Opinión > ANÁLISIS/ EDUARDO BLASINA

La oportunidad cumple 15 años

El año 2018 será decisivo para la supervivencia de la oportunidad en la que estamos

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30 de diciembre de 2017 a las 05:00

Es inevitablemente arbitrario establecer cuando empezó la oportunidad uruguaya del siglo XXI a cobrar forma. Podría decirse que empezó con la designación de Enrique Iglesias como Canciller en el retorno de la democracia y su visionaria decisión de establecer relaciones diplomáticas con China, algo que hoy parece obvio pero que en aquel entonces generó grandes resistencias. O podría decirse que la oportunidad se forjó cuando el gobierno de Luis Alberto Lacalle levantó el corralito en el que estaba la ganadería, liberó la exportación de ganado en pie y se lanzó a ser libre de aftosa sin vacunación y abrir mercados, incluido el de Japón que ahora nos disponemos a recuperar.

Pero más allá de logros ocasionales, del éxtasis de Maracaná en adelante el siglo XX en su segunda mitad fue un bajón, hasta desembocar en el pozo de la crisis de 2002, con la llegada de la aftosa entre octubre de 2000 y abril de 2001, primero desde Brasil y luego desde Argentina.

La oportunidad uruguaya nació en febrero de 2003, cuando con las paredes de las ciudades llenas de carteles de "no al pago de la deuda" y con el país exhausto de tanta crisis y pérdida de reservas del Banco Central se decidió pagar hasta el último dólar de un vencimiento de US$ 151,7 millones y avanzar en un acuerdo para reperfilar la deuda, pero respetando la moneda de cada título y no haciendo ninguna quita de capital. Ese 10 de febrero la confianza en la economía uruguaya empezó a quedar restablecida y debería recordarse siempre porque fue un acto de valentía fundacional.

Como relata la crónica que hizo Nelson Fernández en aquel entonces para el diario argentino La Nación, con las reservas agotadas por la crisis de confianza del 2002, había que tener agallas pagar ese dinero y sostener que se seguiría pagando. Esperaban para ser pagados US$ 2.026 millones en 2003, US$ 1.462 millones en 2004, para 2005 se venían US$ 2.069 millones y para 2006 unos US$ 1.850 millones.

En febrero de 2003, el dólar, cuenta Nelson Fernández, estaba en $ 29,50. Más alto que ahora.

Uruguay restableció la confianza financiera y también la productiva, porque a mediados de 2003 no solo recuperó el mercado de la Unión Europea sino que se convirtió en el primer país del mundo que fue aceptado para exportar carne fresca en América del Norte vacunando contra la aftosa.

Sobre esa base llegó el envión de las materias primas que sumó al motor de la carne el de la agricultura y la forestación. Llegaron las inversiones al ver políticas que se sostenían con cualquier gobierno, seguridad jurídica y apertura para los emprendedores "vengan de donde vengan" y a la interna "gobierne quien gobierne". Vinieron los argentinos a hacer agricultura y ganadería, los neozelandeses a hacer lechería, los europeos a hacer bosques. Se dinamizó como nunca antes el sector portuario y transportes y mientras emergieron el turismo y el software. El mundo nos conoció por el fútbol y el Plan Ceibal. Los inversores llegaron como nunca lo habían hecho y para quien llega por primera vez al país y hace el trayecto desde el aeropuerto a Carrasco y la Ciudad Vieja de Montevideo o a Punta del Este, la impresión que le queda es que ha llegado a una sociedad maravillosa geográfica y socialmente.

Quienes convivimos con una realidad mucho más compleja sabemos que el impulso inicial se ha perdido, que la educación media no está acorde a los tiempos y que gradualmente las amenazas sobre el crecimiento se han vuelto a instalar. Tras 15 años de crecimiento y de una suba aún mayor de la recaudación el déficit fiscal persiste. Y hay admiradores del gobierno venezolano que en 2018 empujarán para que se gaste más y más.

La deuda externa es mucho más grande que en 2002. Tiene un perfil más manejable pero va creciendo, como crecen también los concordatos, y con matemática lógica baja la disposición de los bancos a financiar sectores de riesgo como la agricultura.

Aunque el conjunto de la economía crezca a un interesante 3%, hay varias tendencias que marcan que 2018 será un año decisivo para la supervivencia de la oportunidad en la que estamos. Lejana (post electoral), pero colisión al fin. O la perspectiva de quedar a medio camino. De lograr una economía a dos velocidades. Turismo y call centers, pero no un desarrollo completo.

El crecimiento perdurable es el resultado de la inversión, de la misma forma que los salarios altos perdurables son los derivados. La batalla por captar inversiones es global. Este mismo jueves China anunció que eximirá temporalmente a las empresas extranjeras del pago del impuesto a la renta provisional si reinvierten sus beneficios en la economía. La exención temporal es retroactiva desde el 1 de enero de este año, lo que significa que las empresas que tienen los impuestos pagados este año recibirán una devolución correspondiente. Y que te vayan a hablar allá de paro con ocupación. Mientras, aquí la planta de ciclo combinado de Punta del Tigre, que en diciembre de 2015 se aseguraba que estaría operativa en 2016, está con un juicio de la coreana Hyundai por la "infinidad de paros" que han hecho difícil avanzar con las obras.

En esa competencia global por captar inversiones, dar la certeza de que seremos caros y con una lógica sindical de combate, hace difícil la reactivación. Por eso, a los 15 años de vida la oportunidad uruguaya está en un punto crucial: o madura y se hace adulta, o se cae. Pero para seguir y ser sustentable ya no alcanza con lo que se hizo hasta ahora. Ni tampoco hay que derribar lo de bueno que se ha construido en estos años.

Lo otro que requiere un crecimiento perdurable es un nivel de educación y consciencia ecológica mucho mayor al actual.

Hay una gran mayoría de ciudadanos, economistas y políticos de todos los partidos que sabe que tiene que restablecerse el equilibrio fiscal, un tipo de cambio más equilibrado, abrir mercados sin vacilaciones, trasladar parte de los beneficios de la revolución de la energía a los usuarios, persistir en la estrategia de mostrar soluciones al mundo en pequeña escala.

No debería ser difícil encontrar un consenso en el qué hacer para sostener el crecimiento. Y podría dar lugar a una discusión racional respecto al cómo. Dónde se puede bajar el gasto sin generar un daño social, cómo asistir a empresas como las arroceras y lecheras que haciendo todo bien igual están al borde del desastre.

En el fondo hay una racionalidad amplia que entiende que el gasto se desmadró, que el populismo ya hizo suficiente daño en este continente y que eso tiene que reflejarse en las negociaciones fundamentales del año que viene.

La economía mundial está acelerando, la región está saliendo del pozo, la Unión Europea emerge de años de estancamiento: el crecimiento de Uruguay está casi asegurado hasta el 2020. La emergencia de Asia como gran consumidor de alimentos y servicios mantiene una oportunidad inédita para las generaciones que vendrán. No puede ser tan difícil un gran consenso nacional que siente las bases para 15 años más de crecimiento. Y en la campaña electoral que ya arrancará en 2018 discutir pluralmente el cómo prolongar y potenciar esta oportunidad que nos muestre en 2030 como un pequeño país innovador, cultor de libertades, productor de alimentos y textiles gourmet, que abandona las energías fósiles y organiza su segundo Mundial de fútbol. Logramos 15 años de crecimiento. Vayamos por 15 más.
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