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9 de marzo 2023 - 15:00hs

Martin Wolf

“El derecho de las naciones se basará en una federación de Estados libres”. Así sentó el gran filósofo alemán Immanuel Kant las bases de su plan para una “paz perpetua”. Ninguna parte del mundo ha acogido su idealismo más completamente que Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Pero ¿este gran sueño ahora está muerto? 

El diplomático británico Robert Cooper brillantemente argumentó que podemos dividir el mundo en “premoderno”, con lo que se refería a las partes donde reina la anarquía; “moderno”, con lo que se refería al mundo de los “Estados” nación; y “posmoderno”, con lo que se refería el esfuerzo de Europa por crear una federación de Estados, tal como lo había pedido Kant. Cooper argumenta que “lo que llegó a su fin en 1989 no fue sólo la Guerra Fría o incluso, en un sentido formal, la Segunda Guerra Mundial... Lo que llegó a su fin en Europa (pero quizás solamente en Europa) fueron los sistemas políticos de tres siglos: el equilibrio de poder y el impulso imperial". 

Nadie familiarizado con la historia de Europa debería sorprenderse en lo más mínimo por el deseo de los Estados de tener una forma diferente de comportarse y relacionarse entre sí. De hecho, habría que ser imbécil para no entenderlo. 

Pero ¿cómo se ajusta esta idealista Unión Europea (UE) a nuestro nuevo mundo, en el cual el impulso imperial es terriblemente visible en sus fronteras? ¿Cómo se ajusta a un mundo que ya no se caracteriza por algo que razonablemente pudiera llamarse un “orden internacional basado en reglas”, sino más bien uno plagado de crisis económicas, pandemias, desglobalización y conflictos entre grandes potencias? 

Teóricamente, tal vez, la UE “posmoderna” pudiera sobrevivir en este nuevo mundo, con sus aterradores impulsos hacia la destrucción. Pero el sueño pos-1989 de un orden mundial muy diferente hizo que fuera mucho más fácil para la UE ser el continente próspero y pacífico que quería ser. EEUU aprovechó el “momento unipolar” ejerciendo su peso militar a nivel mundial. Eso no era lo que Europa quería, tal como lo demostró su reacción a la guerra en Irak.

Algunos de los problemas que enfrenta la UE se derivan del hecho de que es una confederación de Estados, no un Estado. Las dificultades de gestionar economías divergentes dentro de una unión monetaria son un resultado inevitable. El Banco Central Europeo (BCE) desempeña un papel esencialmente político en mantener a las economías unidas. Además, el mercado único no está integrado como lo está el mercado estadounidense. La falta de dinamismo en las tecnologías de la información y de las comunicaciones en parte debe explicarse por esta realidad: después de todo, sólo una compañía europea, ASML, productora de equipos para la fabricación de chips, se encuentra entre las 10 empresas tecnológicas más valiosas del mundo. 

Lo más probable es que tales dificultades crezcan en esta economía mundial más nacionalista y fragmentada. Los mercados mundiales abiertos de los que en particular Alemania dependía se están volviendo cada vez menos abiertos. Eso está destinado a ser costoso. Además, EEUU se está moviendo hacia una política industrial intervencionista y proteccionista. Para la UE, tal cambio crea problemas existenciales. Esfuerzos similares allí seguramente serán más nacionales que europeos. Esto amenazaría el mercado único, y les daría el control a los países miembros con más recursos. Alemania será el país mejor posicionado. Al mismo tiempo, los costos de la energía más altos en Europa que en EEUU representan una amenaza para su propia industria pesada. 

Mientras tanto, han surgido dos grandes amenazas para la seguridad de la UE. Una es la confrontación con Rusia que, muchos temen, pronto pudiera ser respaldada militarmente por China. Éste, sin embargo, es sólo un aspecto de la división del mundo en bloques rivales, con incalculables consecuencias a más largo plazo para todos, pero especialmente para el bloque que quiere la paz por encima de todo. La otra amenaza proviene del medio ambiente global. Si bien la UE ha liderado en materia de política climática, éste es un problema que no puede resolver por sí sola, ya que produce solamente el 9 por ciento de las emisiones globales y no es responsable de ningún aspecto de su crecimiento.

Entonces, ¿cómo podría la UE, liberada de los obstáculos internos creados por un Reino Unido obsesionado con la soberanía, responder a un entorno global tan diferente del que esperaba hace unas tres décadas?

A nivel mundial, la UE debe decidir si desea ser un aliado, un puente o una potencia. Mientras EEUU siga siendo una democracia liberal y comprometida con la alianza occidental, la UE estará más cerca de ella que de otras grandes potencias. En este mundo, entonces, eso hace que sea más probable que sea un aliado subordinado. Un papel como puente se le daría naturalmente a una entidad comprometida con el ideal de un orden gobernado por normas. Sin embargo, la pregunta es cómo ser un puente en un mundo profundamente dividido en el que la UE está mucho más cerca de un lado que del otro. La tercera alternativa es tratar de convertirse en una potencia del viejo tipo por derecho propio, con recursos dedicados a la política exterior y de seguridad acordes con su escala. Pero, para que esto suceda, la UE necesitaría una unión política y fiscal mucho más profunda. Los obstáculos para lograr eso son numerosos, incluyendo una profunda desconfianza mutua.

Las reformas internas en gran medida deben depender del papel que la UE desee desempeñar en este nuevo mundo. Cuanto más activa e independiente desee ser, más crucial será profundizar su federalismo. Tal profundización sería arriesgada, sin duda, ya que despertaría reacciones nacionalistas. También puede que sea imposible ponerse de acuerdo. Pero un grado de profundización puede ser inevitable, dada la necesidad de adoptar una postura de seguridad más sólida y la visible fragilidad en la divergencia a través de la eurozona. 

El sueño kantiano no ha resultado exportable. Vivimos en un mundo caracterizado por el desorden, por el nacionalismo, y por los conflictos entre las grandes potencias. Éste no es el mundo con el que soñó la UE. Pero si sus líderes desean preservar su gran experimento en relaciones pacíficas, necesitan fortalecerlo para sobrellevar las tormentas.

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