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Prometeme y decime Marta que (parece que) me gusta

Es hora de castigar políticamente a quienes no solo no cumplen lo que prometieron sino que prometen lo imposible o altamente improbable

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13 de abril de 2019 a las 05:03

Uruguay tendrá 100.000 nuevos puestos de trabajo. Uruguay tiene ya mismo 30% menos de rapiñas que hace cinco años atrás. Uruguay es un país en el que la educación, educación, educación, es el norte que guía todas las políticas públicas. 

Así sería o será Uruguay a juzgar tan solo por algunas de las promesas electorales que hicieron candidatos en los últimos diez años, tan diversos en ideología y estrategias como el recién llegado a la política Juan Sartori, el actual presidente Tabaré Vázquez o el expresidente José Mujica. En esta acelerada campaña comienzan a aparecer las promesas que, desde ya, se pueden calificar de mentirosas o, al menos, inverosímiles, porque no tienen ningún sustento en ninguna realidad posible, al menos a corto plazo, que es para cuando se prometen. 

Las promesas de ahora se asientan en una historia política que ha tenido sus puntos altos en la materia (los memoriosos recordarán a Tortorelli y las calles sin subidas), pero que se ha caracterizado más por propuestas y compromisos fundamentados en la teoría y los datos que en la estrategia facilonga de tirar bolazos en los que hace ilusión creer pero que no tienen chance de cumplirse. 
 
La promesa es una de las armas de seducción más poderosas en el arsenal de estrategias con las que cuenta el ser humano para manejar las emociones de quienes nos rodean. Y sin embargo, en su sentido más profundo deberían ser siempre un compromiso veraz y sólido que se cumplirá. Prometer y no cumplir es mucho más jorobado que lo que la cultura y política moderna nos quieren hacer creer. Nietzsche definía a la promesa como la “memoria de la voluntad” y así consideraba que separa al hombre del animal porque quien promete suspende el olvido al “disponer el futuro en el presente”. Hanna Arendt –un siglo después, en La condición humana– calificaba a las promesas de "islas de certezas en un terreno de imprevisibilidad”. (*) Ambas definiciones son densas pero dan cuenta de la relevancia de una promesa y del patetismo de quienes las hacen a sabiendas de que no las cumplirán.

Prometer en vano no es moco de pavo y, sin embargo, todo indica que esto no tiene o apenas tiene castigo social.

Mi padre solía decirle a mi madre: “Nunca le prometas a esta niña lo que no podremos cumplir porque te lo cobrará hasta el final de sus días”. Esa niña era yo y luego, cuando me tocó criar hijos, pensé y pienso una y mil veces antes de prometer porque se el impacto que puede tener en un niño o adolescente una promesa incumplida. Incluso cuando era hora de pagar en la caja del supermercado y había que sacarle el juguete que el nene había cazado en alguna góndola, y a riesgo de que inmediatamente generara la pataleta que todos los padres temen más que a un tsunami, yo evitaba prometer que alguna vez le compraría ese oso de peluche o el autito de moda. Los padres fallamos en demasiadas cosas sin necesidad de caer en promesas fáciles que sabemos que no podremos cumplir y que inevitablemente generarán frustraciones.

¿Por qué en la vida cotidiana tantos nos preocupamos por ser fieles a nuestra promesas y en la política permitimos que algunos líderes y candidatos nos mientan sistemáticamente, sin castigarlos como podemos hacerlo, lisa y llanamente en las urnas

Un comunicado de prensa enviado recientemente por el comando de campaña de Sartori señala: “Los vecinos se quejaron de los políticos que se presentan con promesas pero luego no regresan, por lo que son responsables de ese descreimiento por parte de la población hacia los organismos públicos. (...) Al respecto, Sartori llamó a ‘terminar con esa cadena de promesas que no se cumple nunca’”. En lo que va de esta campaña el candidato ya se mandó unas cuantas aseveraciones que si no se decodifican como promesas incumplibles están en la frontera.

En su sentido más profundo las promesas deberían ser siempre un compromiso veraz y sólido que se cumplirá. Prometer y no cumplir es mucho más jorobado que lo que la cultura y política moderna nos quieren hacer creer.

La de los puestos de trabajo mereció algunas burlas y pero también análisis de por qué se necesitaría un milagro para que esto ocurriera. Otro candidato, Ernesto Talvi, se encargó de acercar ambas miradas. Ironizó en Twitter en un tono que no lo caracteriza: “Yo, Ernesto Talvi prometo crear 300.000 puestos de trabajo, triplicando la mezquina oferta de Sartori de solo 100.000. También prometo hacer todas las calles en bajada y regalar bizcochos las tardecitas de domingo. ¡Tremendo plan de gobierno el mio!”.  Como contrapunto, –ya en tono académico– dijo: “Se está prometiendo algo que en tiempo normales llevaría 10 años. No hay peor forma de engañar a la gente que simplificar lo complejo, que prometer que el paraíso está a la vuelta de la esquina”. Oscar Andrade, el precandidato del Frente Amplio, también opinó en uno de las pocas coincidencias interpartidarias que ha tenido esta campaña: “Atención: Apruebo la propuesta de Talvi”, escribió en Twitter.

Cuando en las encuestas le preguntan a la gente quién es Sartori, el 30% dice que no lo conoce. Cuando lo hacen por Talvi, un académico que lideró Ceres durante 21 años, el 51% admite no conocerlo. Hablando de castigo social ante promesas imposibles, todo indica que este mecanismo no estaría funcionando en la gran cultura cívica uruguaya.

Por eso propongo invertir la carga de la prueba o la ecuación o como quieran llamarle a las promesas incumplidas (o con alta chances de incumplirse). En vez de quejarnos por lo que nos prometieron y no cumplieron, convirtámonos en “exigidores” de promesas. Así como cada tanto se organizan grupos de defensores de animales, de la tierra, de las tortugas o de una nueva startup para recaudar fondos, también podríamos los ciudadanos decepcionados por las promesas rotas organizar una campaña de escarnio a quien traicionó nuestra confianza. ¿Suena muy naif? Lo es. Mi planteo bordea el sarcasmo, pero más allá de la ironía es verdad que los ciudadanos podemos y debemos exigir ya no solo que se cumpla lo prometido sino, y sobre todo, que no se prometa lo imposible o altamente improbable. ¿Cómo lo podemos hacer? Votando sin perdón ni compasión. Votando con la cabeza.

La enorme promesa que decidió hacer Vázquez antes de ganar en 2014, en un país inserto en una región en donde la seguridad no mejora desde hace tiempo, fue también una gran señal de irresponsabilidad política y una herencia maldita para el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, que fue quien debió hacerse cargo del incumplimiento. 

El 13 de octubre de 2014 (poco antes de la primera vuelta presidencial), el ahora presidente dijo: “Hoy podemos comprometernos a frenar el crecimiento de las rapiñas y, en cinco años, reducir el número de hurtos y rapiñas en un mínimo de un 30%. Y vamos a cumplir”. En marzo pasado se informó oficialmente que las rapiñas crecieron 53,8% y los homicidios 45,8% en 2018 con respecto a 2017. ¿Para ganar, necesitaba Vázquez de una promesa sino incumplible por lo menos muy difícil de que se hiciera realidad? Seguramente no. Fue la promesa más rimbombante, pero no la única que no cumplió en su segundo mandato. Tal vez la historia lo juzgue, pero los uruguayos en las urnas eligieron creerle.

"El tradicionalmente estable electorado uruguayo hoy no es el mismo. Está caliente con los políticos", dijo esta semana Pablo Mieres en entrevista con El Observador cuando se le preguntó por Sartori, para él un “fenómeno complicado” que “demuestra el riesgo de la pérdida de calidad de la política y una insatisfacción de la población con la política, lo que abre la escucha a cantos de sirena”.  Por “cantos de sirena” Mieres se refería a la promesa de los 100.000 puestos de trabajo, que calificó de “disparate”.

Muchos han criticado la plutocracia que en su opinión encarna Sartori. Y sin embargo, es este sistema y esta sociedad los que parieron o al menos permitieron esta plutocracia y alguna otra como la del propio Edgardo Novick, que aunque con un perfil más a la uruguaya –léase más bajo– también ha invertido dinero, dinero y dinero para posicionarse políticamente. Un Novick que, como otros Sartori’s, Vázquez y diversos apellidos políticos, se ha encargado de prometer y, en su caso, de desinformar con avisos en los que usa datos económicos a su mejor entender, que no es el entender de los que sí saben de números.  

Al final me pregunto si el problema son los outsiders, los millonarios, los plutócratas o los dos veces presidentes que hacen promesas vanas o si el problema somos quienes nos dejamos prometer porque es más fácil creer en deseos con muy poca chance de hacerse realidad que cuestionar, con actos, decisiones y votos, lo que intentan vendernos como verdades reveladas. 

*Notas sobre la promesa en el pensamiento de Friedrich Nietzsche y Hannah Arendt

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