoy este autor me genera, así como las ganas de volver a encontrarme con una nueva historia de su mano muy pronto.
El primer fragmento es sobre la hermandad: «Pasan por un momento de silencio más antiguo que ningún otro que recuerdan, la tranquilidad de crecer juntos, de dormir en la misma habitación; el silencio compartido que siempre ha sido su verdadero elemento, interrumpido por supuesto por conversaciones, peleas, pedos y risas por los pedos, pero esencial, el ambiente al que siempre han regresado, un campo insondable de oxígeno formado por moléculas combinadas.»
Y el segundo, sobre la felicidad:
«Y Liz… Liz se hartará de esos chicos, se hartará de su decisión de convertirse en una anciana dura y pintoresca que vive sola y desafiante. Querrá conocer a alguien capaz de mantener su atención más de unos meses, y ese hombre le enseñará las profundidades domésticas, el estremecimiento fiable y modesto de lo familiar, que, como sabe casi todo el mundo menos Liz, ha sido el camino a la felicidad desde el origen de la humanidad.»
100 años de María Esther Gilio
La literatura y el periodismo uruguayo estuvo de celebración porque una de las personas que mejor vinculó ambos tópicos llegó a su centenario este mes. Se trata, por supuesto, de María Esther Gilio, maestra indiscutida de la entrevista, figura veleidosa y venerada en el rubro, un nombre clave de la Generación del 45 que, a partir de una serie reediciones de la editorial Estuario, ha encontrado nuevos espacios en las librerías y bibliotecas locales. Gilio cumplió 100 el pasado 3 de junio.
El primer libro en aparecer fue Cuando los que escuchan hablan. Conversaciones con grandes psicoanalistas, en 2021, y el segundo acaba de ver la luz: Bendita indiscreción. Crónicas y grande reportajes, un libro que a poco de estar en mis manos ya se me antoja imprescindible. Será mi lectura de fin de semana y me esperan, por ejemplo, entrevistas a Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Isabel “Coca” Sarli, Líber Seregni, Aníbal Troilo y, además, varios reportajes que, en sus primeras líneas, ya me conquistaron. El trabajo de edición y compilación es de Carlos María Domínguez y lo apunto: es uno de los libros uruguayos del año.
Recordada sobre todo por sus escritos para el semanario Brecha, fue allí donde María José Santacreu –quien fue compañera de redacción– la recordó hace casi un mes en una nota estupenda, que se puede leer acá y de la que transcribo un párrafo en el que la retrata.
«Gilio era en extremo sagaz. Tenía un oído perfecto para captar la esencia de las cosas, para pescar tonos, frases, intenciones. Su cabeza iba armando la nota mientras las cosas sucedían, se subía a todos los trenes en marcha, que eran muchos, mientras ella misma ponía en marcha otros nuevos. No dejaba pasar ninguna oportunidad y también las creaba. Rapidísima, clarividente: simplemente veía dónde estaban las claves de los personajes a medida que hablaban, e iba armando el cuadro. Su cerebro iba siempre un paso más adelante.»
Tengo en mi mesa de luz El baile y el incendio, de Daniel Saldaña París, finalista del premio Herralde de novela. Tengo muchas ganas de leerlo, pero por ahora dejo su epígrafe, que dice así:
«Revolution rages too in the tierra caliente of each human soul.»
Malcolm Lowry, Bajo el volcán