25 de marzo de 2021 14:37 hs

Por Andrew Hill

La semana pasada, Elon Musk se autodenominó el “tecnorrey” de Tesla, la compañía de vehículos eléctricos en la que desempeña el papel más convencional de director ejecutivo.

Al igual que las poco ortodoxas acciones anteriores de Musk, la declaración de dos oraciones en una presentación reglamentaria dividió a los observadores en dos bandos: aquellos que ven al empresario como un revolucionario y aquellos que piensan que simplemente está revelando su lado egocéntrico.

La probabilidad de que se trate de otra broma a expensas de la clase dirigente empresarial y financiera parece alta. El anuncio tiene una cierta calidad caricaturesca. En la misma declaración, Tesla dijo que su director financiero sería conocido de ahora en adelante como el “consejero de la moneda”, un título que proviene directamente de la serie “Juego de tronos” (y no es una elección particularmente auspiciosa, dado el irregular historial financiero del ficticio Trono de hierro).

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No soy fanático de los ‘títulos inflados’, o de la tendencia paralela de extraños inventos provenientes del nivel ejecutivo de las corporaciones, desde director de diversión hasta vicepresidente de atención plena, pero las payasadas de Tesla también pudieran tener un lado serio.

Los títulos importan. Solo hay que preguntarles al duque y a la duquesa de Sussex, cuyas preocupaciones sobre si su hijo Archie se convertiría en príncipe fueron un motivo de discordia en su ruptura con la familia real. Mucha gente ambiciosa, desde ejecutivos hasta periodistas, regatean para agregar la palabra “director” a su tarjeta de presentación.

Un estudio conocido mostró que si le das a un miembro del equipo la etiqueta de “líder”, comenzará a comportarse como un prepotente jefe, mientras que los colegas se comportarán como subalternos. Pero, tal como lo señaló el coautor Leigh Tost en un artículo separado de 2015 sobre el poder que escribió para la publicación Research in Organizational Behavior (Investigación del comportamiento organizacional), es poco probable que un “mero título” sea suficiente para ejercer autoridad a menos que el titular también tenga el control de los recursos, como el dinero, la información y las oportunidades para la toma de decisiones. El autoproclamarse, en otras palabras, no significa nada si no tiene sustancia.

Aun así, los títulos pueden enviar útiles señales. Al llamar a su director financiero “consejero de la moneda”, Musk ha exacerbado las especulaciones sobre el interés a largo plazo de Tesla en bitcoin, en donde el fabricante de automóviles ya ha invertido US$1.5 mil millones de sus reservas. En un anuncio a principios de este mes menos digno de memes, pero posiblemente más significativo, Tesla también asignó al presidente de su división automotriz a un nuevo papel, convencionalmente titulado “presidente de camiones pesados”, subrayando la determinación del grupo de llevar su motor a batería en camiones “semirremolque” al mercado.

Probar un título inventado también tiene beneficios. El impacto positivo fue notable cuando un capítulo regional de la Fundación Make-A-Wish, una organización benéfica estadounidense que ayuda a cumplir los deseos de niños gravemente enfermos, invitó al personal a adoptar un título divertido que reflejara cómo se veían a sí mismos en la organización.

La directora ejecutiva se autodenominó “hada madrina de los deseos”; el director financiero se convirtió en el “rey del ‘cashola’”, o sea, rey del efectivo; y así sucesivamente. Los empleados dijeron que el ejercicio les había ayudado a evitar el agotamiento y a establecer una relación con personas fuera de la organización, según un estudio de 2013 para el Academy of Management Journal (AMJ). Los títulos también derribaron las barreras entre colegas, haciendo que se sintieran más cómodos en cuanto a buscar apoyo mutuo.

Cuando los investigadores probaron el mismo enfoque en hospitales estadounidenses, el personal eligió nombres más sobrios (un especialista en enfermedades infecciosas se convirtió en el “asesino de gérmenes”; un técnico de rayos X en el “buscador de huesos”); pero ellos también reportaron niveles de estrés más bajos y un mejorado sentimiento de seguridad psicológica.

Si Musk realmente actuara según sus convicciones, él invitaría a todo su personal a inventar un título adicional. Dan Cable, de la Escuela de Negocios de Londres y coautor del estudio de 2013, opinó que eso señalaría que “somos el tipo de organización que se preocupa no solo por la burocracia y por la estandarización, sino también por la autoexpresión”. Musk, quien tiene la reputación de trabajar las veinticuatro horas del día, incluso pudiera descubrir que su jocosa autocoronación ayuda a evitar el agotamiento.

El desenfadado cambio de título no es para todos. Algunos que no formaban parte de la clase dirigente estaban desconcertados por los títulos del personal de Make-A-Wish, insinuando que no eran profesionales. Un miembro del personal del hospital dijo que “como médico y como mujer, me siento menos inclinada a tener otro título que no sea el de doctora en medicina”.

Puede que yo no quiera frivolidad del científico espacial que está diseñando mi vehículo de aterrizaje en Marte con el respaldo de Musk, o del ingeniero de mi camión eléctrico de 30 toneladas. De manera crítica, aún se debe cumplir con deberes fundamentales. “Puedes llamarte a ti mismo el rey del cashola”, comentó Cable, “pero las cuentas aún tienen que cuadrar”.

Los directores ejecutivos como Musk deben tener especial cuidado. El artículo de Cable sugiere que los “títulos de autoengrandecimiento”, como la autodescripción de Steve Jobs como el “jefe que todo lo sabe” de Apple, pueden ser contraproducentes, especialmente si las expectativas y la realidad divergen. No es necesario ser fanático de “Juego de tronos” para saber qué les sucede a los reyes que no logran mantener felices a sus súbditos.

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