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Por los votos ¿o por la fuerza?

Aparecen indicios de un futuro turbulento, lejos de la tradicional calma oriental

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07 de mayo de 2019 a las 05:03

Estos lustros han sido cómodos para el Frente Amplio, porque la mayoría legislativa propia convirtió la formación de leyes casi en una discusión interna (a veces poco democrática, porque las influencias y acuerdos íntimos no siempre guardaron relación con los votos de la ciudadanía). 

Si se descartase, a la luz de las encuestas actuales, una elección de presidente en primera vuelta, la matemática electoral hace inviable suponer que esa situación pueda cambiar si el Frente ganase la presidencia en el balotaje. Hay escasas probabilidades de que no tenga también mayoría propia en las cámaras. Pero aún cuando no se diera esa posibilidad remota, se ha advertido que esta mayoría no le será tan obediente como en las otras tres presidencias, con lo que -aunque ningún programa lo diga– el nuevo gobierno frentista giraría más a la izquierda, sin contrapesos ni liderazgos fuertes. Se debería esperar un gobierno de partido único, menos republicano aún que lo que fue hasta ahora. 

Se eliminarían los matices internos que han moderado al frentismo y haría desaparecer cualquier intento de consenso con el resto de la sociedad, porque la discusión de fondo será por largo tiempo la grieta insalvable entre los que quieren que el Estado sea su proveedor de bienestar, confiscando los patrimonios de los que producen y trabajan en serio, y esas víctimas hartas de la dialéctica que los despoja.

También se pondrá a prueba la fortaleza ideológica de los legisladores o la fortaleza ética, depende. Esto más allá de que, por razones no electorales sino de lógica, sería muy difícil para el Frente aumentar los impuestos como desea (y oculta que desea) o sostener el actual nivel de gasto vía toma de deuda o aumento de tarifas. Casi intolerable. Con lo que es muy probable que lleve al país a una telaraña insoluble. 
Imagínese la situación inversa: un triunfo nacionalista en la presidencia, por ejemplo, y un Parlamento con mayoría frenteamplista no absoluta, (resultado menos imposible de lo que parece) con la obligación de negociar cada ley, o de evitar leyes que lo paralicen en su gestión. Las dificultades para encontrar coincidencias son evidentes. Parecería fácil bajar a pura gestión los US$ 900 millones que promete Lacalle Pou, o reducir algún impuesto, o reformar el fatal sistema jubilatorio. No se debería subestimar la capacidad de fuego de un congreso no amigo. Cualquier ajuste, en las sociedades mimadas por el populismo, es siempre resistido a ultranza. Es probable que la única aprobación que recibiría el presidente sería para aumentar el déficit y la deuda. Otro escenario complicado y donde la grieta ideológica y económica sería paralizante.  

La magnitud de la grieta que genera el apoderamiento del patrimonio ajeno para repartirlo, las rigideces laborales y de mercado y el desprecio por el mérito en pos de la solidaridad exprés vía el estado, no cuentan con la tolerancia del sector que produce y paga, que no percibe su contribución obligatoria a ese proceso como un acto de generosidad o patriotismo, sino como una pauperización que no merece.

Una grieta entre una economía viable y una inviable. Entre el vasallaje tributario y la propiedad privada. 

En cuanto a la otra posibilidad, la de un gobierno de la actual oposición con una mayoría propia o una consensuada, con alianza o no, plantearía otro panorama y una incógnita: ¿cuán capaz es hoy el Frente de tolerar los resultados adversos implícitos en un sistema democrático y republicano y los cambios de política consecuentes? 

Además de sus tozudas convicciones y de su convencimiento de que las mejoras en los índices sociales se deben a su exitoso accionar económico y no en buena parte a la casualidad de los mercados, un sector importante de la sociedad también lo cree, además de defender sus intereses y ventajas, justificadas o no. Y a ello suma un componente de odio al capital, buen justificativo para esquilmarlo. A esto debe agregarse el accionar del PIT-CNT, que no ha respetado demasiado la democracia ni aún dentro del Frente que es gobierno y con el que se mimetiza, o viceversa. Las recientes declaraciones de su presidente no admiten duda: combatirán por cualquier medio la aplicación de varias de las políticas que preconiza la oposición, desde el primer día. Eso significa más allá de la decisión popular, más allá aún de la decisión de sus afiliados y también más allá de la creación de puestos de trabajo y de la conveniencia de los trabajadores o del país. 

¿Qué pasará, por ejemplo, cuando haya que discutir la educación, que el sindicalismo docente trotskista se empeñó en destrozar, con la misma saña conque Stalin destruía la educación en la Unión Soviética para impedir la disidencia? ¿Cuál sería su reacción frente a las propuestas de Talvi o de Lacalle Pou, o de otros que quieren dejar de fabricar pobres en las escuelas? ¿Tomar establecimientos, ganar la calle, impedir las clases, parar, atacar a los maestros que quieran trabajar, seguir frenando la jerarquización docente y saboteando la excelencia en nombre de una falsa inclusión meramente formal? 

Y suponiendo que se quisiese privatizar integramente la colonial recolección de basura, por caso, ¿respetará las decisiones del voto de la mayoría o decidirá una vez más que en nombre de su ideología tiene derecho a ignorarlas porque tiene la verdad absoluta? Y en tal caso, ¿qué hará el Frente?

Recuerda al accionar de la dupla Peronismo-CGT que jaqueó a la democracia argentina durante tantos años, más allá de las ideologías, que suelen ser una excusa para justificar por qué, en nombre del pueblo, se desobedecen las decisiones del pueblo.
Quienes dicen que en Uruguay las cosas son siempre tranquilas y mesuradas, sin demasiados cambios, pueden equivocarse esta vez. 

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