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21 de abril 2024 - 5:02hs

En marzo, hace apenas un mes, una vecina de la ciudad de Nueva Helvecia, en Colonia, encontró en su casa una roca y una tapa de aljibe que tenían talladas en su superficie la esvástica nazi y el año 1943. La noticia circuló por los medios, tratada como algo sorpresivo, pero bajo el paraguas de lo que podríamos llamar “notas de color”. Esos episodios llamativos, pintorescos, curiosos, que se comentan y luego quedan tapados en la maraña de eventos vinculados a la actualidad política, social o económica.

Pero el hallazgo no es tan sorprendente si se tiene en cuenta que tanto en Nueva Helvecia (donde se casó en 1958, en secreto, Josef Mengele) como en el resto de Uruguay, durante las décadas de 1930 y 1940 el nazismo – pero también el fascismo italiano y el franquismo español – tenían tantos admiradores como opositores. Cuando se piensa en Uruguay en la segunda guerra mundial se piensa en un país neutral, lejano al conflicto, en el corned beef que se vendía a los británicos o en todo caso, en el acercamiento gradual a los Aliados que termina con la declaración de guerra a Japón y Alemania en febrero de 1945, cuando el pescado ya estaba vendido, un acto más simbólico y político que otra cosa.

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Y sin embargo, Uruguay tuvo un Partido Nacional Socialista (formado incluso antes que Adolf Hitler llegara al poder en Alemania), hubo ataques y boicots a comercios de propietarios judíos, células secretas formadas en distintas ciudades del país, y hasta un alemán residente en el país diagramó un plan de invasión al territorio uruguayo que causó un escándalo cuando fue revelado públicamente, en el marco de un clima nacional de crispación y confrontación social y política.

Las historias de esos movimientos y de las acciones de los movimientos de extrema derecha en el este rincón del planeta son relatados por el historiador Leonardo Borges en su nuevo libro, Nazis en Uruguay, que hace un repaso entretenido y cautivante por esas conexiones  y episodios, a la vez que como ha hecho en otros de sus proyectos, dispara preguntas y hace que el lector se cuestione la percepción y el relato que tiene sobre la historia uruguaya y cómo el país se cuenta a sí mismo.

En diálogo con El Observador, Borges señala que “los uruguayos nos flagelamos con la idea de que este país es un paraíso perdido que hay que recuperar. Y no fue tal paraíso como lo pinta el relato y la historia oficial. Hay que romper ese mito. Este libro quiere mostrar que en las décadas de 1930 y 1940 en Uruguay pasó lo mismo que pasaba en todo el mundo, un corrimiento a la derecha con una intensidad que sorprende”.

Un país que se piensa como moderado, apacible, sin cambios bruscos, y una especie de isla dentro de la región, pero que resulta que no: Uruguay no era ajeno al contexto global, y con la dictadura del presidente Gabriel Terra se replicaron fenómenos que se daban en todas partes. Con el agregado de que ese gobierno se acercó abiertamente a los de Italia y Alemania.

Camilo dos Santos Leonardo Borges

El misterio de Rincón del Bonete

No es que Uruguay y sus habitantes fueran un país fascista. De hecho el libro de Borges deja claro que había un clima de división social y política profundísimo. Apelando a un término actual, había una grieta en toda regla, y una lógica de “los que están conmigo son buenos, los otros son malos”, que resuena en algunos discursos políticos actuales de un lado y otro.

Pero sí había un gobierno afín a esas ideas y cercano en lo diplomático. El vínculo además se extendió a obras concretas, la más célebre de ellas la de la represa de Rincón del Bonete. Un grupo de ingenieros y trabajadores alemanes llegaron al país para trabajar allí, en una obra que el día de la colocación de su piedra fundamental recibió la felicitación oficial de Hitler y que generó la construcción de un poblado donde la bandera uruguaya ondeaba al lado de la cruz gamada, con una escuela donde de un lado del pizarrón estaba el retrato de José Pedro Varela y del otro el del Führer alemán (una investigación oficial determinaría que era un centro de adoctrinamiento para niños, y hasta donde se construyó un misterioso faro de 25 metros de altura cuya finalidad no se ha terminado de esclarecer, pero se maneja que podía ser la señalización de una pista de aterrizaje secreta).

Wikimedia Commons El faro de Rincón del Bonete

La de la represa es una de las historias más conocidas de las que están reunidas en el libro, pero hay otras que sorprenden y que no están tan presentes en el imaginario colectivo. Borges señala que “la academia trabaja estos temas, los conversa, y estos episodios se conocen. Pero no se transmiten a la gente porque no encajan en la historia oficial. La idea era recuperar trabajos e investigaciones que se han hecho pero tuvieron poca repercusión y también hay algunas cuestiones más originales, como ilustrar el clima de grieta que había y el acceso a actas parlamentarias para ver cómo se discutía a nivel político, además de lo que sucedió con una investigación y posterior juicio a ocho nazis que fueron encarcelados por operar en secreto para formar brigadas de asalto y realizar distintas operaciones a nivel local".

La confitería, los marineros y el aljibe

“Hay una negación de estos episodios, porque choca ver a Uruguay de esa manera”, afirma Borges. Lejos de la tranquilidad y la neutralidad con la que se lo suele asociar, en el libro se relata un clima de crispación que se refleja en episodios como un atentado con una bomba de alquitrán a una organización social judía, una visita de marineros italianos que termina en disturbios en pleno centro de Montevideo, la confitería Oro del Rhin transmitiendo discursos de Hitler con altoparlantes y siendo apedreada, o una batalla campal entre fascistas y sus opositores en Durazno que terminó con un muerto y una investigación contra un diputado colorado involucrado en los acontecimientos, que terminaría perdiendo sus fueros por declaraciones contra la democracia hechas a través de un medio que dirigía, otro de los episodios más interesantes que se cuentan en el libro.

“Estos episodios llaman la atención, como lo que pasó ahora con el aljibe en Nueva Helvecia, y se toman como algo curioso, pero en realidad son parte del entramado de aquel momento”, asegura el historiador.

¿Una invasión alemana a Uruguay?

La escuela de Rincón del Bonete

Tan presente estaba el asunto en Uruguay que cuando en 1940 se develó el presunto plan de invasión al país, el tema se sintió como una amenaza real. “Es extraño pensar que fuera factible, visto desde el presente, porque para los alemanes – que tenían planes e interés en Sudamérica, en particular en países como Argentina y México – era comprarse un problema más. Pero en aquel momento, con menos información y menos comunicación que ahora, se sintió real. Y no los culpo. Era lógico, además de que la batalla del Río de la Plata mostró que la guerra podía estar a la vuelta de la esquina”.

Con el paso de la década de 1940, Uruguay – en particular su gobierno – empezaron a tener un viraje muy profundo en su postura en el conflicto, hasta romper vínculos con los países del Eje y acercarse a los aliados.

Ese viraje y sus razones, así como el paso de criminales de guerra nazis por Uruguay, y la influencia del franquismo y el fascismo en las décadas siguientes a la guerra será el eje de un segundo tomo de esta obra, adelanta Borges.

El historiador señala que la influencia británica fue clave en ese cambio, y fruto de un “juego de espías” que se desarrolló aquí, además del propio devenir de la guerra. El viraje fue tal que promediando el conflicto, se publicaban “listas negras” de empresas y comercios alemanes e italianos y se dio una persecución a inmigrantes procedentes de esos países.

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