En un salón donde no hay nada más que una mesa y una silla, sientan a un niño de cinco años. Delante de él, un investigador pone un plato con un malvavisco y le indica una consigna muy sencilla: "Volveré en unos minutos con otro dulce que también será para ti si para entonces no te has comido el que tienes ahora".
La elección que debe tomar el niño es económica: puede comerse un caramelo o "ahorrar" durante unos minutos para más tarde consumir dos. Algunos se agarran la cabeza desesperados mientras corren las agujas del reloj pero no aguantan y se lo llevan a la boca; otros lo devoran antes de que el investigador salga de la sala, y hay quienes resisten y ganan el premio.
Ese experimento, conocido como "prueba del malvavisco", se hizo por primera vez en la Universidad de Stanford en la década de 1960 y sus conclusiones siguen teniendo vigencia. Así lo entiende el economista Claudio Sapelli, director del Instituto de
Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
En su ponencia, durante el seminario internacional de Unicef
"Invertir en la infancia: oportunidad clave para el desarrollo", que este miércoles tuvo su última jornada en el Club Uruguay, Sapelli citó esta investigación para ilustrar la importancia que tiene el desarrollo de "las capacidades no cognitivas" en los niños y adolescentes como clave para el éxito en sus vidas. Para poder pensar en su futuro y no en la golosina que tienen en frente.
Estas habilidades no tienen que ver con el cálculo matemático, el lenguaje o la expresión abstracta, sino con "la conducta social", explicó el especialista. Involucran la apertura a la experiencia –curiosidad por aprender–, el gusto por el trabajo en equipo, la empatía y calidez en el vínculo con el otro, y la estabilidad emocional.
Sapelli también afirmó que en la educación actual también se está descuidando una capacidad clave: la capacidad de planificación de los objetivos en el tiempo. Y esa es la virtud necesaria para que el niño no se coma el malvavisco, señaló. Ello requiere de responsabilidad, organización, tesón, compromiso y "mojar la camiseta", todas propiedades que el sistema educativo moderno no estimula, consideró.
Por el contrario, afirmó, los centros de educación s
ecundaria –en Uruguay y en el mundo– cada vez insisten menos en inculcar disciplina, y predomina cada vez más "la cultura antiacadémica, que rechaza el buen desempeño", en este caso sobre todo entre los grupos de pares de adolescentes.
Sostuvo que esa
cultura tiene su origen en los grupos jóvenes, que desarrollan pautas de comportamiento y reglas morales, paralelas a las institucionales, "en los que la norma es desobedecer a la autoridad, faltarle el respeto a los profesores, no estudiar, etc".
Y la responsabilidad recae íntegramente en las políticas educativas, aseguró el economista, que en lugar de encauzar esas conductas defectuosas e improductivas "abandonan el énfasis en la disciplina para que las instituciones sean 'más cool', y se acerquen así a los jóvenes". Pero para Sapelli eso es un error. "Terminan alimentando esa cultura, en detrimento de buenas habilidades sociales, tan o más importantes que las cognitivas", advirtió el experto.
Dos ventanas
El economista señaló que en la vida del joven hay dos períodos –o "ventanas"– en los que la mente está más propensa para absorber conocimientos y modificar conductas. La primera se cierra en el entorno de los 12 años. Pero algunos años después se abre nuevamente, para cerrarse para siempre cuando el sujeto entra en la adultez. "Los niños tienen una segunda oportunidad para absorber capacidades no cognitivas si no las aprendieron de chicos", aseguró Sapelli.