El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
10 de septiembre 2021 - 5:02hs

La guerra de Afganistán fue un tremendo fiasco. Pero no solo por su caótica retirada, humillante para Estados Unidos, el pasado 15 de agosto. Los 20 años de ocupación fueron un tremendo fiasco. 

Usted tal vez no se enteró porque, en estas largas dos décadas, los medios deliberadamente no dieron cobertura a lo que allí sucedía. Se limitaban a reproducir las declaraciones de comandantes y funcionarios estadounidenses que decían que se estaban haciendo “enormes avances”, “tremendous progress”, era la frase de cajón para describir lo que sucedía en Afganistán.

La prensa no hacía las preguntas; las cadenas rara vez sacaban una nota de Afganistán, y los grandes diarios cuando publicaban algo, eran “filtraciones” de “fuentes de inteligencia”, como la ya célebre especie de que el gobierno ruso pagaba recompensas a los talibanes por cada soldado americano muerto, publicada por el corresponsal de seguridad nacional de The New York Times, Charlie Savage.

El mismo Savage que la tarde del 29 de agosto se apresuró a elogiar a la inteligencia de Estados Unidos por el bombardeo contra un coche en marcha cerca del aeropuerto de Kabul en el que, supuestamente, viajaban “múltiples terroristas suicidas”. The New York Times publicó la versión de sus fuentes del Pentágono en el sentido de que no había “bajas civiles”.

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Lo mismo hizo el informe de la CNN y con las mismas palabras: “sin bajas civiles que reportar” (“We know of no civilian casualties”). Lo cual no deja de ser una forma un tanto burocrática de referirse a las muertes de civiles inocentes. Solo les faltó decir que no se habían producido daños colaterales.

Luego, la MSNBC: “cero bajas civiles”. Fox News: también, “sin bajas civiles que reportar”. 

Tampoco informaron de civiles muertos en el llamado “ataque defensivo” de Kabul agencias como AP, Reuters y hasta la cadena británica BBC. Simplemente reproducían lo que decía el comunicado del Comando Central de Estados Unidos, cuando ya se sabía desde tempranas horas de la tarde del 29 que había varios civiles muertos, algunos de ellos, niños.

Después Al Jazeera informó que fue una familia entera de diez la que pereció, con siete niños de dos a nueve años de edad. Y todavía está por verse si en el auto efectivamente viajaban terroristas suicidas, cosa que no está para nada clara. Pero no se ha investigado, ni la noticia ha tenido mayor repercusión, ni se le dio ni cerca de la difusión que inicialmente se le había dado a la machacona “sin bajas civiles que reportar”.    

¿Se entiende la gravedad de todo esto y por qué lo planteo? 

Esto es lo que ha pasado en los últimos 20 años de ocupación e intervenciones en Afganistán, en Irak, en Siria y otras partes: los medios norteamericanos, otrora adalides de la libertad de expresión y sabuesos fiscalizadores del poder –que haciendo uso de las mejores prácticas periodísticas habían hecho caer a un presidente de Estados Unidos–, ahora jugando en pared con el poder, con el establishment de inteligencia, que es el verdadero poder en Washington a partir del 11-S. 

Ha sido un cambio tan radical como preocupante para cualquiera que haya seguido de cerca estos acontecimientos. Los medios han fallado, no han hecho su trabajo. De otro modo no se explican los fiascos de

Afganistán; de Irak, y sus armas de destrucción masiva nunca encontradas; de Libia, y el absoluto caos en que se ha convertido tras la muerte de Gadafi; de Siria, y sus casi siete millones de refugiados, sus también siete millones de desplazados internos… En fin, es triste constatar este estado de cosas para quien ha crecido admirando el hito periodístico de Woodward y Bernstein en The Washington Post y la publicación de los “Pentagon Papers” en The New York Times.

Pero tal vez más grave aun para los intereses del propio Washington, por lo que significa en términos geopolíticos. Les hablaba el otro día del nuevo “Great Game” que ahora se inicia, la pugna entre las grandes potencias por la influencia sobre el futuro de Afganistán y otros países del Asia Central, el “Pivote del mundo”, diría Mackinder. Ahí y en algunas partes de la periferia asiática, como el Indo-Pacífico, se va a jugar realmente la hegemonía global. Y es allí donde China comenzará a sobrepasar y terminará por imponerse a Estados Unidos.

China hace varios años que viene promoviendo, participando e invirtiendo en la integración euroasiática, a través de su monumental nueva Ruta de la Seda, su Organización para la Cooperación de Shangai (SCO), sus numerosos proyectos de infraestructura y sus multimillonarios acuerdos estratégicos bilaterales, como el que hace poco firmó con Irán.

Puertas adentro será un Estado totalitario; pero hay que reconocer que China no ha intervenido ningún país extranjero, ni bombardeado a nadie, ni fogoneado ninguna guerra civil valiéndose de actores locales. 
Uno es defensor acérrimo de la democracia y de los valores occidentales; pero a la hora de elegir, varios de esos países, ¿con quién cree usted que se van a quedar, con China o con quien en los últimos 20 años no ha parado de tirar bombas en su región?

Es hora de replantearse toda su política hacia Medio Oriente y el resto de Asia para Washington; quizá todavía estén a tiempo. El militarismo no va más. Pero con un establishment abiertamente proguerra, prointervenciones y neoconservador, y los medios haciendo de ‘cheerleaders’, no lo van a lograr. Hora de cambiar el chip.

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