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14 de octubre 2023 - 5:04hs

“Vení que te voy a mostrar algo”.

El intendente de Durazno, Carmelo “Cacho” Vidalín, le dijo esa frase al conductor y músico Kairo Herrera y lo llevó al Parque de la Hispanidad. El predio, ubicado a las afueras de la capital del departamento, había sido hogar de eventos de todo tipo, y desde 1974 era la casa del Festival Nacional de Folclore, pero el jerarca quería hacer otra cosa.

Esa tarde de mediados de 2003, Vidalín llevó al visitante al escenario permanente que está en el Parque y le dijo: “acá hay que hacer un festival de rock”.

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Herrera le dijo que sí, como el que le dice “dale” al amigo que uno se cruza después de mucho tiempo y propone hacer un asado que nunca se concretará. De todas formas, le contó la idea al productor y mánager Claudio Picerno. Hicieron números. Conclusión: inviable.

Algunos meses después, el productor lo llamó y le dijo que la cervecera Pilsen le había propuesto hacer un festival de rock en el interior uruguayo como acción de marketing. Era el momento de unificar las dos ideas. Herrera puso en contacto a Vidalín con Picerno, y con la agencia publicitaria Gingko, que tenía la cuenta de Pilsen, y el festival empezó a gestarse.

La idea era que se llamara algo como “Rock y flores”. Herrera no lo recuerda exactamente, pero sí que era algo en esa línea, “bien paloma”.

Al final fueron por un camino menos hippie, más comercial, pero que se terminaría convirtiendo en el nombre de un hito cultural y musical uruguayo, que tendría seis ediciones, más otra – bastante diferente– en Montevideo, y una virtual durante la pandemia.

Le pusieron Pilsen Rock.

 

Capítulo I - Bienvenida al show

Inés Guimaraens La gacetilla de prensa del Pilsen Rock 2003

Más allá del entusiasmo de todas las partes interesadas, la idea de hacer un festival de rock en Durazno, en 2003, no parecía a priori la más segura.

Para empezar, Uruguay no tenía demasiados antecedentes similares, y los que había eran todos en Montevideo, como el Montevideo Rock de la década de 1980; la Fiesta de la X, que se hacía desde 1999 y era algo más similar en formato a lo que sucedió en Durazno, o el festival que se había hecho en dos días en el Teatro de Verano para celebrar los 12 años de La Factoría, la sala de conciertos y boliche que era gestionado por Picerno. En ese momento se había buscado el patrocinio de una cervecera, pero no se había concretado.

A nivel de eventos patrocinados por marcas de cerveza, a fines de 2002 se habían hecho los Recitales Patricia en las canteras del Parque Rodó, con Buitres, No Te Va Gustar y La Vela Puerca como protagonistas. Pero no había precedentes de llevar a diez bandas fuera de la capital.

Aunque había otras opciones, a impulso de las charlas previas con Vidalín, Durazno se terminó imponiendo como el escenario. Había otro factor clave que jugaba a favor del departamento: su ubicación. Al estar en el centro del país, significaba que las distancias que tenían que ser recorridas por el público eran menores, sin importar desde que rincón del territorio llegaran.

Como otro elemento auspicioso estaba el hecho de que el rock uruguayo vivía un momento de eclosión. Sin mucho ánimo de seguir batiendo la mayonesa o de convertirse en bicho bicho, la primavera del pop latino se había terminado, y los jóvenes reclamaban letras con más carga, y una música catártica que ayudara a sobrellevar la peor crisis económica de la historia del país. Y lo encontraron en la obra de veteranos como Buitres, en la de bandas algo más jóvenes pero que ya tenían su recorrido como Trotsky Vengarán, o en la de grupos que se estaban consolidando y convirtiendo en masivos, como La Vela y NTVG.

Pero a pesar de esos precedentes, lo que imperaba entre los organizadores era el miedo.

Claudio Picerno, productor del Pilsen Rock: Había una incertidumbre absoluta, demoramos como dos meses en el armado, porque íbamos trabajando en una lógica de acierto y error, y calculando sobre la expectativa que veíamos que había con el festival. No se vendían entradas, era con entrada libre, entonces era poco posible calcular la gente que iba a ir. Nosotros calculamos que 5000 personas tenían que ir. Esa cifra fue del agrado de Pilsen y ahí arrancamos a hacerlo. Pero yo estaba con miedo. En un momento, en una conferencia de prensa, Pablo Quartino, que era uno de los encargados de Ginkgo dijo “van a ir 20.000 personas”, y yo lo quería matar, porque si iban 10.000 quedaba como un fracaso. Pero Pablo la vio más que yo.

La crisis de 2002 fomentó el desarrollo cultural y todo lo que pasó con el rock. Lamentablemente es así. Pero yo calculaba 5.000 personas de corazón. Nuestra empresa manejaba montones de artistas, y muchas veces yo acompañaba a las bandas al interior, y lo que veíamos era que había una efervescencia interesante, parabas en una estación de servicio y “Pilsen rock, Pilsen rock”, ibas con Buitres o con Trotsky y todos hablaban del Pilsen rock. Ahí me empecé a asustar porque dije,” ah esto se fue bastante más lejos de lo que pensaba”, parar en una estación en el medio de la nada, en la ruta 3 y que te hablen del Pilsen Rock te pone la piel de gallina todavía ahora.

En el primer Pilsen Rock tocaron diez bandas, repartidas entre el sábado 25 y el domingo 26 de octubre a razón de cinco por jornada. En la primera, la grilla estaba compuesta por Dsus4, Hereford, los locatarios Graffolitas, y las bandas de los hermanos Peluffo: Trotsky Vengarán y Buitres. El segundo día tocaron Sordromo, Once Tiros, Vinilo, y No Te Va Gustar, con los argentinos de La Renga como encargados del cierre.

Esa selección fue armada por Picerno en base a una serie de criterios que se reiterarían en las siguientes ediciones. Primero y principal, las bandas que él representaba, como Trotsky, Buitres y Hereford. Después, artistas más nuevos, o que durante el último año hubieran tenido un cierto destaque. Era habitual, por ejemplo, que tocaran las bandas que venían de ganar un premio Graffiti. También había otros grupos elegidos por gusto personal, o que tuvieran integrantes mujeres. Aunque en esa primera edición no fue el caso, sí se dio en los siguientes Pilsen Rock.

Inés Guimaraens Claudio Picerno, productor del Pilsen Rock

“Ahí estuve adelantado”, dice ahora Picerno. “Había sabido ser discriminado en mi época como hombre nomás, por tener el pelo largo y por estar en el rock, entonces siempre me imaginaba cómo sería para una chica que se dedicara al rock. Las grillas contaron con aportes femeninos, no por una cuota impuesta como ahora, sino por una necesidad absoluta de que fuera así”.

La presencia de La Renga fue gestionada, también, por miedo. La gerencia de FNC, la empresa dueña de Pilsen, tenía miedo a que el evento fracasara, entonces se sugirió agregar un número argentino como garantía.

Picerno: Fue raro y difícil, porque La Renga nunca tocó en un festival, y menos en uno patrocinado por una marca. Pero en este caso, por la movida que sabían que se estaba formando en Uruguay, aceptaron. Habría que ver en la historia de la banda si antes o después tocaron para una marca y en un festival. A la postre no hubiera sido necesario que estuvieran, porque la convocatoria hubiera sido igual, pero que fue un gran espaldarazo, lo fue.

Kairo Herrera, gestor y presentador del Pilsen Rock: Era una señora grilla, con una mezcla linda, y encima con La Renga. Nunca se había esperado lo que terminó siendo, y encima con un clima adverso. Me acuerdo de que al preparar el festival hablamos con el jefe de policía de Durazno, que nos dijo, textual: “estamos lustrando el palo para reprimir”.

Picerno: El primer año, si bien teníamos el apoyo absoluto de Vidalín, había un poco de miedo a lo desconocido, al rock, al 'vienen todos estos'. Incluso el jefe de policía recomendaba cerrar las casas, tapiar las puertas. Y lo que pasó fue que se dio un momento de comunión entre el público y las bandas. O sea, las bandas eran todas amigas y se trató de transmitir hacia el público que nos íbamos a divertir a Durazno un fin de semana. Y no pasó nada. Faltó de todo, porque la ciudad no estaba preparada para recibir tanta gente, se duplicó la población del departamento durante un fin de semana. Pero la ciudad se fue amigando con el festival hasta tal punto que al año siguiente ya la cuestión era absolutamente distinta.

Capítulo II – Carretera perdida

Inés Guimaraens Material y recortes de prensa de la historia del Pilsen Rock

Frankie Lampariello, bajista de Hereford, empezó a olfatear que el evento sería más grande de lo que suponían las estimaciones, incluso las más optimistas, ya en las semanas previas a la fecha señalada para el festival. “Hablabas con la gente y todos te decían que iban, en toques, en la sala de ensayo que yo ya tenía; te lo contaban tus amigos del interior”, rememoró el músico. “Pero recién caímos de lo que iba a ser en la carretera. Fue hermoso”.

Kairo Herrera viajó el viernes a Durazno. En la ruta iba contando la gente, que por su ropa o por su compañía, se notaba que iban al espectáculo. Algunos caminaban, otros se apiñaban en cajas de camiones. “Era un disparate de gente”, resumió el comunicador.

Cuando a Gonzalo Cammarota le contaron la idea del festival, lo primero que pensó fue “estos están mal de la cabeza, van a ir 25 personas”. Desde la agencia de publicidad que estaba detrás del evento acudieron a él y a sus colegas del programa radial Justicia Infinita, que por ese entonces se emitía en Océano FM, para proponer una cobertura, dado el perfil del ciclo, y por el antecedente de un programa televisivo que Cammarota y sus compañeros Carlos Tanco y Salvador Banchero habían hecho para Canal 12 en el festival por el aniversario de La Factoría.

Para el momento del Pilsen Rock, Banchero y Tanco ya no participaban de ese proyecto televisivo, y además, desde Océano y Justicia Infinita se decidió cubrir el show de Metallica en Buenos Aires que tendría lugar en la misma fecha. Al final la banda estadounidense canceló su gira, pero de todas formas Cammarota viajó a Durazno para hacer otro programa especial de TV.

“Lo primero que grabamos, el sábado temprano, fue una recorrida por terminales de ómnibus y por la estación central de AFE, porque en ese momento todavía había tren, y salía uno para allá. Y ahí vimos que había un movimiento grande, algo que en nuestra burbuja parecía lógico, pero no por fuera del ámbito en el que nos movíamos”, dijo el comunicador, que recordó también que así como pasó en otros rubros, las empresas de transporte y la propia AFE tampoco estaban preparadas para aquello.

La constatación de lo que implicaba la movilización llegó cuando el equipo de rodaje abandonó la capital y se dirigió al norte. “Íbamos por la Ruta 5 y no podíamos creer lo que estaba pasando. Era un día muy lindo y había una procesión de gente. Autos, motos, bicis, muchísima gente haciendo dedo. Era impresionante. Rayaba lo épico”.

Capítulo III – Hay que saltar

Archivo Una de las "peregrinaciones" del Pilsen Rock

Aunque en ediciones posteriores del festival se armaron dos escenarios en los que los grupos tocaban de forma alternativa para agilizar y optimizar los tiempos y ser puntuales en el cronograma establecido –un mandato estipulado como ley por parte de la producción de Picerno– el primer Pilsen Rock tuvo uno solo, el escenario permanente del Parque de la Hispanidad, caracterizado por su techo abovedado y por un lago artificial delante del proscenio.

Ahí tuvieron lugar todos los espectáculos, ante una multitud de 45.000 personas entre ambas jornadas. Tanto la crónica de El Observador del lunes posterior al festival como todos los consultados para esta nota lo describen como “una fiesta”.

Tras la apertura del evento a cargo de Dsus4 fue el turno de Hereford, por ese entonces una banda en franco ascenso, que tenía como puntas de lanza sus primeros hits, Lo más simple de las cosas y Bienvenida al show, que se terminaría convirtiendo en el himno oficial del festival, a impulso de Picerno. Un amigo de Frankie Lampariello le contó en una edición del Pilsen Rock que no le gustaba lo que hacía la banda, pero que cuando sonaba ese tema “lo tengo que agitar porque lo hace todo el mundo”.

“Nosotros habíamos tocado en festivales, pero nunca en algo tan grande. El Pilsen Rock nos posicionó”, agregó Lampariello.

Durante el show de Hereford el clima cambió. El cielo de Durazno se ensombreció y empezó una lluvia intensa, acompañada de un viento feroz. Después se sumaron los rayos, que le dieron un marco épico al show.

Según el bajista de Hereford: “Fue musicalmente demoledor, teníamos fans adelante con sus banderas, pero veías gente atrás que también estaba copada, fue la primera vez que sentimos la masividad. Y aparte estaba la lluvia y la gente bancando”.

Lampariello no lo duda: “Fue de las mejores experiencias de la vida”.

Más adelante en esa primera jornada tocó Trotsky Vengarán. Su vocalista, Guillermo Peluffo, había vuelto a Uruguay después de estar radicado en Chile durante un año por razones laborales, específicamente para tocar en el festival.

El cantante no era muy optimista con respecto al evento, y no recuerda que sintiera una expectativa particular por este espectáculo que bien podía sumarse a la lista de los que duraban una o dos ediciones antes de desaparecer, y que se le antojaba similar al Cosquín Rock argentino por la intención de llevar el escenario al centro del país.

“Me parecía una idea excelente, pero era difícil de calibrar que iba a pasar. Uruguay estaba muy deprimido, era el contraste de esta fiesta con lo negro de la realidad del país”, reflexiona 20 años después.

Peluffo aterrizó en el Aeropuerto de Carrasco y se abrazó después de varios meses con sus padres, que lo fueron a buscar. El plan original era que ellos lo llevaran en su auto a tomar un ómnibus para viajar a Durazno. Lo terminaron llevando hasta allá.

“Estaba todo colapsado, aquello se parecía a Woodstock. Yo fui al del 99 y me hizo acordar mucho a eso, con aquella peregrinación de gente”, comparó.

El hecho de que fuera su regreso a casa y su reencuentro con sus compañeros y su familia después de tanto tiempo hacían que para él lo más importante no fuera el festival.

Christian Rodríguez Buitres en el Pilsen Rock de 2006

“Me acuerdo que estuvimos todo el día juntos con mis compañeros, con mi hermano Gabriel y el resto de Buitres, también con Hereford. Éramos todos compinches, nuestros técnicos eran todos conocidos, nos pasamos en el hotel, jugando a las cartas y a la pelota, tomando mate y cerveza. Era más importante ponerme a tiro con todos, era una mezcla de emociones muy particular”, contó.

De todas formas, ver tanta juventud junta –“eso en Uruguay no es común”, apunta– y la confluencia de tres generaciones de rock uruguayo eran para Peluffo una satisfacción extra.

Pero la celebración bien pudo haber terminado antes de tiempo.

La tormenta que empezó durante el show de Hereford había subido de intensidad, y la incertidumbre empezó a ganar las mentes y los corazones de músicos y organizadores.

Claudio Picerno: “Era lo que necesitaba el festival para que se lo empezara a emparentar con Woodstock. Estuvimos a 14 segundos de suspender todo. Empezaron a caer rayos, con unos truenos espantosos, y ahí estuvimos en la duda”.

Guillermo Peluffo: Teníamos un cagazo bárbaro.

Frankie Lampariello: Estábamos tocando un tema de AC/DC, y en un momento Guzmán (Mendaro, guitarrista) empieza a hacer el solo, con los rayos cayendo. Me acerco al Chirola (Martino, cantante y guitarrista), y le digo “nos vamos a morir acá”, y él me dice “sí, nos vamos a morir acá”, como contento. Era rock.

Gonzalo Cammarota: Yo estaba en una posición privilegiada, porque estaba en contacto permanente con la organización. La suspensión era una posibilidad real, porque en el Parque no había nada cerca, entonces aquello era como un pararrayos andante.

Kairo Herrera: Era lluvia con viento, literalmente caía de costado. Estaba todo mojado en el escenario.

Guillermo Peluffo: El consejo de Bomberos era suspender, entonces se decidió acortar los shows para que pudiera tocar Buitres, que eran los que cerraban, y así aplacar a las fieras, que festejaban los rayos como si fueran goles. Si suspendían y no tocaba Buitres los mataban. Y con esa situación nos sacaban a nosotros de la grilla. Escuché una conversación en la que decían que nos iban a dejar afuera, y eso me molestó. Yo estaba convencido de que iba a parar, y era la primera vez que estábamos ante 15.000 personas. Pedí que nos dejaran tocar diez minutos, que nos dieran tres temas.

Entre la tensión de la situación y la rabia de estar a punto de ser dejados afuera, Trotsky Vengarán salió a escena.

Guillermo Peluffo: Ese día hizo click la carrera de Trotsky. Salimos con una actitud petulante, desafiando a la gente, les decía que íbamos a parar la lluvia, que eran unos blanditos. Ahí empezó eso de que me insulten, el “gordo puto” y todo eso. Les dije: “vamos a tocar una canción más, y va a dejar de llover. Si para, me postulo a diputado y me tienen que votar”.

Gonzalo Cammarota: Trotsky tiene siempre la épica de su lado.

La lluvia paró nomás.

Claudio Picerno: Desde ahí quedó que Trotsky Vengarán es la banda que corre las tormentas.

Guillermo Peluffo: Convertimos la plata en oro. Era la última canción. En medio del tema se abrieron las nubes y apareció la luna. Sacamos el Cinco de Oro esa noche.

Kairo Herrera: Desde ahí quedó como tradición que el primer día del Pilsen llovía. En el tercero me acuerdo que estábamos preocupados porque no llovía (risas). Y para el público una de las “medallas” del festival era irte con toda la ropa embarrada por la lluvia.

(La parte dos de esta historia puede leerse aquí)

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