13 de abril 2022 - 16:53hs

Por Emma Jacobs 

Después de casi dos años de trabajar en casa con mi familia, es bueno por fin pasar tiempo de calidad con mis parientes de la oficina.

¿Esto me convierte en una optimista extrema? Cualquiera que haya leído una novela, haya ido a terapia o simplemente esté vivo sabe que las familias pueden ser solidarias pero también disfuncionales.

Tú puedes elegir a tus amigos, pero no a tu familia, según dice el refrán. Lo mismo ocurre con el trabajo. A no ser que seas el dueño de la compañía, rara vez puedes elegir a tus colegas.

Por eso hay tantas series de televisión sobre el trabajo. Al igual que en las sagas familiares, es la fricción de forzar la unión de personas dispares lo que crea el drama.

Ver la comedia dramática estadounidense Hacks acerca de una irritable comediante entrada en años emparejada con una exasperada escritora más joven refuerza las similitudes.

“‘Bueno’ es lo mínimo, ‘bueno’ es la línea base”, dice la estrella, interpretada por Jean Smart, en un discurso que pudiera haberse dirigido tanto a su irresponsable hija como a la escritora. “Hay que ser mucho más que bueno. Incluso si eres genial y afortunada, tienes que trabajar extremadamente duro. Y ni siquiera eso es suficiente. Tienes que rascar y arañar y nunca se acaba. Y no mejora. Solo se hace más difícil”. Conforme la serie se desarrolla, la difícil relación de la comediante con la escritora se vuelve más cálida entre ella y su trabajadora.

Al igual que el lugar de trabajo, la vida familiar depende de un gran volumen de tareas ingratas y monótonas, solo que en el hogar se hacen gratis. La Oficina de Estadísticas Nacionales (ONS, por sus siglas en inglés) en 2016 estimó que el trabajo de servicio doméstico no remunerado en el Reino Unido suponía alrededor del 63% del producto interno bruto (PIB).

Cuando se trata de familiares de trabajo, el beneficio es que proporcionan apoyo. Hay una mirada especial de indiferente pánico que aparece en los rostros de mi familia real si trato de explicar algún desaire o triunfo laboral mientras intentan recordar si el colega citado es el jefe del jefe de mi jefe, o alguien totalmente distinto. Un familiar de la oficina no necesita esa aclaración. Simplemente lo sabe.

De ellos, los “esposos” de la oficina son los más conocidos. Un informe de principios de este año de la Sociedad para la Gerencia de Recursos Humanos (SHRM, por sus siglas en inglés) descubrió que el 28% de los trabajadores estadounidenses tenían a alguien que consideraban su cónyuge laboral.

El riesgo de tener un cónyuge en la oficina es la posibilidad de que se convierta en una relación física. O, lo que es peor, que, como tantos matrimonios, acabe siendo un emparejamiento asimétrico, conforme una de las mitades actúa como animadora y receptáculo para la descarga emocional de la otra, mientras sus propias necesidades quedan insatisfechas.

También hay “padres” de oficina. Recientemente se ha vuelto viral un hilo de Twitter en el que una profesora ayudante anónima, con el nombre de @MeanestTA, relata que varios miembros del personal superior —uno de los cuales ella llama “papá del trabajo”— le piden ayuda para entender la jerga de los estudiantes. A cambio, ellos le aconsejan sobre cómo expresar sus sentimientos de forma apropiada para el lugar de trabajo, como por ejemplo: “¿Cómo puedo decir ‘no hay manera de que seas tan extremadamente estúpido?’. Papá del trabajo recomienda: ‘Creo que ha habido una desconexión; ¿puedes volver a explicar tu definición de este concepto para que podamos asegurarnos de que no haya una mala comunicación?’”.

El riesgo con este rol en particular es que puede derivar en que el empleado de mayor rango le dé un trato preferencial a su subalterno. Todos hemos trabajado con personas que se ponen sentimentales en relación con un colega más joven que les recuerda a su propio hijo.

Me pregunto si ser un papá de oficina es preferible a ser una mamá de oficina, lo cual sugiere una cuidadora que no se queja, que limpia el desorden de sus colegas más jóvenes y que se encarga de la administración de la oficina, como recoger las tazas al final de una reunión.

Otra razón para evitar ser elegido para este papel es que hace explícito algo en lo que quizás prefieras no pensar: el envejecimiento. Yo recuerdo el momento preciso en el que pasé a la categoría de “vieja” en el trabajo. A los 41 años, le hice una broma autodespectiva sobre mi edad a un colega veinteañero. Él no objetó.

Para el niño de la oficina, el peligro es desarrollar una indefensión aprendida. También lo es el deseo de recibir un elogio que quizá nunca llegue.

Yo no he tenido un cónyuge, un hijo o un padre en la oficina. La relación que más he experimentado es la de un hermano de oficina: algo así como un amigo que también es un rival. A veces estas relaciones pueden ser tontas. Un amigo recuerda haber actuado como un hermano precoz y consentido con una “hermana mayor” de la oficina. “Un poco sabelotodo, descarado, siempre presionando. Pero, en última instancia, yo sabía que ella era la jefa y la respetaba”.

Yo he estado agradecida por haber tenido hermanas laborales, quienes han tendido a ser más sabias, y me han ofrecido sensatos consejos en cuanto al trabajo. No sé si ellas sentían lo mismo por mí, y la relación cambió cuando ellas cambiaron de trabajo. A diferencia de una hermana real, ellas no tenían un sentido del deber a regañadientes. Tal vez esta sea la mejor parte de estas relaciones: se acaban. 

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