28 de noviembre de 2019 16:19 hs

Por Martin Wolf

La historia no se repite, pero a menudo rima. Este comentario a menudo se le atribuye incorrectamente a Mark Twain. Pero aunque su origen es incierto, es muy acertado.

La historia es la guía más poderosa del presente, porque evidencia lo que es permanente en nuestra humanidad, especialmente las fuerzas que nos conducen al conflicto. Dado que el mayor evento geopolítico actual, por mucho, es la creciente fricción entre EEUU y China, es esclarecedor considerar eventos similares del pasado. En un libro que invita a la reflexión, "Destined for War" (Destinado a la guerra), Graham Allison de Harvard comienza con el relato de Tucídides –el gran historiador ateniense del siglo V a. C– de la guerra del Peloponeso. Sin embargo, yo me enfocaré en las tres épocas de conflicto de los últimos 120 años. De ellas hay mucho que aprender.

El más reciente conflicto fue la Guerra Fría (1948-1989) entre un Occidente liberal democrático, liderado por EEUU, y la Unión Soviética comunista, una versión transformada del imperio ruso anterior a la Primera Guerra Mundial. Éste fue un enorme conflicto de poder entre los principales vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Pero también fue un conflicto ideológico acerca de la naturaleza de la modernidad. El Occidente por último ganó. Lo logró porque la escala de las economías occidentales y la velocidad de los avances tecnológicos occidentales superaban ampliamente a las de la Unión Soviética. Los súbditos del imperio soviético también se desencantaron con sus corruptos y despóticos gobernantes, y el mismo liderazgo soviético concluyó que su sistema había fracasado. A pesar de unos momentos de peligro, particularmente la crisis de los misiles cubanos de 1962, la Guerra Fría también terminó pacíficamente.

Yendo más atrás, llegamos a los años de entreguerras. Este fue un interregno en el que fracasó el intento de restablecer el orden anterior a la Primera Guerra Mundial, en el que EEUU se retiró de Europa, y en el que una significativa crisis financiera y económica –surgida originalmente en EEUU– devastó la economía mundial. Fue una época de conflictos civiles, de populismo, de nacionalismo, de comunismo, de fascismo y de nacionalsocialismo. La década de 1930 presenta una lección permanente acerca de la posibilidad del colapso democrático una vez que las élites fracasan. También representa una lección de lo que sucede cuando los grandes países caen en manos de lunáticos ávidos de poder.

Yendo aún más atrás, llegamos al período decisivo de 1870 a 1914. Como lo señaló Paul Kennedy en su clásico libro, "Auge y caída de las grandes potencias", en 1880 el Reino Unido generó el 23 por ciento de la producción mundial de fabricación. Para 1913, esta cifra había caído al 14 por ciento. Durante el mismo período, la participación de Alemania aumentó del 9 por ciento al 15 por ciento. Este cambio en el equilibrio europeo condujo a una catastrófica guerra –siguiendo el patrón de la trampa de Tucídides– entre el Reino Unido, una ansiosa potencia de “statu quo”, especialmente una vez que los alemanes comenzaron a construir una flota moderna, y Alemania, una resentida potencia naciente. Mientras tanto, la producción industrial estadounidense pasó del 15 al 32 por ciento de la del mundo, mientras que China cayó en la irrelevancia. A continuación, la acción estadounidense (en los grandes conflictos del siglo XX) y la inacción (en los años de entreguerras) determinaron los resultados.

La época actual es una mezcla de los tres períodos. Está marcada por un conflicto de sistemas políticos y de ideología entre dos superpotencias, como durante la Guerra Fría; por una disminución de la confianza, posterior a la crisis financiera, en la política democrática y en la economía de mercado, además de por el aumento del populismo, del nacionalismo y del autoritarismo, como en la década de 1930; y, lo que es más significativo, por un dramático cambio en el poder económico relativo, con el ascenso de China, como fue el caso de EEUU antes de 1914. Por primera vez desde entonces, EEUU se enfrenta a un poder con un potencial económico superior al suyo.

El período pre-1914 terminó en una catastrófica guerra, al igual que el período de entreguerras, aunque con un resultado relativamente exitoso pos-1945. La Guerra Fría acabó en un pacífico triunfo. En la actualidad, el mundo enfrenta retos que fácilmente coinciden con los de los períodos anteriores. Entonces, ¿qué lecciones debemos aprender de estas épocas?

Quizás la lección más obvia es que la calidad del liderazgo es importante. Las capacidades e intenciones del presidente Xi Jinping son lo suficientemente claras: él está dedicado al dominio del partido sobre una China resurgente. Pero el sistema político del mundo occidental, y particularmente el de EEUU y del Reino Unido, las dos potencias que arrastraron al mundo durante la década de 1930, está fracasando. El errático liderazgo del presidente estadounidense, Donald Trump, recuerda el de Alemania bajo el káiser Guillermo II. Sin un mejor liderazgo, el Occidente y, por lo tanto, el mundo en general están en serios problemas.

Otra lección es la importancia primordial de evitar la guerra. Allison describe apropiadamente cómo las mutuas sospechas impulsaron el camino a la guerra en 1914. Es aún más crucial para EEUU y para China evitar el conflicto frontal actualmente. Ése fue el gran éxito de la Guerra Fría. Pero es posible que la disuasión nuclear no sea suficiente.

Sin embargo, quizás la conclusión más importante es que evitar otra catástrofe es insuficiente. No podemos permitirnos los antiguos juegos de rivalidad de las grandes potencias, por inevitables que parezcan. Nuestros destinos están demasiado entrelazados para permitirlo. Una visión de suma positiva de las relaciones entre el Occidente, China y el resto del mundo tiene que volverse dominante si queremos gestionar los retos económicos, de seguridad y ambientales que enfrentamos. La humanidad tiene que comportarse mucho mejor de lo que lo ha hecho antes. Hoy en día, eso debe parecer una fantasía, dada la calidad del liderazgo occidental, el autoritarismo en China y la creciente ola de mutua sospecha. Pero debemos intentarlo. Tenemos que gestionar estratégicamente esta difícil nueva era. De nuestra capacidad para hacerlo ahora depende el futuro de todos.

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