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Respuesta al dramaturgo Sergio Blanco

Este país necesita un cambio profundo en la gestión de su cultura, desde el vínculo con los artistas y su inclusión como ciudadanos de primera hasta una cultura de convivencia en una sociedad desintegrada, fracturada.

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12 de agosto de 2019 a las 14:22

“Hubo un antes y un después para la cultura con la llegada de la izquierda”. Esta frase la dice el dramaturgo uruguayo Sergio Blanco en entrevista publicada en el diario El Observador en estos días, a punto de estrenar  “Cuando pases sobre mi tumba” en el Teatro Solís. 
Blanco está de moda, desde hace tiempo.  De moda pero bien, se lo merece, es bueno.  “Es el dramaturgo uruguayo más difundido de la historia”, expresan con cierta euforia algunos comentarios en generosas notas periodísticas. Hace muchos años que vive en París. Vuelve cada poco tiempo a estrenar sus obras en Montevideo que le abre las puertas como el buen escritor que es,  generalmente las puertas de las salas estatales. Forma parte de una generación de artistas uruguayos renovadores  que  a fuerza de talento posmoderno y buen marketing, de fuertes contactos gubernamentales con los gobiernos de “izquierda”  y de eficiente  inserción en la industria global del arte, logró una presencia relevante en el proceso político y cultural de los últimos tiempos.  Se la han jugado por el Frente Amplio y el poder los ha recompensado. Los buenos son pocos, pero interesantes. No hay duda.  Merecen el lugar que ocupan. Sobre las tablas, en el reconocimiento del público, incluso en su rechazo.  Pero en el escenario de las prebendas gubernamentales por cercanía ideológica, es otro cantar. Fuera de la escena teatral, en el ámbito social, político, de pensamiento, sus dichos dejan mucho que desear.  

Se separan notoriamente de su fuerza creadora, de esa mirada múltiple, abierta, profunda, removedora que aplican cuando crean, que tanto atrae al público,  y me incluyo. Podrían quedarse arriba del escenario, la historia los evaluaría. Pero bajan, hablan, hacen notas, son mediáticos y se vuelven propagandistas, de mirada corta, de poco vuelo, sesgados, burdos, defienden lo indefendible y demuestran ignorancia. Sobre todo, en época electoral.  

Podría responder con humor a la frase inicial: “ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario”. Prefiero usar otra, propia de los tiempos que vivimos, más duros, difíciles, dolorosos para la cultura de mi país: “el teatro está muerto, por suerte”.  Es de Antunes Filho, un gran hombre de teatro brasileño, revulsivo director de la escena norteña de los años sesenta y setenta. Antunes no era ningún tonto, ni siquiera un iconoclasta atropellado. La pensó.  Se refería al teatro dominante, cargado de frivolidades,  a los trazos de un teatro y artes vacíos de entusiasmo, atados a tributos dictatoriales, a una cultura aburguesada en una estructura de complejo sistema totalitario. Lo que el teatro y la cultura “muerta” nos permiten  es renacer,  empezar de nuevo, cambiar para avanzar. Es intentar un nuevo proyecto cargado de esperanza, moderno, novedoso. Sobre los restos del naufragio. Porque la política cultural de la “izquierda” histórica naufragó.  La renovación es inevitable, algo importante tiene que cambiar en la administración de los bienes y servicios culturales, gane quien gane. Basta de artistas devenidos burócratas intrascendentes en cargos decisivos, basta de gente que sabe muy poco de cultura y menos de administrarla, basta de gestores soberbios e intolerantes, basta de dineros perdidos en fondos manejados discrecionalmente, basta de derroche insustancial o de repartir la miseria para quedar bien con muchos, basta de puntaje superior para hablar de ciertos temas y no de otros, basta de acomodar a mis amigos o a los que piensan como yo, basta de recortes, basta de leyes a medias. Los recortes para cultura se hicieron hace tiempo, Blanco, y usted no se dio cuenta. O estaba en París.

Este país necesita un cambio profundo en la gestión de su cultura, desde el vínculo con los artistas y su inclusión como ciudadanos de primera hasta una cultura de convivencia en una sociedad desintegrada, fracturada. El Frente prometió y no hizo. Prometió e hizo mal, salvo honrosas excepciones. Prometió y generó una burocracia cultural que en muchos casos se mostró inepta y en otros, incapaz de cambiar. También envuelta en corrupción. Lo digo con dolor, porque tengo muchos amigos en la vuelta del poder. Gente bien, sana, inteligente y de notables intenciones. Pero señor Blanco, si la izquierda que usted pregona compra museos bajo cuerda con cuestionable transparencia, si la izquierda que usted defiende acusa de ignorante a la gente más capacitada por expresar sus críticas, si esa izquierda lincha públicamente a un gran artista porque dice lo que piensa, si esa izquierda beneficia a unos pocos en detrimento de muchos, si esa izquierda se llena de beneficios y viajes y salas estatales, si esa izquierda maneja con desprecio los altos valores de la ética y la estética que usted debería representar, mejor que se baje del podio. 

No soy de esa “izquierda”. Me quedo con la gestión formidable que hizo un señor Tommy Lowy en los 80, cuando inauguró el Departamento de Cultura de la Intendencia y encabezó un proyecto “colorado”  al frente de un equipo de gente capaz y multipartidaria, laburando de manera ingeniosa, responsable, moderna, divertida y rigurosa con todos los agentes de la cultura del momento, en su casi totalidad de izquierda, sumados luego a su defendido proceso en el gobierno, en el que creíamos. Me quedo con Luis Mardones que dejó una dialoguista y rigurosa práctica de conducción desde la dirección de Cultura del MEC, intachable en muchos sentidos. Soy de izquierda, creo, si todavía tienen sentido esas categorías bastante perimidas, si puedo ser capaz de conducir procesos sin caer en tentaciones, sin beneficiar a mis amigos, sin pontificar sobre contenidos ideológicos tan perjudiciales como excluyentes.  Pero no de su izquierda en el gobierno.   

“Sabemos que los políticos tienen una capacidad de destruir muy grande pero lanzo el desafío a quién venga de que respete las instituciones que se crearon”, dice además el notorio teatrero en la entrevista como si un cambio de gobierno fuera un tsunami.  Dos mensajes realmente insólitos y de enorme riesgo para la democracia. Me esfuerzo por creer que uno de los principales referentes del momento lo dijo sin pensar o sin medir las consecuencias. Espero de buena fe que no haya pretendido mandar un aviso tan elemental como peligroso, tan básico como manijero, tan mentiroso como reaccionario. Creer que si pierde el Frente Amplio se modificarán las leyes de juego de la democracia es tan infantil e inmaduro como la historia del cuco para dormir. Desproteger la política con dichos tan turbios es fomentar la exclusión y el enfrentamiento, el quiebre de una sociedad política ya bastante atormentada por un sistema educativo brutalmente golpeado, por la violencia, la inseguridad, el desempleo, la falta de proyecto ambiental serio y responsable. En todo caso, capacidad de destruir tiene todo el que ejerce el poder ineficaz e irregularmente y lo defiende con soberbia, ocupe el lugar que ocupe. Espero de buena fe que no lo mueva el temor a perder ciertos privilegios. Sería muy penoso para un creador de su talla.  

Carlos A. Muñoz
 

 

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