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Salman Rushdie

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Rushdie: el peligro de los ofendidos de antes y de ahora

En 1989 no fue solo la fatwa la que condenó al escritor ahora atacado

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20 de agosto de 2022 a las 05:00

El ayatolá Jomeini murió en junio de 1989, solo unos meses después de dictar una fatwa -un pronunciamiento legal en el Islam- en la que ordenó a los fieles de todo el mundo que asesinaran a Salman Rushdie y a cualquier otra persona involucrada en la publicación de su novela, Los versos satánicos. Una de las cualidades de las fatwas es que nunca cesan y no están atadas a la vida terrenal de quienes las dictaron, así que la muerte del ayatolá no degradó ni un ápice el nivel de persecución que durante 10 años con intensidad y hasta ahora -con consecuencias desastrosas- persiguió a Rushdie. 

El escritor tuvo que esconderse durante más de una década, protegido por el Mi5 británico, cambiando de residencia cada pocos días, un periplo que cuenta en parte en su libro Joseph Anton, el nombre clave que usó durante ese tiempo. Allí escribió: “El mayor peligro de la creciente amenaza era que los buenos hombres cometían el suicidio intelectual y lo llamaban paz. Los buenos hombres se rendían al miedo y lo llamaban respeto”.

Rushdie la pasó muy mal y ahora, apuñalado hace pocos días por un “fiel”, la está pasando muy mal, pero nunca renunció a su honestidad intelectual: creía y cree que los artistas tienen derecho a ofender y sembrar “la tormenta incesante, la disputa continua, la dialéctica de la historia”. En estos 30 años la fatwa tuvo sus efectos demoledores contabilizados en muertes -incluyendo el asesinato del traductor japonés del libro y el intento de asesinato del traductor italiano-, pero también en silencios y censuras.
Lo que indica la “moral moderna”, que tantas veces se emparenta con la corrección política más inútil, es que todos declaremos nuestra solidaridad con Rushdie, que todos leamos sus libros y condenemos fatwas y regímenes como el que generó esta que hizo que un “fiel” lo atacara cuando estaba a punto de dar un discurso sobre la importancia de Estados Unidos como oasis para escritores perseguidos. El destino siempre se las ingenia para jugarnos las bromas más pesadas.

Todo eso está bien, sobre todo leer sus libros -muchos de los cuales son excelentes-, pero es tan insuficiente como engañoso. En 1989 no fue solo la fatwa la que condenó a este hombre; fueron muchos los países que quemaron y prohibieron Los Versos Satánicos (desde el Vaticano a Sudáfrica) y muchas las personalidades que cuestionaron su derecho a hablar de una religión y de un profeta. Es una historia centrada en dos musulmanes indios que viven en Inglaterra, en la que se reimaginan partes de la vida del profeta Mahoma. Entre los pecados mortales que cometió Rushdie con sus palabras impresas fue sugerir que el fundador del Islam pudo haberse dejado seducir por el politeísmo y usar el nombre de dos de sus esposas para bautizar a unas prostitutas ficticias.

Hanif Kureishi es un escritor inglés de la misma camada de grandes autores de fines de los 80 a la que pertenece Rushdie. “Nadie tendría las pelotas hoy para escribir Los Versos Satánicos y mucho menos publicarlo”, dijo en una entrevista. “Escribir ahora es un acto tímido porque los escritores están aterrorizados”. Kureishi, al que millones leímos con reverencia de culto a partir de su novela El Buda de los Suburbios, contribuyó con su literatura a silenciar -al menos por un rato- el racismo y menosprecio que en su Inglaterra natal, y en buena parte del mundo, existía contra los asiáticos. Luego también fue objeto de odio, cuando se le ocurrió escribir sobre una pareja de gays conformada por un asiático y un inglés, ambos británicos. Paradojalmente, lo que le pasó a Rushdie en esto 30 años es una preview de lo que ahora se conoce como la cultura de la cancelación llevada al extremo fundamentalista, ejercida por una parte de este mundo que cree que los que ofenden a un dios o profeta deben ser asesinados. En 2020, el propio Rushdie firmó la famosa carta de Harper, en la que declaraba que “la libre expresión de información e ideas, el alma de una sociedad liberal, está cada día más restringida”. 

En estos días, otra escritora que ha sido denostada por sus puntos de vista sobre los géneros, recibió una amenaza de muerte por apoyar a Rusdhie. J.K Rowlings no es perseguida por una fatwa, sino por una horda de indignados por sus expresiones, con las que podemos disentir de pe a pa, pero que no la condenan, o no la deberían condenar al ostracismo y mucho menos a la muerte.

La fatwa que persiguió y encontró a Rusdhie es parte del culto a la ofensa que no sólo deriva de religiones. En el camino se generan un sinfín de confusiones, porque la ofensa crea ofendidos pero no siempre, o más bien casi nunca, los ofendidos deben ser defendidos al punto de acallar o aniquilar a quien supuestamente los ofendió. 
Es hermoso repetir como autómatas que “la democracia se basa en el derecho a disentir”, pero casi casi que este conjunto de palabras se ha convertido en una frase hecha que pocos sopesan en su real valor. Fue otro escritor ganador del premio Booker -como Rushdie- el que acuñó la frase. “La democracia se construye sobre el derecho a disentir, sobre el derecho de las personas a tener posiciones opuestas”, escribió Ben Okri.

Salman pasó 30 años esquivando balas en el mundo real, hasta que se le cruzó un cuchillo. Millones de personas viven ahora esquivando balas en el mundo virtual, que sin embargo pueden ser igual de letales. Si el discurso del odio era efectivo hace 30 años a partir de una fatwa de un ayatolá, multiplique por cuantos millones desee para imaginar lo coartada que está la libertad de expresión y hasta la imaginación en tiempos de odio vía Twitter y afines. 

Este concepto (la libertad de expresión), que alguna vez fue un tópico liberal que hacía bostezar, ahora se ha convertido en un tema candente, ya que la extrema derecha ha intentado secuestrarla al servicio de la difamación, la mentira y el odio, y la extrema izquierda ha tratado de tirarla por la borda”, escribió en estos días Margaret Atwood. Lo que dice suena horriblemente cercano. 

Es difícil defender el derecho a ofender, pero debemos hacerlo si esa ofensa no supone una mentira o una incitación a la violencia. 
De otra manera seguiremos acallando voces y silenciaremos las propias, hartos todos de tener que lidiar con fundamentalistas de una religión o de una red social o de la vida, solo porque se nos ocurrió decir lo que pensamos.

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