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Moreira: un líder del siglo XIX y los silencios que no hacen bien

Las mayorías no siempre pueden aquilatar el traspié ético de un dirigente

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08 de febrero de 2020 a las 05:01

Faltaban pocos días para la primera vuelta en la que los uruguayos iban a elegir nuevos legisladores y en la que se empezaba a transitar la recta final de la elección del nuevo presidente; la campaña estaba en estado de histeria, con recorridas interminables por los parajes más escondidos de Uruguay. Beatriz Argimón iba camino a Caraguatá cuando alguien la llamó para informarle lo que ya otros sabían desde hacía una horas: había “unos audios” que involucraban al intendente de Colonia, Carlos Moreira. “¿Qué dicen?”, preguntó la futura candidata a vice –silencio prolongado–.

El escándalo ya había explotado vía Whatsapp y en minutos lo publicarían los medios. Cuando bajó del auto la esperaba un grupo de dirigentes nacionalistas de primera línea –silencio incómodo–. Argimón dijo entonces que Moreira no podía seguir en el Partido Nacional. “Hay que echarlo”.

Lo que siguieron fueron intensas negociaciones, algunas con un estilo muy similar al que ha caracterizado a Moreira en su larga carrera política. Qué hacemos, cómo le decimos, pero si es Carlitos, pero si se tienen mucho cariño con Luis (Lacalle Pou), pero si él es así. Todas formas de hacer política que de a poco, creemos esperanzados, deberían dejarse atrás. Hasta que se “negoció” que el intendente renunciara al Partido. Así se saldó por un tiempo un problemón que podía afectar seriamente las chances de Lacalle Pou de ser presidente.

Solo tres meses y medio después Moreira volvió al ruedo, luego de una exitosa votación en las nacionales. Volvió y dijo que se candidateaba de nuevo a intendente. Todas las elucubraciones que hagamos sobre lo que pasó o no pasó antes y sobre qué llevó a la difusión pública de un audio vergonzoso son la parte menos importante de esta historia. Porque incluso si se confirma que al intendente de Colonia le hicieron “una cama” y que todo fue una estratagema para perjudicarlo políticamente, eso no lo exime de lo único importante en este escandalete: un jerarca que ostenta un puesto de poder no debe, ni en serio ni en broma, usar su investidura para siquiera hablar de cargos o cualquier otro tipo de beneficios al mismo tiempo que pide y ofrece sexo. Si Moreira habló “en bromita” o lo hizo en serio, es en este caso irrelevante.

En épocas de Whatsapp, videos robados y filtraciones, es de una inocencia de otra época arriesgarse a que comentarios de ese tipo se filtren. Pero en cualquier época, al menos moderna, lo que hizo Moreira es éticamente deplorable, aunque no haya cometido delito, como lo determinó esta semana la fiscal que tenía el caso en sus manos.

Quiero creer que a eso se refería Argimón cuando dijo, al enterarse de que Moreira se candidateaba, que “el Partido Nacional del siglo XXI no puede aceptar que sea candidato”. Quiero creer que es lo mismo que pensaron algunos jóvenes del Partido Nacional que se manifestaron de una forma similar. No sé qué pensar, en cambio, de todos los dirigentes nacionalistas que decidieron guardar silencio.

Entrevistado esta semana en Primera Mañana de El Espectador, Álvaro Delgado (electo senador y futuro secretario de la Presidencia) dijo: “vamos a esperar” y eludió las preguntas para diferir la responsabilidad al Directorio del PN. Hay diferentes teorías sobre si lo que decide la Convención departamental es suficiente para que un candidato pueda presentarse bajo un lema como el del Partido Nacional aún con la negativa del partido, pero para Moreira esto es posible ya sea que lo acepten de regreso o no.

Delgado no quiso dar su opinión, aunque dijo que la tenía, pero sí recordó que la fiscal que investigó el caso archivó la causa, “un tema no menor”. “Una cosa es una candidatura con una causa abierta y otra si está cerrada”. Pero, ¿cuál es la diferencia en ese fondo del asunto al que hacía referencia antes? No hay delito, de acuerdo, pero la falta ética grave sobre la que se pronunció la comisión de los blancos cuando explotó el lío –que llevó a que recomendara al PN la expulsión de Moreira–, es igual de grave ahora como antes. Nada cambió al respecto desde octubre, salvo los votos que apoyaron con fuerza a Moreira.

Los audios fueron “adulterados” concluyó la fiscal, pero la adulteración –que es un término usado vagamente en el dictamen– puede implicar corte y ediciones, pero lo que no supone en este caso es la simulación de la voz de Moreira. El que hablaba era el intendente de Colonia, como él mismo lo reconoció. Y dijo lo que dijo, tal vez con más palabras que fueron recortadas.

La Junta de Transparencia y Ética Pública (Jutep) concluyó que las conductas del intendente de Colonia, Carlos Moreira, y la edila María José García “suponen la violación de los principios de interés público, probidad, legalidad e imparcialidad”, previstos en las normas de la función pública.

La democracia es el sistema menos imperfecto entre los que han encontrado los humanos para gobernarse. O al menos es lo que ha probado la historia hasta el momento. Para que funcione se deben respetar las decisiones de las mayorías. Pero las mayorías no son, no somos, infalibles y no siempre están en condiciones de aquilatar el traspié ético de un político que fue tres veces intendente, que conoce al dedillo su departamento y que tiene amigos allí. Es decir: a Moreira lo votaron y seguramente lo votarán, pero esos votos no borran la metida de pata gruesa que se mandó ni hacen desaparecer una conducta reprobable.

Otro dirigente de primera línea del PN, Jorge Gandini (que ocupará la banca al Senado que ganó Moreira) justamente salió por la tangente invocando a la democracia. “Yo no respaldo a Moreira, respaldo a la población del departamento que siete días después de que Moreira renunció al partido, en medio de la convulsión pública, fue la lista más votada”, dijo. “El soberano”, como dijo Gandini, es el que decide elecciones. Pero cada hombre y mujer, incluyendo a los que deciden qué se hace y qué no en el Partido Nacional, tienen principios éticos propios que, en el caso de los dirigentes, no deberían mantenerse en privado para evitar un enfrentamiento con un compañero.

El 18 de octubre, cuando se viralizaron los audios, Lacalle Pou sí tomó posición en una tensa conferencia de prensa y respaldó lo decidido por Jorge Larrañaga y Argimón. “Es un momento difícil personal y políticamente. A uno le gustaría que estas cosas no pasen, pero cuando pasan no se puede mirar para el costado”, dijo. A su lado la presidenta del directorio también hizo pública su opinión. “Este tema no admite dobles lecturas”. Todo indica que si hay doble lectura, al menos de parte de una buena proporción de sus correligionarios más influyentes.

Y ahí viene el argumento, poco esgrimido pero valedero, de que la gente se puede equivocar. Es verdad, todos nos equivocamos. Y lo que indica la ética más básica es que cuando metemos la pata es hora de hacer autocrítica y pedir disculpas. Tal vez se me pasó pero nunca escuché ni leí ninguna autocrítica de parte del intendente. Esta semana su actitud fue desafiante y triunfalista. Habló de “maniobra vil” que quedó descartada por el archivo del expediente y dijo que estaba “firme y enojado. Ahora tengo muchas más ganas”. Con o sin maniobra, Moreira volvió a hacerse el distraído sobre su forma de manejar el poder y la intimidad. Formas de hacer política del siglo XIX y lastimosamente del XX, que seguimos sufriendo en el XXI.

Algunos blancos lo admiten, pero no los suficientes, ni siquiera la mayoría.

Esta semana escuché a un senador estadounidense que fue candidato a presidente decir con voz calma y grave: “Un presidente puede cometer actos contra la confianza pública que son tan notorios que, si bien no son delitos legales, exigirían su destitución”. Era Mitt Romney, el único de los republicanos que decidió escuchar a su conciencia y votar el juicio político a Donald Trump, que finalmente no prosperó.

Mientras hablaba hizo una pausa, tal vez de duda, tal vez de emoción. Sabía que su decisión tendría consecuencias no prácticas en cuanto al destino del presidente, pero sí probablemente para el futuro de su propia carrera política.

“Si tuviera que ignorar la evidencia que se ha presentado, y hacer caso omiso de lo que creo que mi juramento y la Constitución me exigen en aras de un fin partidista, me temo que expondría a mi personaje a la reprimenda de la historia y a la censura de mi propia conciencia”, dijo en un momento de su discurso.

Al final se trata de eso: la conciencia propia. Se trata de escucharla. Siempre está, aunque solemos acallarla con argumentos débiles pero efectistas.

La política es una carrera de 100 metros en algunos momentos, y una maratón en otros. Lo que ahora puede parecer una toma de posición difícil para con un correligionario de años y un dirigente de peso, es una obligación moral para el futuro de los que tendrán la tarea de construir ciudadanía y, con ella, a este país. Es hora de cambiar sí, también a la hora de reproducir fidelidades imposibles y endosar, incluso con el silencio, conductas inadmisibles.

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