3 de julio 2022 - 5:00hs

Van cuatro meses desde la invasión rusa a Ucrania sin que se hayan cumplido los objetivos de Putin de corto ni de mediano plazo. Ni Ucrania cayó en 72 horas como esperaba el Kremlin ni se pudo establecer control significativo sobre importantes zonas de Ucrania. Para sorpresa de todos, de propios y de ajenos, Ucrania liderada por su presidente Volodimir Zelensky, resistió el primer embate y luego se hizo fuerte en torno a las principales ciudades. Incluso retomó la iniciativa he hizo retroceder tropas rusas causando muchas bajas, inesperadas para el Kremlin.

En estos cuatro meses, los países de Occidente han cambiado sus ambiguas políticas de antaño y han apoyado con dinero y con armamento al país invadido. Al mismo tiempo han aplicado severas sanciones económicas a Rusia y han reducido compras de petróleo y gas, recursos energéticos de los que eran excesivamente dependientes. Por su parte, Suecia y Finlandia han quebrado décadas de neutralidad y han pedido la incorporación a la OTAN. Superada la incomprensible oposición de Turquía, se ha realizado dicha incorporación. La propia OTAN ha activado más reservas militares y ha cambiado su concepto de defensa estratégica para tener más capacidad de respuesta.

Al mismo tiempo se han hecho sentir efectos colaterales en la economía: altos precios de la energía, escasez de combustibles, disrupción de cadenas de suministro, y aunque no totalmente atribuible a la guerra, una mayor inflación. De hecho, la inflación ya venía impulsada por la enorme expansión monetaria de la FED durante la pandemia y también por la laxitud del Banco Central Europeo. De modo que echarle la culpa a Ucrania por el alza récord de la inflación es una forma de quitarse la culpa por un erróneo manejo monetario en los últimos años.  Dado que Putin no puede vencer a Ucrania en el campo militar, o le llevaría muchísimo esfuerzo del que no dispone, su estrategia es realizar una guerra de desgaste con la esperanza que la opinión pública de los países occidentales se vuelva contra los gobiernos para que se “olviden de  Ucrania” y dejen de asistirla económica y militarmente.

De esa manera, Ucrania se verá forzada a ir a una “mesa de diálogo” con escasa capacidad de negociación y con muy  pocas posibilidades de mantener su integridad territorial.

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Obviamente esta guerra tiene que terminar y esto se termina dialogando. Lo que no puede ocurrir es que tu vecino se meta en tu casa, tu te defiendas y luego te digan que hay que ir a una mesa de diálogo y ceder una parte de tu casa en aras de la paz.

Por algo están los principios de derecho internacional sobre la autodeterminación de los pueblos y el respeto de la integridad territorial. Por eso Ucrania importa. Porque es el renacer moral de Occidente que tanto tiró por la borda en las últimas décadas en búsqueda exclusiva de bienestar económico a cualquier precio.

Y por eso llama la atención que varios países latinoamericanos como Argentina y Brasil miren este asunto de costado y no tengan reparos en reunirse con Putin en la Cumbre de los BRICS, de donde salen hipócritas llamados al dialogo y a la paz.

Por suerte, hay otros como el presidente chileno Gabriel Boric, supuestamente más de izquierda que Bolsonaro y Fernández, que apoya a Ucrania y le dice a Zelensky, en conversación telefónica de ayer viernes, que en Chile, Ucrania tiene un amigo. El mismo Chile que condena sin ambigüedades a Venezuela, Nicaragua y Cuba.

De modo que es vital no olvidar a Ucrania ni darle la espalda. Porque allí se juega un partido muy importante no solo para Ucrania sino para Occidente y su rearme moral.

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