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Son la excepción: inmigrantes que en el interior de Uruguay trabajan de lo que estudiaron

Priscilla, Yasser y Yuset, dos venezolanos y un cubano, encontraron en Uruguay una vida tranquila y la oportunidad de hacer lo que les gusta

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16 de diciembre de 2018 a las 05:00

Yuset camina por las calles de Florida y se pregunta qué hace allí. No importa que haya pasado un año de aquella decisión que cambiaría su vida por completo. Todavía no concibe haber tomado el camino que tomó y estar trabajando de lo que le gusta tan lejos de casa. Pero hay algo que lo tranquiliza: él vino a ayudar económicamente a su familia y lo está haciendo.

Nunca había pensado en irse de Cuba y no lo consideró hasta que un amigo se lo propuso. No tenía dinero pero además abandonar la isla implicaba dejar atrás toda su formación porque al llegar a otro país haría cualquier cosa menos periodismo, pensaba.

Esa formación que dejaba atrás era su licenciatura en Español y Literatura y su máster en Estudios Socioculturales, además de estudios de periodismo. Sin embargo, también tenía que considerar que con los cinco contratos de trabajo que tenía recaudaba un máximo de US$ 50 mensuales. Yuset Báez González no tenía descanso ni tiempo para su familia: dictaba clases en la universidad, trabajaba en televisión, en Radio Reloj y escribía para el portal de arte Asociación Hermanos Saíz y para un periódico.

Ese dinero no le permitía tener una vida cómoda. Con 30 años vivía con sus padres y la familia se rebuscaba para satisfacer las necesidades básicas del hogar. 

Hoy le resulta difícil determinar en qué momento tomó la decisión, pero un día fue hasta lo de su amigo y le dijo: “Vamos a organizar todo que nos vamos”. Entonces habló con su hermano, pidió dinero prestado y salió de Cuba.

Su familia, especialmente su padre, aún no entiende la decisión. Pero un 13 de diciembre de 2017 se tomó un vuelo a Guyana Francesa y se fue, casi sin despedirse.

Priscilla Verdes, de 40 años, es docente en una escuela privada en Ciudad del Plata, departamento de San José.

El motivo por el que se vino Priscilla fue diferente. Su familia vivía cómoda en Venezuela. Agenor, su esposo, era abogado y tenía una compañía de transporte que era “bastante rentable”; y ella trabajaba en una escuela pública y en un colegio privado.

Su hijo Alejandro, de 17 años, estaba por terminar el bachillerato y al año siguiente debía empezar la facultad. Al realizar una recorrida por una universidad se dieron cuenta de que estaba en “franca decadencia”. El director, además, les contó que era peligroso. “Me quedo sin hijo”, pensó Priscilla Verdes, que tiene 40 años. 

Esta situación marcó un quiebre en su vida ya que hasta ahora se negaba a emigrar aunque su marido había insistido en la idea. Empezó a considerar que en Venezuela no podía darle un futuro a su hijo.

Trece días antes de partir, una noticia de su hijo cambiaría todo. “Mamá, Estefanía (la novia) está embarazada”, le dijo. Priscilla habló con la familia de la chica, de 18 años, y resolvieron que ella también vendría a Uruguay.

El viaje, que estaba previsto para enero, se atrasó hasta abril. En vez de ser cuatro, eran cinco; y en vez de hacer el viaje en avión, lo harían por tierra. Su esposo compró una van con 15 lugares y, como tenían espacio, contactaron por Facebook a seis personas desconocidas interesadas en trasladarse al país.

Un contacto en Uruguay

Una de esas seis personas era el hijo de una venezolana que vivía en Playa Pascual, en el departamento de San José. Juan Carlos, la expareja de la mujer, hizo las gestiones en Escuela del Plata, un colegio privado de la zona, para que cuando Priscilla llegara pudiera trabajar en ese lugar.

Priscilla es licenciada en Educación Especial, es máster en Gerencia Educativa y tiene diplomados en Trastorno por Déficit de Atención (TDA) y autismo. En esa escuela trabaja en la mañana como acompañante terapeútica de una niña autista de siete años y en la tarde es maestra de extensión.

Llegó un miércoles a Playa Pascual y al lunes siguiente ya estaba trabajando. “A ese chico le debo todo lo que se pueda deber en la vida, nunca voy a tener cómo pagarle”, cuenta a El Observador sobre el hombre que les prestó su casa mientras ellos buscaban otra para alquilar y que luego les ofreció la garantía de alquiler.

Yasser Vega, un venezolano trabaja en uno de los laboratorios del Centro Universitario de Tacuarembó de la Universidad de la República.

En todos los casos hubo alguien que los ayudó. Yasser Vega, un venezolano de 35 años, vino en marzo de 2016 a Montevideo a hacer un curso de Bioinformática. Allí conoció a Mónica Sans quien le comentó de la posibilidad de venir a trabajar a Uruguay haciendo investigación en el Polo de Desarrollo Universitario (PDU) de Diversidad Genética Humana del Centro Universitario de Tacuarembó.

En Venezuela, Yasser trabajaba en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), donde había hecho una maestría en Genética Humana. Para él, estar allí “era lo máximo”. Sin embargo, desde 2014 el Estado dejó de dar financiamiento. El sueldo que le pagaban era “una miseria”.

Había pensado en emigrar pero como una “cosa vaga”. “Ver que lo que mi país me había dado me lo estaba quitando, fue uno de los desencadenantes (de la decisión)”, contó a El Observador el licenciado en Bioanálisis (equivalente a ser bioquímico).

“Por suerte estoy haciendo un trabajo en mi área específica, que no es lo que le está ocurriendo a la mayoría de mis connacionales”, dice. Yasser hace investigaciones en el PDU y es docente. Además, está estudiando para recibir el doctorado en Uruguay.

El periodista realizaba en el noticiero un comentario semanal con el que los floridenses "se identificaron mucho". "Me escribían, me detenían en la calle", cuenta.

Por su parte, el periodista cubano tenía un contacto en Uruguay de unas conferencias a las que habían venido unos colegas. Yuset anotó el correo electrónico de Fernando Rodríguez y cuando estuvo en Montevideo se puso en contacto con él. Rodríguez lo invitó a su casa de Florida

Las visitas a la Piedra Alta fueron varias. Un día estaban mirando el programa Rompecabezas, del canal de cable local TVFlorida. Yuset le pidió para ir a conocer los estudios. “Hice un recorrido y vi las transmisiones. Pasé casi una mañana completa acá viendo cómo es el sistema de trabajo”, relató a El Observador sentado en la escenografía de aquél programa que llamó su atención por primera vez.

Desde que llegó a Uruguay el 28 de diciembre, el periodista hacía changas. Un día bajó rollos de telas de contenedores durante cuatro horas y le pagaron $200. También cargaba mudanzas y ahí le pagaban $150 por hora.

Cuando tuvo la cédula uruguaya -el 14 de febrero -, comenzó a trabajar en una empresa de limpieza. Pero su salario “no era muy bueno”: ganaba $12.000 y pagaba de pensión $9.000. Allí trabajó hasta el 9 de mayo de 2018, cuando renunció.

Al dejar de trabajar se contactó con Fabricio Álvarez, director del canal floridense. Al principio lo tomó con un contrato a prueba por tres meses, pero como obtuvo la licitación por una frecuencia de radio FM, Álvarez necesitaba contratar más personal y Yusset quedó fijo.

Álvarez le comentó a El Observador que el periodista es muy analítico. Lo define como un “caballero que tiene una educación de muy alto nivel”. Lo único que Yusset no sabía hacer era editar, contó.

 Yuset vive en Florida en la casa de Fernando Rodríguez. Con el dinero que gana en el canal le recarga el celular a sus padres, a su hermano y a uno de sus sobrinos. A Rodríguez lo define como un padre. “No hay otro ser humano como Fernando. Él no me permite que yo aporte económicamente para que le asegure el dinero a mi familia”, relató.          

La tranquilidad del interior

Yasser y Yuset coinciden que la vida en esas ciudades del interior de Uruguay es tranquila. El licenciado en Bioanálisis estaba acostumbrado a la vida de Caracas, una ciudad “convulsionada, con muchos problemas sociales, escasez de alimentos y violencia”. Llegar a Tacuarembó, entonces, fue un cambio radical: se sorprende de que las casas tengan un banco afuera, que no tengan rejas y que la puerta esté directo a la calle. 

Aunque disfruta de esa tranquilidad, a Yasser le gustaría que hubiera más lugares de esparcimiento, donde poder ir a tomar una cerveza con amigos, por ejemplo. Reconoce que es escasa la oferta de actividades culturales, porque no hay ni cine ni teatro. Por eso, cuando necesita algo más movido viaja a Rivera o a Montevideo.

La infancia de Yuset fue en el campo, por lo tanto para él no es extraña la tranquilidad de Florida. Al igual que a Yasser, le gustaría que haya una mayor vida cultural en la ciudad. De todas formas, disfruta mucho de las obras en el Teatro 25 de Agosto y de la “majestuosa” Catedral.

A Yuset le ha costado adaptarse a las costumbres uruguayas. Él define a su formación como revolucionaria y no entiende cómo algunos consideran que en Cuba hay una dictadura. “Tenemos conceptos totalmente diferentes de los que vivo en Uruguay, donde hay una constante lucha por el poder”, dice.

Priscilla nunca tuvo a Montevideo como punto de llegada. Las veces que ha ido no ha tenido una buena experiencia con los capitalinos: “la gente va por la calle y no saluda, te tropiezan y no te piden disculpas”. La docente los diferencia con los uruguayos del interior, a quienes define como más cálidos. En Playa Pascual se encontró una comunidad muy unida en donde todos le tienden una mano, más allá de que se “quejan por cualquier cosa”.

La docente y su familia llegaron a Uruguay el martes 23 de mayo de 2017 y ese jueves nació su nieta.

Priscilla, Yuset y Yasser llegaron a Uruguay y sus vidas dieron un giro de 180 grados. En el interior se encontraron con la “comodidad” para desarrollarse y la “oportunidad” de hacer lo que les gusta. 

Priscilla estuvo 34 días viajando en una combi con su esposo, sus dos hijos y la novia de uno de ellos. El dinero que traían para instalarse se fue “consumiendo” durante esos días. Cuando llegaron le quedaban, aproximadamente, 3.000 dólares. “¿Eso es suficiente para arrancar una nueva vida?”, pregunta. “Hay gente que viene con menos”, reflexiona.

          

 

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