9 de marzo de 2019 5:01 hs

No hace mucho, un sábado de mañana a fines de mayo de 2016, estaba en una cafetería de Midtown Manhattan, Nueva York, tomando un té oolong, cuando me di cuenta de que a dos mesas de la mía estaba sentada Debbie Harry. Conversaba con dos hombres que parecían ser sus amigos. Vestían camperas negras de cuero, camisetas con algo escrito que no pude ver bien qué, jeans y botas. Con Debbie Harry en vivo, la indumentaria era lo de menos. El altar de lo cotidiano estaba predispuesto para ella, efigie, tótem, fetiche, todo lo que se quiera, además de un rostro inconfundible que décadas atrás embobaba a partir de lo que salían de sus labios; canciones para no dejar en paz. 

Ya casi no me quedan ídolos. Todos los que tenía se fueron muriendo, y me parece de mal gusto reemplazarlos con otros. Ni que fueran muebles que cuando se rompen pueden ser cambiados por uno nuevo. Por lo tanto, ver a Harry  ahí, sentada tan cerca, como si se hubiera equivocado de mesa, fue un deslumbramiento y, a la vez, una recompensa atrasada del destino. Me vi con cuatro décadas menos y a ella igual. Detenida en la adolescencia de lo posterior. Nunca antes había tenido un ídolo tan a la mano, por lo tanto, solo atiné a mirarla, al detalle, en sus mínimos gestos, en la economía de sus movimientos, de la misma forma que uno ve a La Gioconda o a La victoria de Samotracia, en silencio absoluto, sabiendo que aunque diga algo nadie responderá. La observé, como si fuera un Rolex de oro, que al encontrarlo tirado en la calle uno se pregunta: ¿es un regalo divino o una tentación del diablo? Debbie (y la llamo por su nombre, pues es la única forma de tratar a un amor imaginario) hablaba con su díada, y cada tanto miraba para fuera. Cuando lo hacía, la mirada se le perdía, como si estuviera en una carretera cósmica donde solo podía verse hacia atrás, para poder así saber lo que no sucederá pasado mañana. La escena de ese sábado fue como la de una película francesa, lenta y sublime, en la cual no pasa nada, pues todo está pasando en la mente. 

Por seis minutos que parecieron una eternidad sin un segundo de sobra, busqué una coartada para acercarme a la mesa y decirle algo. ¿Algo cómo qué? Que la suya es la voz más inconfundible en la historia del rock and roll and pop. ¿Qué hubiera respondido? “¿Más que la de Janis Joplin, te parece? ¿Tanto?” La hubiera dicho que sí, además, ninguna cantante ha sido tan imitada y copiada como Debbie Harry. ¿Y qué más? Que si se acabara el mundo y tuviera que salvar 10 canciones, cinco serían de Blondie (Heart of Glass, Atomic, One Way Or Another, Dreaming, Rapture), y si hubiera que salvar solo una sería Heart of Glass, canción que hace hoy exactamente 40 años era la de mayor popularidad en todo el mundo. O decirle –hubiera sido emocionalmente efectivo– que a mediados de la década de 1980, cuando la falta de plata obligaba a comer salteado, cada vez que llegaba a mi pequeño apartamento ponía de manera religiosa en el viejo tocadiscos The Tide is High y la vida cambiaba de color, mejor dicho, dejaba de ser tan negra mientras la música estuviera sonando. En esa canción, la voz de Debbie emerge desprotegida entre ritmos reggae, convertida en nada sigilosa emisaria de cosmos mejores, que siempre han estado y seguirán. Esa voz solo puede estar asociada a buenas noticias. Tal vez esa hubiera sido la frase propicia para acercarme a la mesa y decirle algo después de “hola”, que en inglés, “hi”,  suena a expresión de dolor. La letra de una de sus canciones, Maria, parecía haber estado escrita para mi yo de ese instante: “And your heart beats like a subway train” (Y tu corazón late como un tren de metro).

Tentado a ser parte de un momento con todos sus contrastes y ejemplos incluidos, parte de un álbum de dichas y tristezas inexplicables, hice el intento por sentirme parte de su conversación. El espectáculo de la imaginación permitía suponer todo, en aquella intimidad pública que invitaba a interferir en el secreto ajeno de esos tres diciendo tal vez: “¿Qué hiciste anoche?” “La semana pasada llamé a Peter…”, “Hace años que no lo veo y ayer alguien me preguntó por él”, “En la radio ayer escuché Atomic…”, “¿Sabes algo de Patti?”, “En mi barrio hay un nuevo restaurante donde la comida es natural, sin conservantes” (quienes por años se mataron con drogas, hoy quieren borrar el tiempo perdido por sus cuerpos comiendo sano y consumiendo todo lo que diga ‘orgánico’ en la etiqueta). A mi modo, en cuestión de segundos, fui protagonista de una colorida película de cine mudo, en la que los gestos a la distancia interpretaban el papel de las palabras, aunque tampoco estas pudieran explicar al pie de la letra lo que estaba pasando.

A quienes tenía enfrente los imaginaba a cada uno por su cuenta, aunque a los efectos de mi interés, solo una contara. Estaban ahí no solo para tomar algo, sino para tomar menos en serio el tiempo que, convertido en costumbre, pasa sin sentarse a descansar. Improvisando el disimulo, permanecí en silencioso anonimato, tal vez anhelando una imposible reciprocidad. Me hubiera gustado cruzar la mirada con ella, pero ni siquiera eso se dio. El exterior de ese mundo platinado y de maltratada belleza era blindado. Nada hubiera cambiado de haber sido domingo. Con la indiferencia de aquella que ya pasó por todos los instantes principales de la vida y no le interesaran los próximos a punto de venir, DH miraba justo a donde yo no estaba. Era una mirada repentina, que iba más allá, dando fe de algo difícil de interpretar con vocabularios. En ocasiones, los efectos de la admiración son demasiado evidentes, pero esa vez, ni siquiera. 

Durante la hora que estuve en la cafetería, “la película Blondie” trascurrió casi completa en el cinemascope de mi mente, revisitando cada una de las escenas,  desde el primer disco de la banda, el homónimo Blondie, que escuché en la casa de un amigo en el verano de 1977 cuando en Uruguay casi nadie la conocía, dándome al instante la impresión de que en su sonido había algo inaugural, como todavía lo hay, hasta el disco Autoamerican,  que compré estando ya en Iowa, en noviembre de 1980, y que salió a la venta el día en que los estadounidenses eligieron presidente a Ronald Reagan. Son momentos que quedaron grabados, pues la vida se sintió de pronto mejorada por un puñado de canciones que habían venido a sumarse a la banda sonora de la existencia sin pedir permiso. Si ni la tristeza, ni la felicidad, lo piden, ¿por qué debe la música hacerlo? Tengo los 11 discos LP que Blondie ha editado hasta la fecha, y cada tanto escucho uno o dos completos, iniciando el viaje en la máquina del tiempo rumbo a esos días de hoy hace demasiado, cuando la vida se miraba al espejo y solo veía tiempo en presente. Detesto tanto la nostalgia como el paso del tiempo, pero es imposible vivir librado de ellos.

En mayo de 2016, Debbie Harry tenía 70 años. Su rostro sabatino, casi tan igual de hermoso como el que aparecía en la tapa de los discos, reflejaba los indicios de batallas ganadas y perdidas. Más allá de las circunstancias, seguía tan linda como ayer 40 años atrás, aunque en verdad, la objetividad obligaría a decir otra cosa. Decir, por ejemplo, que la edad había sido cruenta con ella, porque por más que hayan sido unas cuantas las batallas ganadas, hay guerras que dejan cicatrices a largo plazo, fuegos fatuos al final del incendio. Además, de los excesos nadie sale ileso. La entrada a las drogas (heroína nada menos) y al alcohol es gratis, pero el precio que se paga para salir es alto. 

Viéndola revolver su capuchino con lentitud de joyera suiza, como si al mover la cucharita estuviera moviendo un maquinaria celestial, me vino a la mente la voz de Mercedes Sosa, cantando ese mantra apto para optimistas: “Tantas veces me mataron / Tantas veces me morí / Sin embargo estoy aquí resucitando”. En su permanente resurrección, Debbie estaba ahí, a escasos metros, convertida en mi Peter Pan favorito. En ese estado de gracia atemporal le dejé, tal como la había encontrado: conversando con sus amigos, mirando el mundo con sus ojos color mar verdoso y en permanente pleamar, buscando confines que –confirmado– no estaban ahí, entre cuatro paredes con olor a café, porque Jean Arthur Rimbaud tuvo razón: “La vida está en otra parte”. 

Sin que Debbie se diera cuenta, casi como en puntas de pie, pagué la cuenta (con el correspondiente 15% de propina), y me fui. Hasta el día de mi muerte seguiré arrepintiéndome de no haberle dicho nada, ni siquiera “hi”, a Debbie Harry, la más infinita y hermosa de todas, la diosa laica, quien, como la perra Laika, fue al espacio y no regresó, porque las estrellas solo pueden vivir entre estrellas, en el firmamento hecho para ser visto desde lejos, de afuera, como “esas cosas que nunca se alcanzan...” 

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