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Estados Unidos vs China: una guerra más tibia que fría

Por sus características, el conflicto corresponde a una guerra tibia

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21 de agosto de 2019 a las 21:00

Han transcurrido ya más de cuarenta años desde aquella memorable visita que el entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon hiciera a la República Popular China en 1972. El acercamiento que propició Washington, buscaba atraer a China como un aliado y rival soviético, de manera de crear un contrapeso asiático de la Unión Soviética en la zona de influencia vital en el Pacífico y el Índico. Implícita en esta singular y compleja relación a la que se aspiraba, yacía la oportunidad de incorporar a China al concierto político y económico internacional. La visión de China como enemiga durante la Guerra de Corea (1950-1953) por parte de los Estados Unidos quedaba así disipada ante la realpolitik que imponía la Guerra Fría. Tras un proceso muy bien planificado por los líderes chinos que sucedieron a Mao, China fue emergiendo como una oportunidad económica para un capitalismo industrial que veía disminuir su productividad y crecimiento ante los aumentos de los costos laborales y en las limitaciones en materia de mercados de consumo.

Las autoridades chinas, en especial Chou En-lai y Deng Xiaoping, quienes encabezaron el primer impulso aperturista, supieron leer estas necesidades, y, más aún, fueron capaces de integrarlas a sus propios objetivos y planes, pero con la autoritaria capacidad de mantener el blindaje ante un eventual shock cultural y sus consecuencias en la estabilidad del férreo orden interno. De esta manera, los Estados Unidos se aseguraban un socio estratégico, mientras que China se tomaba una nueva oportunidad para poder establecerse como un Estado sólido y poderoso como referente regional y, a la larga, a escala mundial. Mientras que Japón maduraba como potencia industrial, China expandía su base industrial en zonas económicas “liberadas” para atraer inversiones de Occidente y de los propios países asiáticos. Las economías desarrolladas vieron en esta plataforma, la oportunidad de expandir la producción, escapando de las Estados Unidos vs China: una guerra más tibia que fría restricciones en materia de costos y ciertos impuestos, a la vez de ver incrementadas, en forma casi exponencial, las posibilidades de oferta y consumo para el mercado más grande del mundo.

Para mediados de la década de 1990, China reunía la virtuosa condición de ser fábrica, feria y bazar. Una utopía que resultaría engañosa. La caída del sistema soviético en 1991 le restó a China el valor de contrapeso geopolítico, afianzando aún más su cualidad de ser motor y soporte de un capitalismo de bajo costo y alta productividad. Bajo el auspicioso modelo que se abría como nuevo orden mundial, construido sobre la progresiva consolidación de la democracia liberal y de una economía propulsada por ese capitalismo “híbrido” basado en un régimen comunista, supresor de derechos y de sus demandas –un país, dos sistemas, según la visión china– y por la ola de la globalización, la posibilidad de esa utopía nunca estuvo, ilusoriamente tan cerca. Ya en 1989, Occidente vio una de las auténticas y peligrosas facetas de ese improbable socio estratégico, en el violento aplastamiento de las manifestaciones en la plaza de Tiananmen. Progresivamente, ese rasgo iría a cobrar un carácter más marcado, ensombreciendo las supuestas bondades que el régimen chino le aportaba al capitalismo. Sólo una combustible mezcla de codicia, ambición y miopía geopolítica, combinada con una irresponsable ignorancia por la historia y la complacencia de empresarios y consumidores, llevó a asumir en forma equivocada, que en un mundo en el que tanto se clama por libertades y derechos, la singular condición bipolar de una dictadura política a la vez soporte vital del capitalismo, era la vía asegurada a la utopía. Fue necesario para el despertar amargo que está teniendo Occidente hoy, que estallara la crisis del 2007, en el propio vientre financiero del capitalismo junto al fracaso del esperado “derrame” de la globalización en el bienestar de las sociedades y en la perpetuidad de las bonanzas.

De sus ineludibles consecuencias, han surgido y establecido las reacciones negativas y razonablemente esperables ante esa bipolaridad. Una vez que China, sabia aprendiz de su pasado y el de la Unión Soviética en lo político, y de la experiencia japonesa en lo económico, asumiera el desafío de dar un salto cualitativo en sus capacidades de innovación y desarrollo en la carrera tecnológica –a la que siguen la industrial y militar– la rivalidad geopolítica terminaría por afectar en forma muy significativa a los intereses económicos de Occidente.

Solo bastaba que el malestar colectivo resultante de la desindustrialización de los Estados Unidos y el desengaño de la globalización, pusieran a cargo de enfrentar al problema a su actual presidente. La guerra económica aplicada no debería sorprender a nadie. Existen motivos fundados para impedir ciertas prácticas chinas aplicadas en forma arbitraria sobre el comercio con Occidente. Trump sólo está cumpliendo, más que con sus promesas, con parte de su mandato. Y, nos guste o no, alguien tenía que hacerlo. Era previsible que un régimen comunista como el chino no podía ser un socio económico viable, porque en el largo plazo, lo que está en juego es en definitiva, no el capitalismo, sino el propio orden democrático occidental.

Por ello, más que una nueva Guerra Fría, en una nueva dimensión que trasciende lo comercial, hoy estaríamos ante la primera fase de una Guerra Tibia. Bajo el actual sistema de gobierno chino, su expansionismo va en curso, tarde o temprano, de una colisión con Occidente. Lo geopolítico no tardaría en imponerse sobre lo económico. Cuenta Henry Kissinger, arquitecto principal de la apertura china, que al referirse a la inútil forma de resistencia de Estados Unidos al expansionismo soviético, Mao le dijo estas palabras: “Este no es un mundo tranquilo, y una tormenta –el viento y la lluvia– vendrán. Y ante la cercanía del viento y la lluvia las golondrinas están ocupadas. Es posible posponer al viento y la lluvia, pero es difícil obstruir su llegada”. 

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