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14 de noviembre 2021 - 5:00hs

No sé cuántos son los que todavía leen entre líneas, frase a frase, de principio a fin, tal cual debe leerse cuando la inteligencia es la principal invitada a la ceremonia del pensamiento. Es uno de los problemas de comunicación principales de la era de Twitter: las cosas se leen por encima, al puro descuido, de pasada, y no línea por línea, de la forma intensa como leíamos los libros de Tolstoi o de Scott Fitzgerald, en espera de la frase genial que tarde o temprano hacía su aparición. Antes la gente llamaba por teléfono para saber sobre el otro o contarle algo importante. Hoy, puesto que proliferan los medios para comunicarse con los demás, los individuos se “comunican” para no decir nada, ni siquiera un hola o un adiós conteniendo emociones verdaderamente humanas. Si cada vez son menos quienes leen entrelíneas, despacito, incluso más reducido es el grupo de los que escriben entrelíneas, esto es, que saben la diferencia entre el indicativo y el subjuntivo. La reescritura ha desaparecido, y sin ella son nulas las aspiraciones de perfección. Hemingway reescribió Por quién doblan las campanas 47 veces. Solo le faltó pesar las palabras. Hoy en día se lee y se escribe tan mal, que la inexactitud y la liviandad de ideas a la hora de emitir juicios es un signo dominante. Tiempo atrás un lector me escribió una extensa carta comentando el contenido de una mis columnas. Le dije que había sido un placer leerlo y releerlo. Quedó sorprendido cuando le informé que nunca leo los comentarios que dejan los lectores debajo, en la sección correspondiente, pues la realidad me ha demostrado que la gran mayoría de las veces están escritos con descuido, desprolijidad y total falta de respeto por el idioma y sus reglas. No tengo tiempo como para pasar tres horas intentando descifrar una frase ajena. A esta altura de la vida es una obscenidad andar perdiendo horas valiosas en pesquisas gramaticales para tratar de saber qué quiso decir alguien. La curiosidad puede tener un comportamiento compulsivo, pero no da para tanto.

Las frases son las que acompañan las noticias del pensamiento, manera de consignar la realidad sin pedagogía. Son esas joyas que cambian percepciones, que alteran mundos, que traen existencias nuevas a las ya habidas. Cuando a los 15 años de edad leí este verso de Jean Arthur Rimbaud, mi vida nunca volvió a ser la misma: “Y en cuanto llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades” (me conmovió saber mucho tiempo después que Neruda citó ese mismo verso en su discurso del premio Nobel). Juan Carlos Onetti ejerció maestría al escribirlas. Como estas dos: la primera proveniente del cuento largo Los Adioses, que describe la sensación de un ex basquetbolista al reconocer, desconociéndolo, a su cuerpo devastado por los estragos de la tuberculosis: “Y el hombre fue atrapado por el espejo al pasar”. O esta, otra joya, de Bienvenido Bob, cuando el narrador protagonista descubre en la imagen física de quien fuera su amigo la terrible paradoja de la vida; el sentirnos mentalmente iguales a siempre, aunque el cuerpo opine lo contrario: “Comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás”. Joseph Heller afirmaba que la literatura no es más que esa frase genial que de pronto aparece.

En sus aforismos, de apenas una línea, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), ese español que anduvo exiliado en Buenos Aires –dicen, quienes lo conocieron, que era mal tipo–, escribió algunas de las cláusulas más brillantes de la literatura, a las que llamó greguerías, que para mí suena como agregar algo a la imaginación. Aquí un par para saborear: “La morcilla es un chorizo lúgubre”. Y: “Como daba besos lentos, duraban más sus amores”. También los chinos y los japoneses (cuyas geishas tienen pies intencionalmente pequeños) practicaron el difícil arte de lo muy escueto y casi mínimo: los haikus y las tankas celebran la concisión de la inteligencia. A esta, a lo largo de los siglos, le ha gustado abreviar; de allí que exista una gran literatura de frases cortitas y el pie, maravillosas pinturas en tamaño foto carné (algunos de los cuadros de Brueghel tienen esa extensión: hay uno en Houston así de chiquito), y música sublime que cabe en tres minutos y pico (de zorzal), como la que compusieron Franz Schubert o Lennon y McCartney. Nacido en la sureña ciudad de Oxford, Mississippi (lugar en medio de la nada al cual llegué en ómnibus una tarde de calor insoportable), William Faulkner, creía que todo lo que un hombre tiene para decir cabe en una sola frase. Busco esa frase en muchos libros largos suyos y encuentro más de una genial. Faulkner fue varios hombres.

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La historia de estos días, inteligente, tecnológica y bárbara, llega incluso más lejos. Abrevia todo hasta el grado de quedarse callada (también el silencio es un arte gratis). La historia del presente, extremista hasta en esto, podría prescindir incluso de palabras (y el Twitter va por ese lado, al permitir solo 280 caracteres por mensaje). No es una historia muda, sino una que habla con palabras afásicas: con gestos, imágenes, y acontecimientos que representan una geografía del pensamiento desconocida, al menos todavía indefinible en forma exclusivamente racional. Por lo tanto, si es verdad la máxima moderna de que “una buena imagen dice más que mil palabras”, la cantidad de imágenes registradas desde que existe la cámara fotográfica daría para dejar muda a la Humanidad completa por varias semanas. El silencio, a pesar de que el ruido quiera meterse en la realidad cotidiana por todos lados a los codazos, no perdió vigencia.

Extrañamente (a la condición humana la define el estado de perpetuo extrañamiento que la visita), miles de las mejores imágenes captadas por el ojo humano agazapado detrás de una cámara pertenecen a momentos de guerra o destrucción. Emerge entre las ruinas y la muerte antes de tiempo una belleza que puede vivir a solas, impulsando la poética de una estética multidimensional que persiste para ser encontrada. Cientos de fotos estremecedoras, recién salidas de miradas que estaban justo en el lugar donde la historia ocurría, como las de Robert Capa en la batalla de Normandía, han quedado atrapadas en su sublime agonía sin fecha de vencimiento. En ellas, o en las que Sebastião Salgado sacó y las guerras son otras, la muerte es inminente o ya llegó. Su impaciencia se emparenta con lo sublime.
Las fotografías, y en eso radica parte de su opulencia a primera y segunda vista, captan instantes en fuga cuando la vida cabe completa en milésimas de segundo, eternizando instancias temporales que en la realidad parecieron tener más horas que de costumbre y cuyo padecimiento no puede rebobinarse de idéntica manera; sigue estando allí, pero de manera diferente. Representan recuerdos con apariencia de deseo. Las imágenes son eso, eso como certeza y abstracción: un depósito de fotogenia que trae escenas reconstruidas de la destrucción, más bien, la plenitud de esta tras haber ocurrido. Antes serían consideradas imposibles, después se convirtieron en la imposibilidad realizada: un primer plano de la irrealidad que la realidad no pudo quitarse de encima y por eso lo preserva en estado trascendente.

Las fotografías donde la muerte y la destrucción provocadas por la mano del hombre son actrices principales resulta el mejor registro visual de un sentimiento universal y desconsolado, aunque para nada mundano. Lo constatamos en los días actuales, cuando los reportes visuales publicados tras la cumbre sobre el clima realizada en Glasgow días atrás, presentan a la naturaleza del planeta en toda su dimensión de ruina brutal. Esas imágenes fijas tienen ritmo y pánico propio. Todo dentro de ellas resulta verídico, pero la realidad es tan real que pierde verosimilitud. Las fotos que captan la miseria humana y planetaria en sus diferentes dimensiones resultan bastante más que retratos impostergables: son la sensación preservada de un sentimiento aborrecible, de pánico y desconcierto ante nuestra propia condición. Es lo que vemos y presentimos al recorrer las imágenes que dejan momentos de la historia visitados por el desastre, como, por ejemplo, el ataque terrorista del 11S2001, o el terremoto-tsunami ocurrido en Japón en marzo de 2011. En las sobredosis de humo, de edificios hechos añicos, de cadáveres y llantos desconsolados, la visualidad fue salvada por los ojos que andaban a la pesca de visualidades venidas del infierno, para que la historia pudiera así hablar sin necesitar palabras. En esos sucesos, como en otros donde el mundo da la idea que se acaba, las imágenes llamaron al número de emergencia y la imaginación de lo real respondió. En ellas hay un acto de equidad: la ficción no se siente superior a la realidad. Son confidentes de un suceso –que se representa sin ningún esfuerzo–, pero, por encima de todo, son confesoras de un padecimiento que empezó siendo noticia de último momento y que, aun sin terminar, sigue recordando que los últimos momentos pueden llegar en cualquier instante. Siempre sucede así.

Aunque el arte de vida contenido en los registros fotográficos atestigua un signo imborrable, por más deleznable que sea, hay fotos de catástrofes y deterioros contra natura que son la síntesis feroz, informativa y poética de sucesos que devalúan a las palabras. Ni ellas saben cómo decirlo. No en vano, nadie aún ha escrito un gran poema sobre el 11/9/01 (el que escribió la recién premiada Cristina Peri Rossi es malísimo). Esa suma de hechos inverosímiles venidos del aire aterrorizó tanto al ojo como a la conciencia (ningún alma es ciega), pero fueron las imágenes, fotográficas y televisivas, las que pudieron hacerlo definitivamente perpetuo. Hasta los aforismos resultan demasiado largos como para explicarlas o intentar darles una trascendencia de posdata, incluso hoy, 20 años después, cuando retornamos a ese archivo visual para saber si el tiempo atenuó el dramatismo. Como si fuera un deseo inverso que viene sin ser llamado, el horror se niega a desaparecer por completo de la faz de la historia. Basta revisar las imágenes capturadas en guerras y catástrofes para constatar la enorme fragilidad que gobierna a la condición humana, y también las mayúsculas limitaciones que enfrenta el lenguaje para hacerlas mejor que la poderosa visualidad que irradian. La mirada, con su enorme sabiduría, parece estar diciendo, mejor dicho, lo dice, que lo único que separa a la vida de la muerte es un pequeño botón. Clic, y ya. Aunque también para eso se necesitan palabras para explicarlo. 

Temas:

literatura Arthur Rimbaud

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