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Rosencof rebusca en su memoria en La caja de zapatos, su nuevo libro

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Mauricio Rosencof: "La memoria que no fijaste en cuatro líneas queda en el aire"

El escritor publicó La caja de zapatos, una nueva novela que dialoga con sus trabajos anteriores y que parte de recuerdos de distintos momentos de su vida

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20 de junio de 2021 a las 05:05

La memoria que se escribe deja de ser solo memoria. Se puede convertir en el cimiento para una historia de ficción, puede ser un recuerdo que se guarda para no olvidar, se puede transformar en un relato para compartir. Poner la memoria en papel o en un procesador de texto, escribirla a mano, con tinta o con letras hechas de pixeles, de unos y ceros, hace que deje de ser solo memoria y quede plasmada para la posteridad. La preserva. La hace tangible.

Las fotos o los videos también pueden ser memoria registrada. Las imágenes fijas, en particular, lo son porque capturan un segundo, una pose, una mirada, un rostro, una situación. Si está la foto, la memoria queda fija y acreditada. Puede venir otra persona, años, décadas o siglos después, y asegurar que esos que están en el retrato existieron, preservados y con la capacidad de ser recordados por personas que incluso nunca las conocieron.

El tiempo va a seguir pasando, inexorable. El mundo puede cambiar, los barrios pueden transformarse, los niños convertirse en adultos y luego en ancianos, pero la memoria queda. Ahí no pasa el tiempo. Y esa es una de las razones por las que Mauricio Rosencof escribe. Para dejar testimonio y preservar memorias y recuerdos.

Rosencof, a punto de cumplir los 88 años, volvió a sentarse ante su vieja máquina de escribir Olivetti para teclear el texto que se convirtió en La caja de zapatos, su nueva novela. Un libro de memorias en distintos sentidos, tanto porque los recuerdos de su narrador son en buena medida los del autor, como porque la memoria es uno de los ejes de la narración.

Su protagonista es un hombre encerrado en un calabozo, minúsculo y solitario, en el que espera encapuchado. Bajo la tela recuerda. Vuelve al barrio de su infancia y juventud, a los bailes en el club, a los tangos, los picaditos, los primeros romances, a la estampa de sus vecinos más pintorescos y procedentes de todos los rincones posibles de Europa, como su propia familia, a cuyos recuerdos también recurre, en particular a los de su madre. Y después vuelve al encierro, a las caminatas en el lugar, a la soledad, a los golpes en la puerta que por costumbre ya le permiten reconocer si lo que viene es un plato de comida vandalizado por los guardias, una visita o un oficial.

El libro incluye además un análisis a cargo de la docente Leticia Collazo, que está trabajando en un libro propio sobre los textos de Rosencof nacidos de las memorias del barrio y de la prisión. El escritor consideró que el ensayo tenía que estar presente en la edición dado que tiene como uno de sus ejes una asociación entre su obra y la del escritor y periodista checoslovaco Julius Fucik, célebre por su Reportaje al pie del patíbulo, escrito mientras era captivo de los nazis, quienes lo ejecutaron en 1943, y que para Rosencof fue “un material de iniciación en el mundo militante”.

Un hermano muerto, una vecina con un extraño tatuaje de un número en la muñeca, un cultivador compulsivo de maíz, un amigo salido de un relato del realismo mágico y un prisionero que busca ser retratado para dejar constancia de su existencia, para poder ser parte de la caja en la que se guardan los recuerdos familiares, son algunos de los protagonistas de La caja de zapatos, que también dialoga con otras obras del extupamaro como La calesita de doña Rosa, Conversaciones con la alpargata y por supuesto, Memorias del calabozo.

¿Es La caja de zapatos un libro de memorias?

Nunca me lo pregunté, pero ahora que lo pienso, creo que lo es. Todo es memoria, todo lo que narramos pasa por ese territorio. Está ese personaje con la capucha en el calabozo, sin comunicación, que crea un mundo de memoria y convive con esos individuos que recuerda. Él descubre que la memoria no tiene almanaque ni vencimiento. Crea un mundo alternado con el mundo real, porque la memoria también lo es. Se vincula con el niño que fue y que aparece cuando le da la gana, que no envejece, porque en la memoria no se envejece. Piensa en las fotos que fijan lo sucedido, que muestran a sus tías y a la familia, y que están en la caja de zapatos que tenía su madre en el ropero y que dan crédito de que existieron. Y él tiene la necesidad de ser parte de esa caja de zapatos. Por otra parte, está lo que le entra por los oídos en ese calabozo. Oye gritos, ruidos y taconeos, generan memoria y tienen que ver con el origen de los sentimientos, porque la memoria tiene recreos.

¿Escribe para preservar esas memorias?

Sí. La memoria que no fijaste en cuatro líneas queda en el aire. Por eso escribimos Memorias del calabozo con el Ñato (Eleuterio Fernández Huidobro), con la supervisión del Pepe (José Mujica), que nos decía “a ver qué hicieron” cuando volvíamos de Las Toscas, donde lo escribimos. Para nosotros era un aporte a la memoria y lo hicimos para dejar testimonio. Eso que está escrito pesa toneladas, lo otro se diluye. Somos nuestra memoria.

Mauricio Rosencof junto a su biblioteca

¿Cómo es el proceso de escarbar en la memoria propia para escribir, ese trabajo autobiográfico?

Todos los que escribimos lo tenemos presente, porque las experiencias vitales son las que más quedan. Es el “confieso que he vivido” de Pablo Neruda. Los recuerdos son hálitos que refrescan el alma, las risas, la pelota de trapo. Y es también una conversación entre generaciones, porque ese adulto preso del libro dialoga con el adolescente con berretines de galán, o con el niño. Hay un juego de quién es el que las recuerda.

¿Hay algo de nostalgia en esos recuerdos o es solo una forma de rescatar lo que ya no existe?

No hay forma de volver, pero se puede traer esos recuerdos al presente. La memoria tiene eso: vos en el calabozo no estas peinado como en el recuerdo del baile de tu juventud. Pero haber sido hace que siga siendo. Vos en el calabozo tenías tus fantasías, y cuando eso se agotaba apelabas a la creación. Cuando estás ahí adentro y recurrís a la memoria, nada se termina. En los recuerdos los amores son sin punto final.

Más allá de la conexión obvia con su período en la cárcel, la capucha del protagonista también se puede trasladar a otros de los protagonistas de este libro, como la madre del prisionero que trae la carga de su propio pasado, de su vida familiar y de la herencia de la segunda guerra mundial y el Holocausto judío que atraviesa a su familia.

Si, está eso también. La capucha también es la de mi madre, que llega a Uruguay desde Polonia con su hijo, sin su esposo. El hijo que viene con ella muere, y después tiene otro. En un momento llega una carta de Francia que cuenta que mi tía, hermana de mi padre, fue liberada de Auschwitz, y ella pregunta “¿para mí no hay nada?”.

¿La escritura es una forma de seguir procesando lo que vivió en el calabozo?

No sé si algo así se procesa en algún momento, sino que está ahí y se mete en lo que hago. A mí me gusta salir a caminar, pero cuando llueve y trillo en casa, ese gesto se asocia con lo que hacía en el calabozo, que también caminaba. Claro, acá en casa tengo más espacio, es la plaza Independencia al lado del calabozo (risas). Es un flash que se cruza, y está en otras cosas también, se aparece cuando menos lo esperas. Aprendí a escribir con el decálogo de Horacio Quiroga, que decía que no hay que escribir de las cosas cuando las vivís, sino que tenés que pensarlas, dejarlas descansar, y ahí sí. Ese proceso es bueno para el alma y para la escritura.

El nuevo libro de Rosencof cita y se vincula con otros de sus textos recientes

La caja de zapatos hace referencia a otros de sus libros y tiene una continuidad. ¿Cómo va trazando esa conexión?

Es como una saga, en particular con algunos de los últimos libros que he escrito, como La segunda muerte del Negro Varela, La calesita de doña Rosa (que es mi madre), El barrio era una fiesta y La vida privada de la Tota. Es todo uno. Y sale así porque son relatos del mundo que viví. Es aquello de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Son las luchas, las desgracias, la imaginación, el campito, la cana. García Márquez tiene Macondo, Onetti tiene Santa María y yo tengo mi barrio. Es algo que sale naturalmente.

¿Hay alguno de los recuerdos revisitados para La caja de zapatos que atesora particularmente?

La memoria tiene muchos recovecos, por ahí hay algo que tenías olvidado y se te presenta. Y hay una escena que tiene que ver con eso. Una situación que nunca la pensé, y que no sé porque vino. Cuando era joven mis viejos querían que tuviera alguna habilidad con utilidad pública, y preocupados por mi formación cultural, me mandaron a estudiar violín, con un profesor que se llamaba Roque Pietrafesa, y que era conocido porque había compuesto La canción del pirata, un tema que sonaba bastante en ese momento por la radio. Y ahí aprendí cosas que me gustaban, algo de tango, piezas de Schubert. Pero además de eso, mis viejos junto al violín me habían dado dos partituras, la de Eili, Eili y la de Hatikwa, por un tema de pertenencia. Y yo ensayaba en casa, me encerraba en mi cuarto, que también se usaba para otras cosas, mientras mi madre trabajaba en la cocina, que era el espacio donde desarrollaba la mayor parte de su actividad diaria, y mi padre trabajaba al frente de la casa en su taller de costura. Y recuerdo que empecé a tocar Hatikwa, que significa “esperanza”, y los sonidos de esas tareas desaparecieron y aparecieron otros: mis padres se habían pegado a la puerta de mi cuarto para escuchar la canción. Cuando terminé de tocarla, los escuché volver a lo que estaban haciendo.

¿Tener buena memoria ayuda a escribir recuerdos?

La memoria es un patrimonio de la humanidad. Cuando a veces uno se cruza con algún vecino en la feria que te dice “tendrías que escribir mi vida, mi vida es una novela”, sin duda lo es. La vida de cada uno es una novela, solo hay que escribirla. Mi mérito es haber terminado el curso de dactilógrafo en Academias Pitman y escribir. Todos tenemos algo que contar, y todos tenemos en esos relatos algo que toca al resto, que se conecta con los recuerdos, con las experiencias de otros. Es una forma de comunicación.

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