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29 de abril de 2012 21:52 hs

"Has jugado más lento que mi abuela”. Simple y contundente. Ácido y frontal. Así Johan Cruyff se dirigió a Josep Guardiola tras hacerlo debutar con la camiseta de Barcelona en un amistoso ante Banyoles, un 1º de mayo de 1989. Así lo recuerda Pep en su primer libro A meva gent, el meu futbol (Mi gente, mi fútbol). Y así empezó una historia que lo llevaría a cambiar las formas y a invertir los paradigmas del más popular de los deportes.

Pero esa historia se hizo a fuerza de sentimiento y filosofía. De amar y saber. En 1979, a los ocho años, Pep conoció la cara de la felicidad cuando su Barcelona derrotó en la final de la Recopa europea a Fortuna Dusseldorf por 4-2. Era el equipo de los Migueli, Costas, Sánchez, Rexach, Carrasco, el austríaco Krankl y la presencia de la escuela más influyente en la historia del club: la holandesa, entonces encarnada por Johan Neeskens.

En 1984 Pep desembarcó en La Masía, la academia de formativas de los blaugranas. Fue alcanzapelotas de sus ídolos y fueron estos los que le echaron el ojo para que Cruyff lo promoviera.

Como medio centro, Guardiola le puso un toque señorial a la función de pararse en la mitad de la cancha. Lo suyo no era la destrucción sino el diseño. La concepción cerebral, el fútbol atildado.

En 1992 fue titular en el Dream Team que levantó la primera Liga de Campeones para Barça, con los Zubizarreta, Koeman, Bakero, Laudrup, Salinas y Stoitchkov.

De su casa se fue en 2001. Pasó por Brescia, Roma, Al Alhí y Dorados de Sinaloa sin mayor suceso.

En el club mexicano coincidió con Sebastián Abreu: “Recuerdo que salía de los entrenamientos corriendo al vestuario para anotar conceptos en una libretita”, contó a El Observador.

Ahora el Loco transita los mismos pasos y cada semana le pide por escrito a su cuerpo técnico los trabajos realizados.

En noviembre de 2006 Pep colgó los botines: “Mi cabeza piensa una cosa y mi cuerpo dice que ya hay suficiente”.

El entrenador
Dirigió a la filial de Barça en la temporada 2007-2008 y a la siguiente pasó al equipo principal tras la decisión del presidente Joan Laporta. Paradojas del destino: cuando este fue electo en 2006, Pep integró la lista opositora apoyando a Lluís Bassat.

Llegó a un vestuario en llamas. Con Ronaldinho (balón de oro en 2004 y 2005) entregado a la noche y con un prepotente Samuel Eto’o.

Dejó en su carta de presentación, además del despido de Ronaldinho, una frase: “Utilizaré la palabra para seducir a los jugadores”. Al principio, los futbolistas se sorprendían porque cortaba a cada rato las prácticas.

Pero los éxitos alcanzados fueron impresionantes. Xavi recordó recientemente la transición: “Hace cuatro o cinco años, era pésimo, inútil, nefasto. ¡Era el cáncer del Barça! Un jugador de 1,70 era simplemente imposible”.

En aquel entonces Franklin Rijkaard pretendía darle a su equipo otra dimensión física.

Guardiola se encargó de darle otra dimensión conceptual al fútbol de Barcelona.

Se ganó a Messi, al permitirle disputar los Juegos Olímpicos de Beijing contra la voluntad del propio club, y obtuvo en contrapartida réditos extraordinarios en el argentino: 201 goles en 241 partidos.

Sus conquistas, 13 títulos sobre 18 disputados, representan la inversión del paradigma futbolero: obsesión ofensiva por cautela soporífera. Guardiola y su Barcelona le devolvió al juego la esperanza perdida durante años de aburridos modelos. De especulación pura. De profanaciones resultadistas obscenas.

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