27 de junio de 2014 20:38 hs

Soy un intelectual estadounidense nacido en Alemania. El primer mundial de fútbol que seguí fue el de Suiza, en 1954 y por la radio, y el de Suecia en 1958 con la tele, y la que había comenzado a considerar como la mejor Copa del Mundo de mi vida acaba de terminarse desde que la FIFA decidió excluir a Luis Suárez de la competición, dos días atrás.

Sorprendentemente hasta cierto punto, incluso para mí, había apoyado a Uruguay –y todavía los apoyo-, aunque ahora sin ninguna esperanza realista. Había dos razones convergentes para eso. Una es la incomparable historia de la Celeste como equipo de una nación de apenas tres millones que, durante los Juegos Olímpicos de 1924, dieron por primera vez al fútbol un estatus internacional fascinante. Desde entonces, y contra todos los pronósticos, Uruguay ha mantenido una posición altamente improbable entre los líderes del mundo en este deporte. El presente equipo uruguayo, hasta dos días antes, contaba con Luis Suárez, un atleta que en cuanto a talento y eficiencia es el futbolista dominante del presente en mi consideración.

Por supuesto, esta es mi visión y no puede ser confrontada, pero lo que me hace amar lo que hace Suárez en un campo de juego es la fuerza de su presencia, una que nunca falla, nunca necesita excusas y siempre va hacia adelante, basado en habilidades irresistibles que han sido inmunes ante los planteos estratégicos de cualquier entrenador.

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Hay un costado de la confrontación Suárez-Chiellini del martes pasado que sugiere una similitud con el incidente Zidane-Materazzi de la final de Copa del Mundo de 2006. Si es que lo hizo, Luis Suárez no tenía ciertamente razones para morder a Chiellini en el hombro, mientras que el cabezazo de Zidane fue la expresión (arcaica y hermosa) de la decisión de dar más importancia al honor de las mujeres de su familia que a la Copa del Mundo. Pero la actuación de Materazzi tras el solamente simbólico cabezazo tuvo la misma función que el revolcón de Chiellini en el pasto, tras el incidente con el delantero uruguayo. Ambos –Materazzi y Chiellini- querían captar la atención del árbitro y la gente sobre una infracción cometida por otro deportista para sacar ventaja competitiva. Ayer, Chiellini anunció en su sitio web que está en desacuerdo con la dureza de la sanción de FIFA, lo que yo creo es una declaración honesta. Pero esto solo muestra hasta dónde ha llegado la falsa moralidad practicada y animada por la FIFA. Al expresar su simpatía con Suárez, Chiellini admite que aquí no hubo impacto negativo en su performance, o en la de su equipo.

Mi hija más joven, una fan del fútbol americano y el hockey sobre hielo, miró hace poco un partido de fútbol y me dijo que verlo la dejó con la impresión de una telenovela, comparado con los sucesos trágicos que suele haber en los dos deportes de su preferencia. A lo que se refería ella era a la falta de masculinidad campeante que deviene en histeria en el fútbol de hoy (que por cierto, no se extiende a la variante femenina del deporte). Un jugador que hubiera actuado como Materazzi o Chiellini habría sido excluido eficientemente de la comunidad de jugadores en el rugby, hockey sobre hielo y probablemente también básquetbol o béisbol - y esto por saludables razones morales-. En la visión de mi hija y la mía, debería ser el delantero brasileño Fred quien quedaría sancionado por robarse el partido inaugural ante Croacia al fingir una falta inexistente. Él seguirá sin ser castigado, ni siquiera se le va a mencionar, aunque generalmente esto tenga que ver con lo poco que aporta al juego en general.

Sin lugar a dudas, el concepto de “telenovela” funciona muy bien con el espectador global, mucho más que en el fútbol americano, el basketball o el rugby. Quizá necesite –y necesitará incluso más en el futuro- estrellas potencialmente metrosexuales en posiciones de ataque. Futbolistas que vayan con el estilo de los defensas como Chiellini y Materazzi. No delanteros como Luis Suárez. Por supuesto que no estoy diciendo que los defensas deberían ser mordidos, pero sí creo que esto es irrelevante desde el punto de vista de la competencia. Si el caso no fuera tan triste y serio como lo es, lo que sucedió tendría un aspecto más jocoso si no fuera porque la repetición de mordidas de Suárez permite pensar que evitar los efectos de morder debe ser difícil para él en ciertas situaciones competitivas.

Pero, ¿por qué la FIFA decidió como decidió? No tengo idea exactamente, aunque puedo decir (y en este punto se siente como pundonor) que dos veces rechacé trabajar con la FIFA, ambas veces tras considerarlo seriamente. Nadie sabrá por qué exactamente la FIFA y varios periodistas mundiales tuvieron una reacción tan fuerte ante Luis Suárez. Una de esas razones que podrían aventurarse es que Suárez sigue representando un tipo de masculinidad que está quedando fuera de estilo como tendencia global. Y si la intuición de mi hija sobre el aspecto de la telenovela y el aspecto atlético impulsado por la FIFA son más acertados de lo que ella hubiera imaginado, entonces uno podría decir que simplemente no está en la lógica financiera de una telenovela dejar sin castigo a un equipo que representa a un mercado de tres millones de personas a dos equipos con un mercado combinado de cien millones. Mucho menos estará la FIFA dispuesta a permitir que se amenace la posibilidad de que Brasil consiga la Copa del Mundo en casa, en su segundo intento histórico.

Hans Ulrich Gumbrecht. Es un teórico literario estadounidense de origen alemán. Es profesor de Literatura de la Universidad de Standford.

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