Economía y Empresas > A clavo y martillo

Ser zapatero: un oficio que resiste en la era del use y tire

Los remendones se adaptan y mantienen vivo su trabajo en la era de lo descartable

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17 de marzo de 2019 a las 05:04

Olor a cuero y pegamento. Al frente del local un zapatero remendón. Hace años en cada barrio siempre había una zapatería cerca. El zapatero era más que un comerciante, era un consejero que, dejando a veces de lado su ganancia, sinceramente comentaba si convenía o no hacer el arreglo. Si era bueno en su oficio pronto se convertía en una suerte de artesano, rodeado de clavos y martillo.

El paso del tiempo trajo una mayor oferta de calzado con precios más baratos por su procedencia. En muchos casos ni siquiera vale la pena gastar en un arreglo y allí funciona la lógica de usar y tirar. Pero igualmente hay zapaterías que permanecen abiertas, algunas a duras penas, con comerciantes que conocen el oficio transmitido por generaciones anteriores. En ellas siguen los mismos olores, los mismos consejos, y funcionan máquinas o herramientas que no fueron sustituidas por nuevas tecnologías.

Hay algo que no cambió: la recomendación es lo que hace subsistir a los zapateros.   
“Hay chiquilinas que me mandan mensajes por Whatsapp, a veces hasta los domingos, porque una amiga le pasó mi nombre y me preguntan si les puedo bajar el taco de unas sandalias”, comentó Edith Píriz, propietaria de la zapatería La Orensana, ubicada en la calle Zelmar Michelini. Hace años enviudó y quedó al frente del comercio. “Sé hacer todo, si fuera empleada capaz que no le daba tanta bolilla, pero como soy  dueña trato de que salga todo el trabajo prolijo, antes de ponerlo en la gaveta para ser entregado pasa por mi vista para ver cómo quedó”, mencionó.  

Píriz trabaja con elementos artesanales y también cuenta con maquinaria importada. Dentro de la línea tradicional tiene un 3 Pies, un viejo elemento para reparar calzados. 
“El martillo, el clavo, se mantienen; también tengo una banquilla que es una mesa llena de cemento que se usa para arreglos que debe tener más de 50 años”, relató. 

En el caso de La Orensana abunda el trabajo. Desde otros departamentos les mandan calzado para hacer reparaciones; algunos pares vienen por encomienda. También recibe clientes de distintos barrios montevideanos.  

El público es variado. “Tengo muchas chiquilinas de entre 15 a 20 años”, dijo. 

La comerciante cuenta que en algunos casos les dice a sus clientas que los zapatos que les llevan no vale la pena repararlos. “Le decís eso a las mujeres y te piden por favor que igual le arregles las botas y te dejan el pago por adelantado”, relató a El Observador.
Los trabajos más clásicos en su local son cambios de media suela de goma y taco o suela entera y taco. Los precios varían entre $ 890 a $ 1.500. Piríz además es colorista de calzado.

“Es como pintar un cuadro, toda una artesanía”, señaló. En el local también confeccionan zapatos ortopédicos a medida.

Oficio de muchos años

Dentro del rubro también hay otras realidades. Juan Quiroz es el propietario de la zapatería Suavepie, ubicada en la avenida 8 de Octubre. 
Su visión sobre la actividad es menos positiva. Hace 32 años que está en la zapatería a la que entró a trabajar con 16. “Arranqué de cadete, después pasé al mostrador, ahora soy el dueño y el que arregla, hago todo; empecé lavando pisos y ahora también lo sigo haciendo”, contó. 

Desde su óptica  hay un aspecto fundamental que es el responsable del poco trabajo. “La gente compra todo chino y el zapato barato se cambia, no se arregla, y así se está terminando el oficio”, lamentó.  

Según datos aduaneros el año pasado se importaron 12,2 millones de pares de zapatos. Eso es  casi cuatro pares de calzado por uruguayo al año. La mayor cantidad llegó de China con 7,8 millones de pares. Ese calzado  no es de tan buena calidad y por eso ocurre lo que relata Quiroz. 

En su caso, trabaja con el estilo tradicional: martillo, clavo y pegamento. “No se puede invertir en algo nuevo; los remendones seguimos con el viejo oficio; estamos sobreviviendo, está brava la cosa”, indicó. 

Las reparaciones más comunes de Suavepie son las de pegar y coser zapatos. Los clientes son preferentemente mayores de 50 años. “Son los que usan zapatos de cuero, la gente más joven es difícil que mande a arreglar”, señaló. 

La zapatería El Rápido está ubicada en la calle Yatay. Adriana Cancela es encargada del comercio y comparte la visión de Quiroz. 
“La actividad es bastante poca porque el calzado importado es muy barato; la gente lo usa hasta que puede y después no invierte en un arreglo”, indicó.

Pero además hay otro aspecto que resaltó. “Cada vez hay menos zapateros porque es un oficio de gente grande; los jóvenes hoy no se dedican a eso”, expuso. Entonces, cuando los viejos zapateros fallecen los comercios terminan bajando sus cortinas. 

Explicó que el oficio mantiene una buena cuota de trabajo artesanal. Pero complementó que “todos los días” se aprenden cosas “porque ahora no es como antes que era más mecánico, ahora también hay que trabajar con zapatos que están fabricados con otro tipo de materiales”.  

Las reparaciones más frecuentes en El Rápido se realizan en zapatos de mujer. Lo más usual es la colocación de chapitas (las que están en las puntas de los tacos). El costo es de $ 250. 
Los hombres piden cambios de tacos o suela, que pueden llegar a valer $ 1.300 para un calzado de buena calidad. 

Cancela añadió que a la zapatería concurre público de todas las generaciones. El comercio está cerca de las facultades de Química y de Medicina y muchos estudiantes hacen arreglos en el local. 

“Empiezan trayendo los championes y después vuelven con otros zapatos de ellos o de la familia”, comentó. 

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