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Luces y sombras de ser inmigrante en Uruguay

Tuvieron que dejar sus países por necesidad más que por elección. Lucha, adaptación y esperanza marcan estos cuatro testimonios de nuevos uruguayos

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20 de diciembre de 2018 a las 05:05

[Por Natalia Correa]

Miércoles en la mañana, camino por Ciudad Vieja por la calle Juan Carlos Gómez y siento bullicio. En una casa de la cuadra veo gente por la ventana y una puerta abierta. No dudo de haber llegado a mi destino: la asociación Idas y Vueltas, un punto de referencia para los migrantes que llegan a Uruguay. Al entrar, me encuentro con una casa vieja pero muy colorida con murales en las paredes, un sol radiante que entra por la claraboya y un afiche que dice: “Por un mundo sin fronteras, migrar es un derecho”.

En una de las salas, miembros de la ONG ayudan a los recién llegados a armar su currículum. En otra habitación, varias personas con fichas impresas esperan a ser asesorados por trámites de documentación. Al pasar, escucho a una joven que comenta entusiasmada que consiguió trabajo en una panadería y que empieza al día siguiente a las 10 de la mañana. “¡Bien!, felicitaciones”, le responde la voluntaria que comparte su alegría. Al mismo tiempo veo el rostro desesperanzado de una mujer dominicana que me cuenta que hace dos meses que llegó y que aún no consiguió trabajo ni tiene papeles.

A lo lejos veo a un chico cocinando arepas con algunos de los alimentos que la gente dona a la ONG. “Y que tan bien nos vienen”, dice Hendrina “Rinche” Roodenburg, de nacionalidad holandesa y fundadora de la asociación que se creó hace 15 años. En los inicios el fin era ayudar a los uruguayos que emigraron por la crisis de 2002 y ahora se enfocan en recibir a los inmigrantes que llegan al país en situación de vulnerabilidad. “Lo de que Uruguay recibe con los brazos abiertos es discutible. Lo que siempre se ha hecho acá es dejar estar, que no es poca cosa. No se expulsa a nadie y eso es una tranquilidad muy grande”, afirma.

Respecto a este asunto, la directora general de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Laura Thompson, destacó el año pasado que Uruguay tiene una política migratoria “muy moderna, abierta y ejemplar, centrada en los derechos humanos”. Señaló como ejemplo la promulgación de la Ley Nº 19.254 en 2014, que tiene como objetivo facilitar la residencia permanente a los inmigrantes que provienen de los países miembros y asociados al Mercosur, y a los extranjeros que poseen familiares uruguayos.

Sin embargo, la presidenta de la ONG Idas y Vueltas sostiene que “hay algunos inmigrantes que la tienen más difícil que otros”, como los cubanos y los dominicanos, a quienes se les solicita visa para entrar al país (a estos últimos desde 2014). “A nosotros nos dolió lo de República Dominicana porque antes no se les pedía visa, empezaron a llegar dominicanos y ahí la pusieron. Eso no es exactamente dar la bienvenida”, expresa Rinche. Para ella, los principales problemas que existen hoy son el acceso a la documentación, el trabajo y la situación en las pensiones. “Las dependencias del Estado no están logrando responder a la demanda y hay un montón de gente indocumentada”, agrega la antropóloga Pilar Uriarte, que trabaja en colaboración con Idas y Vueltas.

Para conocer de primera mano la situación de los migrantes, conversamos con representantes de los países que han sido protagonistas de esta nueva corriente migratoria: Venezuela, Cuba y República Dominicana. Sus visiones son subjetivas, vivenciales y completamente diferentes entre sí de lo que es intentar hacer de Uruguay su segunda casa.

Con sabor a Venezuela

Juliedy Guillén (25) y Oroyelix Lozada (26) son una pareja de venezolanas que llegaron a Uruguay en mayo de 2016. Ambas son periodistas y en su país trabajaban como asesoras de marketing digital para emprendimientos. Las razones por las que decidieron migrar fueron varias y todas relacionadas con el deterioro económico, político y social de su país. “Con los 32.000 bolívares que ganaba en Venezuela al mes, hoy solo se pueden sacar tres fotocopias”, dice Juliedy para reflejar la gravedad de la situación. Oroyelix cuenta que a ella siempre le gustó mucho cocinar, pero no podía encontrar los ingredientes en el supermercado. “Tu vida se desgasta cada vez que tienes que llenar un tarro con agua para toda la semana porque no vas a tener más. En Venezuela eso se vuelve cotidiano”, añade con indignación.

Gracias al apoyo económico de sus familias pudieron comprar los pasajes y llegaron a Uruguay con todos los papeles apostillados, cita en el Ministerio de Relaciones Exteriores para el trámite de residencia —que habían solicitado por internet seis meses antes— y alojamiento gratuito en casa de dos amigas venezolanas. “En eso queremos darle un punto al Estado uruguayo. En la página del ministerio hay una guía para inmigrantes con todos los pasos a seguir. Es muy sencillo y está muy bien explicado. Hay que saber buscar e investigar”, aseguran. Dos semanas después de la cita ya tenían la cédula que especificaba “residencia en trámite”. Con eso y el carnet de salud ya podían trabajar en las mismas condiciones que un uruguayo. “No tiene mayor complicación, al menos para nosotros los venezolanos”, agregan. No se cansan de hablar maravillas de Uruguay, tanto a nivel institucional como de la sociedad en general. “Nunca nos hemos llevado un mal momento con un uruguayo”, afirman. “La preocupación y la solidaridad con lo que nos está pasando a nosotros como pueblo venezolano es magnífica”.

En el ámbito laboral sus experiencias fueron bien distintas. Mientras que Juliedy empezó a trabajar enseguida en el área de marketing, Oroyelix no logró conseguir un trabajo estable en siete meses. Al principio vivían solamente de un sueldo de $18.000 con el que alquilaron un monoambiente. Para poder tener un ingreso extra es que surgió la iniciativa de hacer tequeños, un típico aperitivo venezolano que consiste en palitos fritos de queso blanco envueltos en masa de harina de trigo. “Cuando vendimos la primera bandeja fue una supercelebración”, expresan con entusiasmo. Hoy están volcadas 100% al emprendimiento gastronómico Tequeños La Rambla, que crece año a año. El pasado noviembre, con un stand con los colores de Venezuela estuvieron presentes en Mojo (Bienal Montevideo Joven) y en la Fiesta de las Migraciones; y también venden a través de las redes sociales. Ahora viven en un apartamento más grande, con la mamá y la hermana de Oro, que llegaron al país el año pasado.

¿Podrían decir que las expectativas que tenían al venir se cumplieron?, les pregunto. “Se superaron, Uruguay nos sorprendió, sobre todo con la oportunidad de emprender. Aquí hay varios ecosistemas y si uno sabe hacia dónde dirigirse va a encontrar respuestas”, expresan con ese espíritu de superación que trajeron en su equipaje desde Venezuela. “Por eso no entendemos cuando los uruguayos se quejan tanto, si buscas, te vas a encontrar con un universo enorme. Hay que hacer que las cosas pasen”, agregan y es inevitable no contagiarse de su optimismo. De Uruguay les gusta la rambla, el gramajo y, por sobre todas las cosas, la seguridad y el respeto a la diversidad. “Nunca sentimos discriminación ni como migrantes ni como pareja gay. En Venezuela nunca íbamos tomadas de la mano, aquí vamos felices”.

Atravesar la selva desde Cuba

Rafael Gómez Hernández tiene 30 años, es ingeniero en sistemas y técnico en contabilidad; en Cuba trabajaba como profesor de computación, a 150 kilómetros de La Habana. “La vida era muy dura allá, tuve que venirme y dejar a mi familia. Ganaba 40 dólares al mes que no me daban ni siquiera para cubrir la canasta básica”, dice. Llegó hace cinco meses, cuando pudo reunir la plata, y lo hizo como la gran mayoría de los cubanos: voló a Guyana (donde no se les solicita visa) y viajó por tierra hasta Uruguay. “Fue un trayecto difícil por la selva, 36 horas en una guagua (ómnibus) apretado junto con 12 cubanos, comiendo pan, tomando agua”, dice Rafael acerca de una travesía que define como aterrante.

Cuando le consulto por qué eligió nuestro país y no cualquier otro del continente responde: “El país que paga mejor y que otorga la residencia se llama Uruguay”. Cuenta que al llegar, se “buscó” un amigo uruguayo que le hiciera una carta de invitación porque es la forma más rápida de obtener la visa. Hace cinco meses que está esperando que se la otorguen para así solicitar la residencia. “Ya citaron a mi representante, que va a llevar los papeles. Contando con Dios, en diciembre voy a tener la cédula. La necesito para trabajar, he perdido mil laburos buenos por no tenerla”.

Desde que llegó, pasó por varios trabajos en negro, su única alternativa para subsistir. Estuvo en una fábrica 15 días, en una empresa de seguridad —de la que lo echaron por reclamar el derecho a un día libre por semana— y ahora reparte volantes en bicicleta por un salario de $12.000 mensuales, que apenas le da para vivir, pagar la pensión y a veces mandar 100 dólares a su familia. “Hay una moda acá de no querer contratarte por caja, te toman el período de prueba, resuelven el problema y después chau”, dice, haciendo referencia a experiencias de varios compatriotas. Se alojó en varias pensiones hasta que dio con una medianamente prolija y limpia. “Estuve en algunas que eran un desastre. Los cubanos que están ahí lloran y quieren volver a su país”, cuenta.

De la sociedad uruguaya le llamaron la atención dos cosas: la inseguridad y los vicios. “Está la droga, las personas durmiendo en la calle, eso en Cuba no se ve”, comenta. Por el lado positivo resalta la libertad de expresión, la no represión y el buen trato por parte de las instituciones del Estado. En cuanto al recibimiento de los uruguayos, ha tenido de todo, desde los que lo elogian porque “el cubano es alegre” hasta los que lo miran con mala cara. “Hay una parte de la sociedad que no te acepta, como que le estorbas”, afirma, aunque aclara que son la minoría. A pesar de todas las vicisitudes que pasó en estos meses, dice sentirse mejor que nunca y visualiza un futuro en Uruguay junto a su familia. “Tengo fe y esperanza en que mi vida puede cambiar aquí. Tengo una ilusión, cosa que no tenía en Cuba”.

Activista dominicana

Aura Marleni Mercado Pérez (44) trabajaba como técnica en salud, coordinadora política del partido de gobierno y líder de la comunidad rural en la que vivía en República Dominicana. Lo que la trajo a Uruguay fue un disgusto personal y laboral, y una amistad a través de Facebook con un uruguayo. Nada tuvo que ver con la oleada migratoria de dominicanos que llegaron entre 2011 y 2014 con la promesa de que aquí había trabajo y se cobraba en dólares. “En mi país se comentaba eso, me imagino que a alguien le pagaban por traer gente”, dice. Fue luego de migrar que se enteró de la comunidad de compatriotas que se estaba forjando; en ese entonces aún no se solicitaba visa.

Con solo 100 dólares se instaló en una pensión en la calle Nueva York de la que recuerda “una pared negra de cucarachas”. Las cosas cambiaron cuando empezó a trabajar en una empresa de acompañantes y conoció a su actual expareja, con la que se mudó a un apartamento. “Acompañaba a personas en hospitales. A pesar de que no era bien pago me gustaba porque me recordaba a lo que hacía en mi país”, comenta. Estudió gastronomía en la UTU, bailó en una comparsa y participó del Desfile de Llamadas, actividad que la acercó a la comunidad afrouruguaya. Tuvo varios trabajos, desde empleada en una chocolatería a cocinera y ama de llaves en una casa de familia. Actualmente es encargada de un minimarket durante la noche, en el que gana poco más de $20.000 al mes.

Desde el año pasado vive con sus tres hijos, a los que trajo con mucho esfuerzo desde República Dominicana, y afirma que “labura para sobrevivir”. En cuanto al recibimiento de la sociedad uruguaya, su visión difiere bastante de la de los testimonios anteriores. “El choque cultural existió en 2014, éramos cosas raras aquí en Uruguay y todavía seguimos siéndolo. Hay xenofobia, discriminación y desconocimiento sobre nosotros. Cuando llegamos, para la sociedad todas las mujeres éramos prostitutas y los hombres delincuentes”, expresa con bronca e indignación. Seguidamente añade que la situación ha ido mejorando con los años gracias al trabajo que hace la Asociación de Dominicanos Juana Saltitopa (de la que es presidenta), junto a Idas y Vueltas, el Núcleo de Estudios Migratorios y Movimiento de Población de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Universidad de la República), y el Municipio B. “Tratamos de integrarnos a la sociedad dándonos a conocer a través del baile y la gastronomía en ferias y festivales” resume y agrega a modo de conclusión: “Me gusta la actividad social y política para poder lograr cosas”.

Rinche agarra un micrófono y en Idas y Vueltas todos se callan. Tiene dos buenas noticias para anunciar. En primer lugar, que a partir del 1º de enero de 2019 se eliminará la visa de reunificación familiar, lo que implica que los familiares de los extranjeros que ya están en Uruguay no precisarán visa. La segunda es que el fin de semana del 24 de noviembre se realizaría la novena edición de la Fiesta de las Migraciones, una oportunidad para celebrar y compartir con personas de todas las nacionalidades: “Esta fiesta siempre es una alegría y muestra lo divertido que es vivir en una sociedad intercultural”.

Manos Veneguayas

Manos Veneguayas es el nombre de la asociación de venezolanos creada en enero del 2017. En palabras de Diego Cabrita, venezolano, abogado y uno de los fundadores de la ONG, su finalidad es “promover la identidad venezolana en Uruguay y orientar a los migrantes en el mapa institucional del país para que puedan conseguir un trabajo y superar la vulnerabilidad”. Con este objetivo crearon los Clasificados Veneguayos, una bolsa de trabajo altruista que se publica en redes sociales. Manos Veneguayas se reúne todos los miércoles y viernes, y organiza actividades puntuales durante el año. “En 2017 hicimos una campaña de abrigo de la que se beneficiaron 450 personas gracias a la solidaridad de los uruguayos. Sin dudas, aquí es el país donde los venezolanos estamos mejor. Uruguay nos trata como ciudadanos y no como migrantes”.

Las cifras

Desde octubre de 2014, el Ministerio de Relaciones Exteriores se encarga de tramitar las solicitudes de residencia de los ciudadanos de países miembros o asociados al Mercosur y de familiares extranjeros de uruguayos. Desde esa fecha hasta diciembre del 2017 se concedieron un total de 27.146 residencias permanentes. Al cierre de octubre de este año se otorgaron 8897, casi la mitad de las cuales fueron para venezolanos. Si a eso se le suman las 3860 —entre temporales y permanentes— concedidas a ciudadanos extra Mercosur por la Dirección Nacional de Migración, hubo casi 13.000 extranjeros que obtuvieron la residencia en lo que va del 2018.

 

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