Una y otra vez, el maletín se abría y la figura de negro observaba, indolente, cómo sus páginas tomaban vuelo y llegaban a una ciudad en la lejanía. Con ellas, una ominosa y lúgubre letra ge proyectaba su sombra sobre carteles y mascotas, convirtiendo todo a su paso, despertando lo macabro.
Una máscara maldita, un muñeco de ventrílocuo que cobra vida, un amenazante híbrido entre humano y planta, y zombies eran algunas de las amenazas que se cernían sobre esa ciudad, en la que los niños eran las principales víctimas.
Aunque estas historias se proyectaron en la pantalla pequeña durante solo tres años (1995-1998), la serie antológica de terror infantil Escalofríos logró convertirse en una de las marcas distintivas de la década de 1990.
La tétrica mente detrás de los relatos, el escritor R.L. Stine, también ocupó un lugar especial en la cultura, siendo enarbolado como el "Stephen King de la literatura infantil", con una saga de libros que superó los 60 títulos e inspiró su propia serie televisiva.
A 23 años de la primera historia de Escalofríos, Bienvenidos a la casa de la muerte, el terror renacerá hoy en las pantalla de cine uruguayas, aunque bajo una nueva forma. Ahora, con el actor Jack Black haciendo las veces de Stine, lo que desatará el terror no será un maletín lleno de hojas sueltas.
En este Escalofríos (2015), los monstruos emergen de una serie de manuscritos en los que Stine enjaulaba a sus bestias. Entonces, todos juntos, sin antologías mediante, los monstruos buscan sembrar pánico y destrucción en la ciudad de Madison, Delaware. Solo Stine, junto a su hija adolescente y otros dos muchachos, puede derrotarlos y cambiar el curso de la trama.
Dosis de comedia
A pesar de las diferencias, la película dirigida por Rob Letterman guarda grandes similitudes con las historias que la inspiraron. Protagonistas adolescentes o preadolescentes, monstruos variopintos y amenazadores pero sin ser sangrientos, y una cuota de humor la unen a sus predecesores.
"Libros de terror que también son graciosos", define Stine a sus creaciones, sin dejarlas caer en las casillas excluyentes de "libros de terror" o "literatura infantil". Más allá de estas obras, la comedia formó una parte esencial de la carrera de Stine, quien comenzó escribiendo libros de humor para niños y una revista cómica.
En 1986, su incursión en el terror se dio de la mano de Blind date ("cita a ciegas"), su primera novela juvenil. Luego de otras obras con el mismo público objetivo y una saga de literatura juvenil, Stine dio el paso a un público aún más joven con Escalofríos, una colección que aún hoy continúa espantando a los más pequeños.
Originalmente ideadas para el género femenino, bajo el prejuicio editorial de que los hombres jóvenes no leían, las historias siempre son protagonizadas por niños y niñas que se ven involucrados en situaciones terroríficas. A menudo situadas en zonas aisladas o remotas, los relatos se desenvolvían en áreas suburbanas, campings o pueblos extranjeros.
Con el inicio "Cuidado, lector, está a punto de llevarse un susto", los breves libros vaticinaban la incorporación de elementos de horror sobrenatural o monstruoso, así como finales sorpresivos, que no garantizaban solucionar todos los conflictos.
El legado del terror
El éxito de la serie llevó a extender la premisa a otras sagas y colecciones literarias, así como llevar el terror a juegos de mesa y de computadora. Incluso se anunció un primer intento de adaptación cinematográfica en 1998, con la producción del director estadounidense Tim Burton, aunque el proyecto se vio rápidamente frustrado.
Si bien las historias no tenían el mayor valor literario, con una redacción llana y recursos recurrentes, su impacto las trascendía. Antes de que J. K. Rowling estallara en el mercado internacional de la mano de Harry Potter, Escalofríos logró atraer la atención de niños y preadolescentes que aún no habían incorporado el hábito de la lectura.
Ese mismo público, alejado del verdadero "terror" reservado a los más adultos, compraba los finos libros con una avidez de coleccionista. Cada título, con un lomo perfectamente reconocible de distinto color, volvía a despertar aquel placer casi obsesivo, el que se regodeaba por ver una hilera ordenada y homogénea en la biblioteca, o el que negociaba con los amigos, cambiando un ejemplar por otro.
Pese a estar protagonizada por adolescentes, y apelar al mismo público que siempre tuvo en mente, este nuevo Escalofríos promete una audiencia más diversa. Algún que otro grupo de veinteañeros prontos para mirar a la pantalla con nostalgia, pero también reviviendo el morbo de ver la oscuridad por primera vez.