El 24 de agosto pasado murió Charlie Watts, baterista de los Rolling Stones. Tenía 80 años de edad. Los sobrevivientes del grupo, Mick Jagger, Keith Richards, y Ronnie Wood tienen 78, 77 y 74 años de edad, respectivamente. Por aquello de que “el show debe continuar” (nunca más cierto que ahora), el domingo 26 de septiembre, en el Dome at America’s Center, de St. Louis, Missouri, comienzan en la Unión Americana la gira No Filter (Sin filtros), conformada por 13 conciertos en diferentes ciudades estadounidenses, y cuya primera etapa, al menos por este año, concluirá el 20 de noviembre en Austin, Texas. Los precios de las entradas para mañana oscilan entre US$ 31, bien atrás, lejos del escenario, y US$ 7.740, en primera fila. El rock sigue siendo la casa democrática donde cohabitan ricos y pobres. En los aplausos desaparecen las diferencias socioeconómicas.
Considerando la edad de los tres músicos y los problemas de salud con los que han batallado, ¿será esta la gira de despedida de quienes reinventaron el espectáculo de la música en vivo? Quizá sí, aunque podría ser una gira infinita, que se prolongue por el tiempo que aún les quede de vida. Con ellos, lo más seguro es que nadie sabe. Otros grupos y solistas históricos también salieron a recorrer el camino en estos días, y su regreso a los escenarios viene acompañado de la etiqueta, The Farewell Tour (La gira de despedida), como son los casos de Genesis y Elton John. La salud de Phil Collins viene decayendo en picada y las imágenes de los primeros conciertos de Genesis lo muestran sentado, sin poder tocar la batería, y haciendo grandes esfuerzos para cantar, aunque la voz todavía suena impecable. Claro está, habrá que ver cuál es su estado una vez que el cansancio de la ruta comience a tener efectos demoledores en su cuerpo. Una gira de varios meses puede matar a cualquiera. Tom Petty falleció en 2017, a pocas semanas de haber concluido un largo tour. Por el morbo de que esta sea tal vez la última vez que veremos a Collins en un escenario, o quizá porque el repertorio de Genesis es uno de los más notables de la historia del rock, lo cierto es que la presente gira la están realizando con entradas agotadas. El caso de Genesis demuestra que muy atrás quedaron los tiempos cuando los músicos de rock eran capaces de mantener mente y cuerpo en estado de combustión, por dos o tres horas encima de un escenario. Hoy, los que no están muertos están viejos. La era dorada del rock and roll agoniza. Los últimos sobrevivientes oyen ahora la música de sus estertores. Las estrellas con las cuales crecimos han sido alcanzadas por la fecha envenenada del tiempo, ese invisible y terrible enemigo que arrasa sin vuelta de hoja.
Forever Young (Para siempre joven), se llama una canción de Bob Dylan y para el caso de Mick Jagger posiblemente sea cierto. Se ha empeñado en ser el único Dorian Gray de la música. Cuando a otros de su gremio la ciática y los dolores en los huesos los tienen locos, el cantante de los Rolling Sones suele ser fotografiado con Melanie Hamrick, con quien viene saliendo desde 2014. Él tiene 78 años de edad, ella 34. Hamrick abandonó a su novio, el bailarín José Manuel Carreño, director artístico del Ballet de San José, California, con quien estaba comprometida, para irse a vivir con Jagger, a quien le ha dado un hijo. A pesar del intento de discreción de ambos, en las fotos que cada tanto postean se les ve felices como quienes se olvidaron que en el mundo existen la edad y el paso del tiempo. Dicen que la edad es igual para todos, pero hay quienes logran escapar de la generalidad. La vida, tal como lo cantó de manera memorable el propio Jagger, es solo rock and roll, y está bien. Fiel a la filosofía que impuso la cultura musical prevaleciente desde la década de 1960, el asunto es vivir siempre hacia delante, sin prestarle demasiada atención al espejo retrovisor. Jagger ha estado en esa loca carretera desde hace décadas, y hoy no la podemos imaginar sin él ni sus majestades satánicas, protagonistas del gran show planetario que, por lo visto, aspira a ser infinito. Hemos aprendido a creerles. ¿Qué sería del mundo si los Rolling Stones dejaran de tocar y anunciaran que ya ha sido bastante? ¿Qué va a ser cuando ya no estén para hacer barullo por las ciudades del planeta? Al día siguiente la realidad, con nosotros dentro, será y parecerá más anciana. Habrá llegado la vejez, el fin definitivo de la modernidad.
Quienes nacimos en el siglo XX, al estar hoy subidos en el tranvía de la tercera década del siglo siguiente, sentimos algo raro. Como un envejecimiento impremeditado. Por haber venido de otra época. Aún cuesta decir, “nací en el siglo pasado”. Con su avalancha de éxitos y fracasos –se descubrieron vacunas, curas para enfermedades, pero también millones murieron en guerras–, el siglo XX impuso la percepción colectiva de que la modernidad es un estado mental de positiva juventud, sobre todo porque en los últimos cien años el hombre logró prolongar la expectativa de vida promedio. La prolongó, la mejoró, y ha sabido protegerla temporalmente de las arrugas: la cirugía estética dio varios pasos adelante. Botox y otras yerbas han aportado asimismo lo suyo. Con la llegada del rock and roll en la década de 1960, todos de manera unánime llegamos a creer que la música ayudaba a conquistar un estado de permanente adolescencia. Con sus estilos, actitudes y diversidad de ofertas existenciales, el rock hizo más joven al siglo que lo vio nacer, justo cuando este empezaba a acabarse. Así pues, quienes aprendimos a tararear la vida con los ritmos que nos traían hombres y mujeres de pelo largo, supusimos que el paso del tiempo era una utopía a la inversa y que podía fácilmente detenerse. Creció el pelo y las ganas de ser jóvenes eternamente, pues el rock es una de las formas de eternidad sonora, tal vez la más popular. El tiempo pasó, se fueron algunos y llegaron otros, los ritmos empezaron a variar: de los ritmos melódicos con cuidados arreglos corales se pasó a sonidos agudamente metálicos, con guitarras destrozadas en el escenario y cabelleras abundantes que hacían juego con los más primarios alaridos. Pero estos también pasaron y llegaron otros, tatuados, rapados y vestidos de negro, recibiendo la posta y llevándola por buen camino, esto es, el de la renovación auditiva y gestual. Su ciclo, como los anteriores, también fue breve y llegaron otros, y hasta otros más, que en lugar de cantar hablaban, haciendo ruidos raros que tuvieron nombre de hip hop. En esas, no sé hasta cuando, todavía estamos.
Los pioneros en tanto, que al principio fueron los niños imberbes del rock –porque en la cara casi blindada al tiempo de Paul McCartney cabe aun toda la niñez amontonada del mundo pasado–, se convirtieron en padres, abuelos y bisabuelos del rock. La promesa de adolescencia infinita, sin saberlo, era también parte de la ilusión frustrada por la edad. Los tiempos han pasado, más nosotros que ellos, y quienes eran una cosa, ahora son otra. Aunque todavía cantan, gesticulan como si hubieran salido recién del liceo, y atraen a muchachas con la mitad o tercera parte de su edad (pregúntenle a la nueva mujer de Jagger donde está la magia del imán), ya no pueden librarse de lo que les llegó: la vejez. Podemos entonces decir, no “es solo rock and roll”; son también los años. De ellos nadie sobrevive. Quisiera estar equivocado.
Aunque corra por los escenarios y se esconda dentro de enormes remises (no remixes) de vidrios ahumados, Mick Jagger ha sido atrapado in fraganti por su majestad el tiempo (lo dije en este mismo diario en febrero de 1995, en reseña sobre el concierto en Buenos Aires). Los Rolling Stones viajan juntos y como tales han entrado de la mano en la tercera edad. Su líder y cantante, con actitud de gladiador, le dio hace mucho la bienvenida a la senectud, aunque detesta que sus nietos y bisnietos lo llamen “abuelo” y “bisabuelo”. No es bueno luchar contra lo inevitable. Sin embargo, ahí está, más arrugado, pero todavía muy vivo. En actividad, y siempre bien en acompañado (no es bueno que el hombre esté solo, ya lo dijo la Biblia). Nadie resiste lo inevitable como él. Su estoicismo es admirable. Por eso las entradas para verlo en vivo cuestan tanto. Si bien años atrás fue incluso portada de Saga, revista británica dedicada a abuelos y jubilados, sigue sin dar señales de que vaya a abandonar el teatro de la vida pronto. Con la brutal libertad que le dan sus inconfundibles arrugas, heridas del tiempo para las cuales no hay hospital suficiente ni sobredosis de Botox que pueda disimularlas, anda por el mundo desafiando a la edad de manera escandalosa, esto es, viviendo como si nada, porque es la mejor forma para que la nada no se lo lleve. Jagger es algo más que los años que tiene encima. Los tiempos en que tenía la cara lisa y su risa no evidenciaba con dramatismo los excesos de piel en pómulos y papada, datos somáticos que sirven para medir la velocidad que une el ayer con el pasado mañana, esos tiempos de mayor lujuria y frenesí, han quedado muy atrás. Sin embargo, no son un signo creíble de que el músico londinense vaya a terminar sus días recluido en un hogar para ancianos ricos, en los que prometen una vejez feliz. Vejez es una palabra que no existe en su vocabulario, y además, cuando los escenarios lo convocan, sabe resucitar con notable facilidad.