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Las jineteadas de la Rural ante un nuevo tiempo

Todo cambio implica transformaciones de nuestra sensibilidad 

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23 de abril de 2019 a las 15:00

Todo cambio de ciclo, como el que estamos viviendo, implica cambios en nuestra sensibilidad, en nuestra manera de ver y sentir el mundo y por lo tanto, en nuestras tradiciones, en nuestra cultura y la palabra “tradición” es un primer asunto a considerar, pues hay que saber distinguir entre las tradiciones penosas y las tradiciones a proteger.

La humanidad ha transformado la naturaleza que la rodea y naturalmente ha transformado la naturaleza que lo rodea. El maíz y el trigo que comemos, son resultado de una lenta transformación humana, así como las plantas ornamentales y los árboles que plantamos.

El hombre creó del lobo, al perro, por diferentes necesidades políticas, económicas y también, como resultado de su trato sensible con la naturaleza. El perro sirvió para proteger a la tribu, sirvió para ayudar en al caza y fue amigo del hombre y fue resultado de sucesivas aproximaciones, no necesariamente violentas, entre el lobo y el hombre.

El hombre creó al caballo de un primitivo caballo, o de unos primitivos caballos, por los mismos motivos que creó al perro. El caballo fue un arma de defensa de la tribu, le permitió al hombre un arma clave para la caza y además, le dio un amigo, un medio de transporte y de trabajo. El caballo es una creación de la naturaleza, una naturaleza donde está inscripto como un elemento más, el hombre.

El caballo fue un elemento clave en la conquista de América y también fue una de las primeras cosas que se apropiaron, pues así ocurren los encuentros culturales, los aborígenes, que fueron los mejores jinetes del continente. En una tierra como la nuestra, se multiplicaron a tal grado que en la colonia, todo hombre tenía su caballo o su tropilla y era un lujo asequible tener una tropilla de un pelo. Se generó una relación con el caballo, un conocimiento del caballo como sólo puede existir en comunidades que requieren de su existencia en una cantidad de sentidos. Hoy día, si uno habla con criadores de caballos, encontrará que el amor ferviente de aquella gente hacia el caballo, hace que no te hablen de otra cosa, salvo del objeto de su devoción.

Así como en la colonia había caballos domesticados, había unos cuantos caballos libres, caballos cimarrones, bastante peligrosos, pues se dedicaban a aproximarse a los caballos domésticos, los chamullaban y los llevaban a vivir en libertad, cosa de la cual nos habla Azara. En otras partes del continente, los negros esclavos hacían algo parecido, entraban a las brutales plantaciones de esclavos, y se los llevaban a sus repúblicas libres.

Sin embargo, el espacio donde florecían esas caballadas libres, se angostó y el hombre conquistó el territorio. Debe haber, y de hecho, hay, estancias abandonadas donde se crían libremente, vacas y caballos, pero son la excepción, no la regla. La regla, es que el caballo es un instrumento de trabajo del hombre y esa relación que establece al hombre con el caballo, es una relación cultural.

Primero, el hombre transforma, por una milenaria selección, al caballo y al caballo según una función específica, y luego, crea los diferentes mecanismos de doma, y las diferentes cosas que hacen al apero del caballo y también, el caballo, la relación con el caballo, de tan profunda y sentida, genera cambios en la literatura y en algún lugar de Persia, surge el primer cuento en el cual un hombre sale en su caballo a recorrer los caminos y encontrarse con las aventuras, un cuento que dará origen a toda una literatura que tendrá como principal exponente a nuestro Quijote, y en nuestra tierra, nos dará al Martín Fierro.

Los aborígenes, al parecer, y para sorpresa de algunos, crearon lo que hoy se llama “doma racional”, o doma india, aunque con certeza, ese mismo tipo de doma debe haber sido creado simultáneamente en otras partes del globo. Se trata, digamos, de una doma del caballo por medio de caricias o si se quiere, haciéndose amigo del caballo. En esta doma, sin embargo, acontece un hecho violento. En un momento, el hombre debe subirse al caballo y no hay caballo que acepte esto de buen grado, por más buen proceso previo que haya vivido con ese hombre en particular.

Pero existe la otra doma, una doma, una conquista de un animal sobre otro animal, que busca doblegarlo y cansarlo para que acepte a su conquistador. Esta doma, toda doma, es a un tiempo la doma del animal, y la doma de nuestro ser animal, una necesaria doma que hace al hecho cultural, pues el hombre debe domar, en cierta medida, sus instintos, pero esa doma debe ser en rigor, un encauzamiento de sus instintos sin quitarle un ápice de fuerza y no veo mejor ejemplo de esta relación de nuestros instintos y nuestra razón, que la relación del hombre y el caballo.

Así que hay, al menos, dos cosas a tener en cuenta: la doma del caballo para trabajar, y la doma del caballo que significa un símbolo de la doma de una parte nuestra que sin cultura, nos llevaría a la desintegración de la especie.

El hombre de la ciudad sabe de muchas cosas que en general ignora el hombre del campo, y el hombre del campo sabe de muchas cosas que en general ignora el hombre de la ciudad. Nada más triste que esta doble ignorancia, en cierto sentido justificada, pues uno ve el mundo que lo rodea, y en sentido muy triste, pues el mundo es más ancho que aquello que vemos.

Una de las cosas que debería saber el hombre de la ciudad que se horroriza cada vez que alguien caza un jabalí, es que ese hombre caza un jabalí que luego se come, de igual manera que es comida esa vaca que el hombre de la ciudad pacíficamente compra en una carnicería, a la que ha llegado producto de un bien aplicado martillo neumático en la frente del animal.

Otra cosa que debería saber el hombre de la ciudad es que si esa vaca llega a su mesa en forma de asado delicioso, es porque unos hombres allá en el campo, anduvieron pastoreando ese ganado montados a caballo.

Y lo otro que debería saber el hombre de la ciudad, es que esos hombres que montan a caballo pastoreando su ganado, son resultado de un larga herencia cultural que incluye, como es evidente, nuestras tradiciones y nuestra forma de sentir el mundo.

Alguno de los hombres del campo que han vivido la yerra, podrían ilustrarnos, con ese colorido que da a las palabras el hombre del campo, la cultura rural que florece en esas yerras, ese trabajo colectivo y no remunerado, salvo la remuneración generada por la fiesta que acompaña a la yerra, una yerra necesaria por motivos económicos, donde se castra el animal y se lo marca para la supervivencia de la especie humana.

Ese vínculo con el animal, ese vínculo que ha generado nuestro modo de vida y que ha significado una contribución inigualable a la economía del país y en el sentido más amplio, a su cultura, tiene una expresión en las jineteadas de la rural del Prado.

La doma en el Prado es la expresión tardía de un acontecimiento cultural que hunde sus raíces en el tiempo y es mucho más, muchísimo más de lo que creen quienes piensan que se maltrata a un animal. Sí, el caballo no quiere que lo monten, como es evidente, pero salvo esos segundos, ese caballo no hace nada el resto del año salvo comer la mejor pastura posible. Es decir, si hay un caballo bajo dominio del hombre que la pasa bien, es ese caballo.

El tema es interminable, y dejaremos de lado a esos hombres expulsados por el latifundio que reciclan basura en carros tirados por caballos, y dejaremos de lado las profundas transformaciones que serían necesarias, para llegar a otra relación de ese hombre con su caballo. Lo que debemos decir ahora es que hacen bien quienes odian ver un pájaro enjaulado y cualquier tipo de zoológico, una verdadera obra de la perversión y la enajenación humana, que necesita atrapar todo ser salvaje para atrapar su ser salvaje, y que necesita atrapar toda belleza para disfrutar la belleza.

A ellos les recomendaría Jerry de las islas, de Jack London, quien hace un siglo se retiraba de los circos cuando venía la función aberrante de los animales, y les recomendaría más que nada El llamado de la selva.

El hombre debe reconstruirlo todo, incluso su relación con los animales y con toda la naturaleza. O lo hace a partir de lo que ha aprendido, de toda su herencia cultural, o la destruye para quedar inerme y ciego y propenso a tirarse en la cama a vegetar en una maratón de Netflix, en vez de montar un caballo para correr por las praderas, mientras corre por el cielo un río de estrellas.

 

Marcelo Marchese

 

 

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