En el “Libro Abierto: Propuestas para apoyar el acuerdo educativo”, EDUY21 toma nota de la evidencia mundial que nos señala que los cambios se sostienen en el tiempo si congenian transformaciones en las culturas, mentalidades, políticas y prácticas. En modo alguno, transformar implica renegar, descalificar o hacer caso omiso del pasado y de lo transitado, sino de forjar el presente y el futuro con determinación, coraje e ideas teniendo en cuenta las fortalezas que ya se tienen e identificando los debe.
Los cambios en las culturas y en las mentalidades como una expresión clave de las mismas, fortalecen la legitimidad de las políticas y hacen perdurables los impactos derivados de prácticas educativas más eficaces. Nos parece que hay cinco maneras fundamentales de encarar o no los cambios en educación que son, asimismo, formas distintas de entender el país e incidir en su destino. No puede ni debe considerarse el cambio educativo como una “isla” desligada de una visión y de una práctica de cómo forjar e incidir en la política pública.
En primer lugar, la contraposición de una cultura de la confrontación política, corporativa y societal que parecería ver el mundo en términos de dicotomías, de “buenos y malos”, “de nosotros y los enemigos”, y en el que los matices son signos de debilidad y de entreguismo, versus una cultura del tejer que construyendo en base a las diferencias, tiende puentes transversales a la sociedad en su conjunto. EDUY21 afirma reiteradamente que la búsqueda de puntos en común entre actores políticos, sociales y educativos, es signo de fortaleza y confianza en que es posible acordar sobre los grandes temas que hacen al bienestar, a la convivencia y al desarrollo del Uruguay. Acordar no es un dilema o una opción sino es un mandato ético de una sociedad que se quiera a sí mismo, y que tenga sensibilidad y solidaridad frente a las oportunidades de desarrollo de las generaciones más jóvenes.
En segundo lugar, la contraposición de una cultura de la imposibilidad que decreta que no es posible cambiar el cerno del sistema educativo aduciendo que es ir contra de lo políticamente correcto evitando afectar intereses creados de larga data versus una cultura de la posibilidad de cambios consultados, progresivos y profundos. EDUY21 entiende que el cambio educativo es posible sobre la base de un acuerdo decenal liderado por el sistema político que convoca y compromete a diversidad de instituciones y actores de dentro y fuera del sistema educativo. Sistema político y educativo van de la mano en sociedades que progresan en cimentar las bases de un desarrollo justo y sostenible. En tercer lugar, una cultura del noísmo que tiende a adjetivar y descalificar las propuestas de cambio educativo atribuyendo intencionalidades espurias a quienes las impulsan y apelando a “motes neoliberales” versus una cultura propositiva que apela a debates ciudadanos informados, plurales y sin dejar ningún tema por abordar ya sea por sindicarlo como tabú, “vaca sagrada” o similares denominaciones.
En efecto, EDUY21 propone una serie articulada de cambios en torno a siete dimensiones: (i) programáticas – una educación compacta y progresiva de 3 a 18 años -; (ii) institucionales – una nueva ley de educación que clarifique, ordene y simplifique responsabilidades políticas y técnicas en la conducción, implementación y evaluación de la política educativa; (iii) docentes – un nuevo estatuto que jerarquice y dignifique así como de estabilidad laboral al docente valorado como educador; (iv) gestión de centros – que les confiere la capacidad de liderar la propuesta educativa asumiendo roles y responsabilidades en relación a la gestión institucional, de recursos humanos, financiera, curricular y pedagógica; (v) sistema de evaluación de aprendizajes – que permita apoyar a los alumnos en el desarrollo y la concreción de aprendizajes así como transparentar la información sobre resultados educativos a la sociedad; (vi) sistema de formación universitaria – un abanico de ofertas de pre y post-grado, públicas y privadas, que coadyuvan en jerarquizar la formación de educadores desde el nivel inicial en adelante; y (vii) un programa de mejoras de la gestión institucional de la ANEP, así como alinear la inversión y el gasto a los objetivos y a las metas del cambio educativo.
En cuarto lugar, una cultura auto-referenciada que asume que es al sistema educativo en su insularidad y con escasa apertura al mundo, a quien compete definir la política educativa sin “injerencias externas” versus una cultura de puertas abiertas que pregona una dinámica de interacciones e influencias mutuas entre el sistema político y educativo, la sociedad civil y la ciudadanía. EDUY21 parte de la idea que la educación en sus propósitos y contenidos, refleja imaginarios sociales que se explicitan en acuerdos políticos, de políticas y técnicos, potentes y claros, sobre el para qué, el qué, el cómo, dónde y cuándo de educar y aprender.
En quinto lugar, una cultura de opinólogos que prioriza decir su “verdad”, a veces bajos oropeles “academicistas” y sin recurrir a un análisis fino de las fuentes para fundamentar sus opiniones, versus una cultura del investigador comprometido con el cambio que busca informar la política basada en el uso cuidadoso, plural y componedor de diversas fuentes de evidencia. EDUY21 hace un inventario de experiencias nacionales e internacionales que contribuyen a tejer una visión del cambio educativo y que son, asimismo, reveladoras de la diversidad de caminos y estrategias que pueden proponerse y congeniarse para el logro de los objetivos propuestos. Justamente la triangulación de las evidencias que derivan del análisis de múltiples experiencias, son indicativas que en educación no existe el camino correcto o el equivocado. Alternativamente a planteamientos que no suman a un debate democrático informado, propositivo y plural, EDUY21 se asienta claramente en una cultura del tejer entre todos, de la posibilidad de un cambio educativo profundo y sostenible articulado en torno a una serie de propuestas que van al cerno del sistema educativo, abierto a un mundo glo-local, y fundado en la evidencia. Seguiremos andando por este camino a sabiendas que el país necesita de una nueva generación de políticas educativas por lo menos para un horizonte de tiempo de 10 años, que nos permitan dar un salto de calidad en democratizar oportunidades, procesos y resultados para todos los alumnos con independencia de orígenes, circunstancias y capacidades. Es un debe fuerte en la construcción de un porvenir de inclusión, de justicia social y de desarrollo. A eso nos debemos.