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La historia de Juan Terra, el hombre que fue a pescar con amigos y no regresó

En enero de 2019 salió de pesca con sus amigos, fue al auto a buscar un cuchillo y se perdió; su familia no se da por vencida

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31 de mayo de 2020 a las 05:00

Lucía Alonso, Federico Chans, Stephen Milder, José Ma Nuñez, Sebastián Sansón, Manuela Silva*

El 27 de enero de 2019 cayó domingo. El sol molestaba, cual si fuera una camiseta pegada a la espalda a causa del sudor. Cuando el reloj marcó las 8:30 de la mañana, Juan Terra salió de su casa. Era un día más de pesca, igual que el domingo anterior, pero con una diferencia: esta vez era una salida solo de hombres. 

​El punto de pesca de los amigos era un tajamar en Azotea de Ramírez, un paraje en el departamento de Treinta y Tres, a pocos kilómetros de la frontera con Cerro Largo. Eran cuatro: Andy Pereira, Ángel Danubio Pereira, Hébert López y Juan Gómez. Se conocían “desde siempre”, del barrio, del pueblo. Nunca imaginaron que la ida a ese tajamar los iba a separar.

Terra fue en su auto, un BYD rojo. Vestía un short y chinelas, al igual que sus amigos. Llegaron, se acomodaron y lanzaron el anzuelo a la aguada. La pesca tuvo sus frutos y, entre charlas, se hizo de tarde.

Quería descamar los pescados, pero su cuchillo estaba en el auto. Le dijeron que no fuera, que no era necesario; sin embargo, él insistió. Quería hacerlo y, a pesar de su rengueo al caminar –consecuencia de un accidente cerebrovascular (ACV) que había sufrido tiempo atrás–, lo hizo.

...

Sonó el celular, era su esposo. Evanglia estaba en Treinta y Tres, tenía a su hermana enferma. Él quería saber cómo estaban. Ella recuerda cada palabra de esa conversación: 

– Bueno, ella hoy está un poquito mejor, voy a estar un día o dos más y me voy – le dijo. 

– No, no te vengas, yo te voy a buscar, yo voy en el auto a buscarte – hizo una pausa y continuó – Sabés una cosa, creo que estoy medio perdido.

– No seas idiota, te fijás por donde viniste y regresás – la señal se cortó. 

Eran las 16.36. Evangelia esperó, pensó que él le devolvería la llamada. Nunca lo hizo.

Pasó el día, llegó la noche, el teléfono sonó una vez más. Era Yenifer, una de sus hijas. Una entre los once hijos que tuvo con Terra. El mensaje fue el mismo: él estaba perdido. 

Evangelia volvió a Plácido Rosas, también conocido como Dragón, la localidad dónde se casó, donde crió a sus hijos, donde festejó hacía exactamente un mes sus 50 años de matrimonio. Eran las cuatro de la mañana cuando regresó a su casa que estaba vacía y así se quedó porque esa llamada fue lo último que supo de su esposo. 
 

15.000 denuncias de ausencias fueron registradas por el Ministerio del Interior desde 2004 a 2018. Es decir, una cada 23 horas y 31 minutos. De estas, 409 siguen sin respuesta. Una de ellas es la de Juan Terra. Hacé clik acá para conocer más

...

Sus compañeros salieron a buscarlo y sobre las seis de la tarde, sin tener noticias de él, alertaron a la familia Terra. La búsqueda comenzó esa misma tarde y no se detuvo hasta ahora.  

La familia hizo la denuncia en la comisaría de Rincón, pueblo ubicado a 14 kilómetros de Azotea Ramírez. Llegó la noche, unas 200 personas recorrían la forestación de más de 22 mil hectáreas. Todo el pueblo de Dragón estaba allí, sabían que las primeras horas eran cruciales para seguir posibles pistas.

La familia Terra estaba segura de que, al llegar el amanecer, con los perros de rastreo, lo encontrarían; él no podría haber ido muy lejos, tenía problemas para desplazarse y “el terreno es traicionero”. 

Pasó esa mañana, también la siguiente, llegó la Fuerza Área, los Bomberos, el Ejército y la Armada Nacional, pero las pistas eran cada vez más borrosas, el tiempo se agotaba y las declaraciones de los testigos comenzaron a ser contradictorias: dos hombres en moto afirman haberlo visto sobre las 18.00 horas de ese domingo. Según su versión, Terra les dijo que estaba buscando una represa, le indicaron cómo llegar, lo vieron cruzar entre los alambres de una portera y seguir su camino.

Otro hombre, que iba en camioneta, declaró haber visto el momento en el que Terra conversaba con los hombres de la moto. Según este testigo, Terra saltó el alambrado. Para la familia, ambas opciones son poco probables. 



Aparecieron nuevos testigos. El guardia de la forestación afirmó haber visto una segunda moto y otra camioneta, pero esa declaración no se pudo confirmar. Ya habían pasado 48 horas de la desaparición de Terra. 

Según las pericias policiales que surgen del expediente judicial, se encontraron dos rastros de sangre: uno en las inmediaciones del camino que une la ruta 8 con la 18 y el segundo en la calle de balastro dónde se lo vio por última vez. Sobre la primera mancha, un vecino afirmó que era la sangre de su perro y el cuerpo del animal sirvió como prueba para la justicia. La segunda ni siquiera fue adjuntada por el policía que la encontró porque dijo no estar del todo seguro, según le comentó a la familia.

El caso comenzó a circular en las noticias y los videntes no tardaron en llegar. Para algunos Terra seguía con vida, para otros estaba en estado muy delicado. Para la familia solo fueron falsas ilusiones.  

Pasaron tres meses, llegó un nuevo fiscal a Treinta y Tres, Sebastián Robles, y la esperanza se renovó. Él iba a analizar el caso desde el inicio. Para Rosana, la hija mayor de Terra todo se aclararía. Estaba cansada de la “ineficiencia policial”: no siguieron las pistas, las pericias no se hicieron correctamente, los relevamientos fotográficos fueron pobres y no se pidió ayuda a expertos, reclama. 


Por eso Rosana decidió moverse. Convocó a los medios, “hizo ruido” y un mes más tarde llegó el Departamento de Búsqueda y Registro de Personas Ausentes del Ministerio del Interior. Pero para la hija de Terra se sembró una duda: “¿Vino la ayuda o vinieron para que nos tranquilizáramos porque estábamos bastante inquietos y desconformes?”

Rosana no se cansa y no va a parar hasta saber qué pasó. El día uno decidió acampar junto a su esposo y su madre en las inmediaciones del lugar donde se vio a Terra por última vez. Allí estuvo durante cinco meses. 

Evangelia todavía lo espera en su casa, no va a estrenar el parrillero que habían construido para festejar su aniversario de bodas sin él. “A nadie se lo traga la tierra”, afirma.

Ni ella ni sus hijos se van a detener. Para Rosana no hay palabras para explicar lo que siente porque “una ausencia es peor que la muerte”.

*Esta crónica formó parte del proyecto final de los seis estudiantes para la carrera de Comunicación de la Universidad de Montevideo

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