Cuerpos encontrados en fosas comunes, denuncias de Amnistía Internacional de 31 tipos distintos de torturas, testimonios de disidentes que escaparon: Siria es terreno de masacre.
El conflicto que esta semana cumplió un año hizo que unas 33.000 personas escaparan a otros países y que otras 230.000 se refugiaran en diversas zonas del país. Uno a uno los pobladores fueron huyendo, dejando tras de sí ciudades vacías; con marcas de explosiones y ecos de bombardeos. Con huérfanos, abandonados y mutilados. Con mujeres solas. Sin casas.
El blanco del momento es Homs, una ciudad industrial de poco más de un millón de habitantes que desde el 3 de febrero es asediada a diario. Una periodista británica y un fotógrafo francés murieron ahí a mitad de mes, en un bombardeo a la casa donde se alojaba la prensa. A los pocos días llegó la delegada de Derechos Humanos de la ONU, Valerie Amos, y descubrió una realidad “traumática”: “No había nadie y la poca gente que vi estaba preocupada y dolida”. La acompañó gente de la Cruz Roja que no estuvo en la zona más de 50 minutos, los suficientes para darse cuenta de que los heridos de gravedad habían sido evacuados hacía días a las ciudades donde sí había sanidad.
Eso, en febrero y marzo. Antes, en octubre, fue Al Rastan, y en julio Hama y en marzo Deraa. Todas blanco de la masacre de Bachar al Asad.
Pero antes estuvo Kosovo, y Belgrado, y Sarajevo y Srebrenica. Kigali. My Lai. Hiroshima, Berlín, Dresde, Stalingrado, Londres. Y Guernica, en España. Y hasta Troya, cuando la Historia ni siquiera recuerda si lo atestiguó o no.
Las masacres son crueles pero no nuevas. Las ciudades atacadas se destruyen. Pero no se olvidan.