Por Martin Wolf
Tregua comercial entre EEUU y China es parcial y defectuosa
Todavía queda un enorme problema: Washington no sabe lo que está tratando de lograr
Todavía queda un enorme problema: Washington no sabe lo que está tratando de lograr
Por Martin Wolf
"Hablar y hablar es mejor que guerra y más guerra". Estas palabras del ex primer ministro británico Harold Macmillan (a veces, erróneamente atribuidas a Winston Churchill) son la respuesta correcta a la "primera fase" del acuerdo comercial entre EEUU y China. El acuerdo tiene enormes defectos de omisión y comisión. El conflicto está lejos de resolverse. Los objetivos de EEUU también siguen estando confundidos y siguen siendo confusos. Pero las dos superpotencias al menos han llegado a un acuerdo. El preámbulo del acuerdo incluso establece que "es de interés para ambos países que el comercio crezca". Esto es una tregua, no la paz. Deja intacto un alto nivel de protección. Sin embargo, una tregua es bienvenida.
El acuerdo en sí cubre la propiedad intelectual, la transferencia "forzada" de tecnología, las cuestiones relacionadas con la agricultura, el acceso a servicios financieros y la manipulación de divisas. También incluye el compromiso de Beijing de "importar varios bienes y servicios estadounidenses durante los próximos dos años en una cantidad total que exceda el nivel anual de importaciones de China de esos bienes y servicios en 2017 en no menos de US$200 mil millones". Eso implica una duplicación aproximada. El acuerdo, de manera igualmente notable, incluye un riguroso sistema bilateral de resolución de disputas. Por último, el acuerdo deja vigente la gran mayoría de los aranceles estadounidenses, mientras omite — o tal vez simplemente pospone — aranceles adicionales.
Hay que tener en cuenta que muchas de las nuevas políticas chinas anunciadas por el acuerdo ya están vigentes. Tal como lo señaló Weijian Shan, un bien informado inversionista externo, en la revista "Foreign Affairs", China ya había comenzado a levantar las restricciones a la propiedad extranjera, incluyendo las de los servicios financieros. China ha fortalecido las leyes que protegen la propiedad intelectual. Y, desde hace mucho tiempo, China también había dejado de manipular su moneda. En estas áreas, EEUU está ‘empujando una puerta abierta’, o al menos una que sus contrapartes chinas en estas negociaciones quieren abrir, en beneficio de los intereses de China. Los resultados serán beneficiosos para la economía china.
El acuerdo no cubre los mayores problemas en la relación, en particular el robo cibernético comercial, los subsidios industriales y, aún más ampliamente, el programa Hecho en China 2025, destinado a mejorar la sofisticación tecnológica de la economía. Las disputas relacionadas con la interdependencia tecnológica, especialmente en relación con Huawei, y las cadenas de suministro que incluyen la producción china en áreas consideradas sensibles para la seguridad de EEUU, también están fuera de este acuerdo.
Éste es, entonces, un acuerdo parcial. También es defectuoso. El defecto más importante está en el corazón de la administración del presidente estadounidense, Donald Trump: su lujuria por una gestión cuantitativa del comercio.
El impulso dominante de este acuerdo es lograr la apertura del mercado y la dependencia en las fuerzas del mercado, incluso en los mercados de divisas. Uno puede estar en desacuerdo (yo lo estaría) con los métodos utilizados, en particular con los aranceles bilaterales de extremadamente dudosa legalidad según las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Pero los objetivos al menos son consistentes con la largamente establecida política estadounidense.
Sin embargo, vemos un compromiso extraordinario con los valores específicos de las compras chinas de bienes y servicios estadounidenses. Eso seguramente reforzará el papel del Estado en la economía de China. También es seguro que requerirá que Beijing discrimine en contra de las importaciones competidoras de otros socios comerciales. EEUU está obligando a China a romper los principios básicos de no discriminación y las políticas orientadas al mercado en un esfuerzo por reducir el déficit comercial general estadounidense mediante la reducción de sus déficits bilaterales. Esto es tanto ridículo como peligroso.
Además, a pesar de los esfuerzos de la administración, el déficit comercial general estadounidense es mayor, en relación con el producto interno bruto (PIB), que cuando Trump asumió la presidencia. Esto no es sorprendente: la balanza comercial no está determinada por la política comercial. Pensar lo contrario es una básica falacia.
Tampoco es éste el único defecto significativo. Otro es que este acuerdo no puede poner fin a la incertidumbre. Por lo tanto, si, en opinión de EEUU, China no está cumpliendo con su parte del acuerdo, actuará en contra de China y, en última instancia, el acuerdo puede terminarse.
Existe, sin embargo, una incertidumbre más fundamental. EEUU no sabe qué está tratando de lograr en relación con China. Este acuerdo comercial se trata principalmente de abrir las puertas de China y, por lo tanto, convertirla en una economía de mercado más normal. Eso reforzaría la integración china en la economía global, a la vez que haría que la economía china fuera más competitiva. Pero el acuerdo también busca gestionar el comercio, lo cual seguramente reforzará el papel del Estado chino. En otras áreas –nuevamente, en particular en el ámbito de la tecnología y de la inversión en EEUU– el objetivo es claramente el desacoplamiento económico estadounidense de China. ¿Acoplamiento? ¿Gestión? ¿Desacoplamiento? Este desorden refleja la continua confusión estadounidense.
Tampoco es éste el único aspecto en el que perdurará la incertidumbre comercial, aunque puede que sea el más importante. Se anticipa ampliamente que la próxima etapa en las guerras comerciales de la administración Trump sea un asalto a las prácticas comerciales de la Unión Europea (UE). EEUU también ha alcanzado recientemente un acuerdo con la UE y con Japón en cuanto a la necesidad de establecer normas mundiales más estrictas, dirigidas a China, relacionadas con los subsidios. Eso no significará mucho sin lograr su cumplimiento. Pero EEUU también ha neutralizado el procedimiento de solución de diferencias de la OMC, lo cual sólo puede terminar aumentando la incertidumbre y haciendo que los esfuerzos por mejorar las normas de la OMC sean irrelevantes.
EFE
Es una lástima que EEUU haya sacado el problema de China de la OMC. Como Paul Blustein lo señaló en su excelente libro "Schism" (Cisma), había alternativas viables. Sin embargo, la continua fricción entre las dos superpotencias actualmente parece inevitable. Es posible –aunque difícil– que se logre un acuerdo en cuanto a las normas comerciales exigibles en áreas específicas. Pero China nunca aceptará una permanente inferioridad económica y tecnológica. Si imponer esto último es el objetivo dominante de EEUU, ésta es sólo la etapa inicial de un conflicto muy largo. Podemos acoger una ocasional tregua parcial como ésta. Pero es probable que la guerra en sí continúe indefinidamente.