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Rosencof y las memorias de la intelectualidad nacional del siglo XX

¡Que nunca falte! recopila las entrevistas que el escritor le hizo a personajes como China Zorrilla, Eduardo Galeano, Líber Sergeni y Tomás de Mattos

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27 de julio de 2018 a las 05:00

Mauricio Rosencof tiene 85 años y todavía escribe. Y sale a caminar y piensa y lee y vive y se entusiasma. Y también recuerda. Esa palabra es la definición y la razón del último libro que llega a las librerías uruguayas con su nombre, un compilado de entrevistas que el periodista, novelista, dramaturgo, poeta y exdirigente tupamaro realizó a personalidades uruguayas entre 2001 y 2004 en televisión. El programa, que se emitió en TV Ciudad y se llamó ¡Qué nunca falte!, le da nombre al libro y rescata testimonios alternativos de China Zorrilla, Eduardo Galeano, Carlos Maggi, Walter Tournier, entre otros nombres que coronan un tomo cuya misión es rescatar la memoria cultural del país. Poniendo pausa a la emoción que tiene por la adaptación al cine de su libro Memorias del calabozo –que llegará a Uruguay el 20 de setiembre–, Rosencof habla de leyendas que ya no están y amigos que lo dejaron, pero que en el fondo sabe bien que siguen en esa misma sala con él. Al fin y al cabo, eso es la memoria.

¿Por qué se le ocurrió llevar las entrevistas del programa a este libro en este momento?
Durante aquellos cuatro años en los que el programa estuvo al aire pasó la flor y nata de la intelectualidad, de la dirigencia política y varios historiadores. Fijate que está (Eduardo) Galeano, está (Mario) Benedetti, (Líber) Seregni, Tomás de Mattos, China Zorrilla. Y además el tono y la característica de las entrevistas conseguía lograr empatía, comunicación. Ahí no había preguntas con cáscara de banana, era un tuya y mía sobre historias que más o menos conocíamos sobre ellos y que no se habían contado en otro lado. Terminaba siendo una especie de sobremesa, en confianza y con afecto, de cosas que no estaban en otro lado. Era una buena idea rescatar eso.

La entrevista a Walter Tournier, por ejemplo, es un pedazo de la historia de la cinematografía uruguaya. Hay temas muy intensos, muy dramáticos, y personales. Algunos de esos programas todavía se repiten y la gente a veces todavía me saluda con el nombre del programa: "¡Que nunca falte!", me gritan.

La idea, entonces, era dejar por escrito esos testimonios de personajes que ya no están.
Claro. El libro recoge las cosas que ellos nunca contaron en otro lado. Por ejemplo, Seregni cuenta que cuando fue capitán del ejército, lo mandaron a México a estudiar a una universidad astronómica para aprender sobre las estrellas y así fijar un punto en la tierra. Y que justo en ese momento cae la bomba en Hiroshima, y en honor a ese suceso planta allí un árbol. Cuando sale de la cana, regresa a ese sitio a visitarlo y se encuentra con que el árbol es frondoso y tiene una placa en su honor. Ni a mí en mis poemas se me ocurrió algo así de redondo. No es algo que esté en los informes o en las entrevistas más comunes, pero es esencial en su vida.

¿Hay una historia en particular que recuerde con cariño?
Te diría que todas, con afecto todas. Con China (Zorrilla), con Eduardo (Galeano), con Mario (Benedetti), con Seregni mismo, éramos muy cercanos. Y hay algunas cosas que se pueden rescatar siempre. Cuando Fernando Butazzoni explica que fue combatiente en Nicaragua, mira qué momento para decirlo con todas las cosas que están pasando. Él cuenta cómo cinco gobiernos de cinco países distintos, incluyendo al Estados Unidos de Carter, facilitaron el desembarco, el armamento y la locomoción para que el régimen de Somoza se viniera abajo. Lo cuenta un protagonista que estuvo allí. Hay también varios recuerdos que surgen conversando con ellos. Como cuando en un partido de Nacional con Benedetti, que era bolso como yo, se subió a la punta de la torre de los homenajes del Centenario para tirar volantes en un acto de militancia, asmático como era él. Y después bromas, anécdotas y otros recuerdos. El programa se caracterizó por recoger la memoria pequeña, esa que se guarda con cariño, la que vive contigo toda la vida, y que en un coloquio que termina con una copa de vino, nos vamos contando. Eso también es el libro.

¿Le interesaba particularmente la entrevista como herramienta periodística?
En aquel momento me interesó mucho. Yo hice periodismo siempre, pero me gustó esa idea de hacer algo cargado de historias y silencios largos...

El silencio dice mucho a veces.

Sobre todo cuando dura 13 años.

A sus 85 años sigue escribiendo ¿cómo son sus rutinas de escritura hoy?
Todo sale de caminatas que hago. Hay otros que le ponen ocho horas de trabajo y listo. Pero yo no puedo; yo doy vueltas alrededor de los temas que me importan mientras camino, hasta que agarro uno. Ahí dejo los problemas de la luz, el alquiler, de lado, y salgo a la rambla. A veces se me ocurre algo, pero resulta que me olvidé del lápiz, entonces paso por el kiosco pido prestado papel y algo para anotar y voy armando algo allí. "Se te ocurrió algo otra vez, Ruso", me dicen los que atienden el local.

¿En que está trabajando ahora?
Ahora terminé La barca de la tota, una novela. La están tecleando y creo que sale a fin de mes.

¿La están tecleando porque escribe a mano?
No, escribo en una Olivetti de la que mi mujer consiguió cintas de repuesto en Mercado libre, porque ya no las venden. La computadora la manejo, pero lo hago con la solvencia de quien prende y apaga una luz. Pero escribir no, porque una vez apreté un botón y se me borró todo. Y bueno, estoy con eso, con La barca de la tota. Después, Memorias del calabozo se reedita en España, (Emir) Kusturica la editó en Serbia, Banda Oriental saca una edición por la película.

Carlos Maggi aparece en el libro, estaba en sus tertulias en el programa En Perspectiva y era muy compañero suyo ¿Cómo lo recuerda?
Era un amigo del alma. No lo extraño porque lo tengo siempre presente. Pasamos por cosas muy importantes juntos, pero además era un referente lúcido, sensible. Todas estas cosas que yo publico, las que hacía antes, él era el primer lector. Le decíamos "el pibe", porque parece que de botija le ponían una gorra y se parecía al pibe de Chaplin.

¿Qué está leyendo en este momento?
Ahora estoy leyendo a Felisberto Hernández. Es de los grandes autores del Uruguay. Pienso y pienso cómo pudo haber escrito esas cosas hace tantos años, con tanta inventiva. Y además, aunque lo valoren mucho, no lo hacen todo lo que merece. Cada tanto lo picoteo. La imaginación que pone para escribir es impresionante. Y, después, en general vuelvo a agarrar clásicos de la literatura.
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